lunes, 19 de septiembre de 2011

En esencia...


Contar los camiones que transitan en sentido contrario para aligerar la losa que significa un viaje de larga distancia en un Seat 132 es un ejercicio de supervivencia. También imaginar el número de habitantes que hay en los pueblos de la nacional, que atraviesa el vehículo en su tránsito hacia una zona rural reseca, difuminada por el carboncillo del dibujante urbanita que sólo regresa al entorno que le vio nacer cuando el calendario le recuerda el olor a clavel barato de cementerio.  

Volar con la imaginación sin terroristas suicidas a bordo es divertido mientras el pasaje que te llena de ilusión evocadora contenga fecha de regreso. Si quieres, también puedes subir al autobús que te lleva al colegio de lunes a viernes, o elegir aquella mañana en que el edificio tumbado con ruedas y 60 asientos dice basta en mitad de la artería principal del barrio porque una nevada de calado histórico le impide circular más allá del blanco.

Escribir es evocar, la esencia de la reconstrucción de momentos, el apellido de este blog y una vía para cabalgar entre el pasado y el futuro, de situarse ‘por encima del tiempo’, frase construida en aquella reunión de reencuentro tardouniversitario en Madrid, cuando las bodas de los amigos tenían el acento de la novedad y la verborrea todavía conservaba el aliento al Dyc de las grandes ocasiones. Entonces dijimos que cada uno describiría el significado que le daríamos a ese complemento conceptual. Sin duda, vestimos el discurrir de la vida como nos han enseñado a no hacerlo (o sí): ‘por encima del tiempo’.

viernes, 16 de septiembre de 2011

En la consulta


Los hospitales huelen a gasa y a oxígeno respirado. Da igual si el edificio es nuevo o antiguo, dentro nos encontramos los tópicos a los que nadie gusta enfrentarse, ni trabajadores del centro ni pacientes. 

Del hábitat hospitalario abordamos hoy el microclima de una consulta de especialista. Las sillas, dispuestas en filas o bordeando la pared, son incómodas, tanto como el saludo obligado o negado que ha de dar quien llega de nuevas. Momento perfecto para que las miradas de los veteranos de la sala sometan al nuevo a un exhaustivo análisis visual que abarca desde qué zapatos lleva hasta los tics más pronunciados de los que hace gala.  ¡Se ha rascado la nariz!, vaya orejas tiene, qué horterada de jersey… Será por tiempo. Porque esperar, se espera en las salas de espera.

Cuando la espera se alarga, el peligro de rebelión a bordo de los pacientes se hace manifiesto. Dentro del reparto, un actor siempre eleva la voz por encima del tono adecuado, esto es, el discreto que suele aconsejarle su interlocutor antes de sonrojarse al percibir que las palabras de quien le habla se convierten EN MAYÚSCULAS. Quiere que le oigan y captar adeptos a su causa, como profeta en Picadilly Circus ante un cúmulo de oyentes aburridos.

Pocas veces se consuma la rebelión (=a recriminar a la enfermera del especialista el retraso en la atención), pero las más sí que se fomenta un debate estéril repleto de generalidades, absurdeces y frases hechas repescadas de las intervenciones más brillantes de los tertulianos radiofónicos. Cada cual, defiende la postura de su idolatrado con más vehemencia si cabe que el propietario de argumentos dirigidos por el más que habitual desconocimiento exacto de la materia a la que se refieren.

Hasta que la tertulia se aborta con una desagradable voz enlatada que llama al siguiente. Curiosamente, el nombre del afortunado nunca coincide con el del orden de llegada. En esta ocasión, al que han llamado es al que termina de escribir este post mientras era devorado por las miradas del aburrimiento. ¡Voy!

photo by @Marga_Ferrer