jueves, 23 de agosto de 2012

Ciudades con nombre


Zaragoza siempre fue de mi tía Charo; Oviedo de mi tío Ángel; Zamora, de mi tío Pedro; Ibiza, de Marga… Sin saber cómo, las personas cercanas se apoderan del crujido de memoria aparejado a un contexto concreto, urbano o rural. Supongo que debe significar el estallido de una especie de sistema interno que nos ayuda a identificar realidades o a trabajar los destellos por los que atravesamos en nuestra vida para que nada quede desordenado antes de que el señor Alzheimer entre como elefante en cacharrería en la habitación gris.

Lo local, por cercano, nos interesa. Por eso nos gusta leer noticias que ocurren en el barrio o en la finca donde vive nuestro amigo del colegio. Cuando alguien allegado habita un espacio lo hace suyo y, sin saberlo, lo incorpora al abanico de notas en las que basamos nuestra experiencia allí. Aunque nunca les visitemos, el cerco que dejan es suficiente para alertarnos ante un desastre en su ámbito de influencia o para contentarnos de que un delantero desconocido marque un gol salvador en el equipo de aquella ciudad.

Quizá no sea nadie, pero me gusta saber que tengo puntales emocionales en tantos lugares como gente rodea mi quehacer en esta vida. Estoy de paso, sí; pero con referentes callados.

Gracias por ser mis hitos.


viernes, 10 de agosto de 2012

Ceniza


Enciende un pitillo, aunque no absorbe más que tedio, canícula mordida y rutina desdibujada. Maldito calor. Lleva noches en vela, sus dedos amarilleados indican precaución. El despertador continúa emitiendo el mismo pitido uniforme desde hace tres horas. ¿Para qué desconectarlo? –se pregunta Marino mientras quema sus sueños en caladas de zumo negro-.

Está solo y en paro. “Quedarse sin trabajo a los 51 años en la segunda década del siglo XXI tiene que ser difícil”, al menos esa es la frase hecha que le regaló ayer el estanquero, el mismo que perfora cada mañana la tarjeta promocional de los días de vida que le faltan a sus clientes para dejar de serlo. La suya está a punto de llegar al bonus, presenta agujeros en disposición laberíntica. Ducados, por favor.

Una legaña se lanza al vacío hasta caer en la chancla obsequio de aquellas vacaciones pagadas con vistas al hormigón de la burbuja inmobiliaria. La misma que ha clavado a Marino en el corcho de los recortes. Bosteza y le brota una lágrima sostenida, sin contenido, descontextualizada, amarga.

Hace meses que no lee. De la familia, ni mentarla. En la cocina, el reloj descansa con una venda en sus agujas detenidas. Platos, cucarachas, hedor a cítricos podres…

¿Sigo? No, no... Mejor mira hacia otro lado.