martes, 18 de agosto de 2015

Vaivén

Foto: Marga Ferrer
Despiertas y buscas un nuevo desayuno. Te acuestas y no duermes porque piensas en todo lo que te queda por hacer al día siguiente. En la siesta, practicas ‘duermeveling’ sin arnés y, cuando el silencio de la plaza encalada te despierta, pides chocolate negro, por eso de que los expertos dictan que el dulce apetece cuando menos lo deseas.

Envejeces porque coqueteas con episodios de insomnio que alquilan pistas de tenis para jugar sin raquetas ni pelotas con ese conticinio que sólo entienden los gatos. Y, en el tercer tiempo, desembarcas en unidades del sueño capaces de sondear los edredones del cerebro hasta diagnosticar algo. Porque la ciencia investiga y diagnostica.

Porque la mochila de las sensaciones, hermanas de las emociones –ni tan fuertes, ni tan frecuentes- se encuentra un buen día a lomos del escáner que todo lo ve. Detecta hasta las zetas de descanso, aprisionadas en bolsas asépticas, transparentes, frías, con cierre isotérmico, desnudas, controladas, manipuladas sin tacto (real).

Despiertas y flotas en café. Sigue.