martes, 29 de noviembre de 2011

En el autobús (terminal)


Suena el sorteo de la lotería. Debe de ser el único conductor de autobús que sintoniza todos los sábados Radio Nacional para vivir el azar de sus décimos en directo. Esperemos que no suelte las manos del volante para apuntar las terminaciones del consuelo. Porque el primer premio parece que esta semana tampoco le ha tocado y menos mal –pienso mientras una gota de sudor se entremezcla a una velocidad respetable entre la nuca y el jersey de lana virgen con el que sudo en invierno-.

A mi lado acaba de sentarse un señor que anula con sus alaridos el hilo radiofónico del azar. Habla por teléfono para que todos sepamos que lo hace. Grita órdenes, ¿habrá alguien al otro lado? –me pregunto-. Quizá no se haya dado cuenta de que molesta o más bien un raro afán de protagonismo le ha empujado a dar la nota por encima de los dimes y diretes que arrastran hashtags hablados de crisis y más crisis. Termina la conversación. Ha pulsado el botón rojo de colgar cerciorándose antes, con un golpe de mirada a izquierda y a derecha, que más de tres personas asisten a su representación imaginaria de la indignación.

“La vida se está poniendo muy mal, a ver qué hacemos estas navidades”. Frenazo brusco. La terminación de la lotería puede haber coincidido con las dos o tres últimas cifras de alguno de los veinte décimos del conductor. No, el semáforo se ha puesto en rojo y un peatón le recrimina por no estar atento a las señales de tráfico. “La lotería es la lotería” –habrá pensado resignadamente-. Quedan apenas unos metros para la última parada. Pero los recorremos a ritmo de autobús de miniatura en la gran ciudad, de cochecito de niño en el pasillo de casa, de click amenazado por las patas de un animal doméstico.

“Bajen señores, que no tengo todo el día”. O sí, me digo mientras recibo dos empujones y me clavan un codo en la columna vertebral para salir al espacio contaminado del centro de la urbe. A comprar. Me da un décimo para Navidad. La terminación… me da igual.