miércoles, 31 de agosto de 2011

El mosquito


Un mosquito te despierta en el conticinio de la noche y nadie se da cuenta de que caminas hacia el insomnio en medio de una batalla psicológica que conecta dos mundos, el tuyo y el del insecto, hasta que consigues aniquilarlo o hasta que te chupa la sangre. La tercera vía es que se den ambas circunstancias con unos factores ordenados por la lógica previa al rígor mortis.

Dejas la luz encendida, te reincorporas y te sientas en la cama con la espalda apoyada en el cabecero. Observas preso de la obsesión y del pánico todos los rincones de la estancia, descubres pelusas en los vértices de las paredes, encuentras con la mirada el cedé que creías haber perdido, revisas los lomos de libros leídos cuando dormías en una cama de 90. Ni rastro del mosquito.

La luz encendida no impide que los párpados pidan paso para cerrarse. El mosquito percibe que le llega una nueva oportunidad para hacerse con su dosis de sangre e inicia la maniobra de descenso desde el quicio de la puerta del armario. En duermevela, escuchas otra vez ese maldito zumbido que ya echó el ancla en lo más profundo de tu tímpano hace más de una hora. Sudas, te enojas, el corazón acelera el compás, deseas matar…

A la mañana siguiente tienes un rosario de picaduras en oído, espalda y pies. Ojeras. Sueño. Acidez. Hambre. Te conviertes en un mosquito. Fin.

lunes, 29 de agosto de 2011

El botón

Los lunes llevan en la cabeza un botón rojo que si lo pulsas se establece un silencio sepulcral. Hoy lo he apretado y no he podido escuchar el teléfono, ni la música de Spotify, ni siquiera las noticias (las mismas de siempre pero travestidas de rabiosa actualidad, supongo).

Lo he pulsado porque los lunes siempre son iguales, por eso de cambiar la rutina y de ser el niño rebelde que aprieta un pulsador prohibido destinado –en teoría- a utilizar sólo en casos de emergencia.

Por pulsar el botón rojo he conseguido blindarme de la última versión lunática del mes de agosto, del óxido compartido del regreso, de la vacación sostenida con pinzas, del claxon impertinente, del quién da la vez del otoño o de los tráiler cíclicos de esta crisis estructural.

Mañana todo volverá a ser igual, pero sólo quedarán tres días para el viernes. Así nos han enseñado a vivir.

jueves, 4 de agosto de 2011

Sabe a mar

Hay cosas que tienen sabor a mar, lo que no significa que sepan a agua salada, sino más bien a los seres que lo habitan. También hay textos que huelen a salitre, y a erizo, y a cangrejo nervioso de roca, y a festival de sardinas, y a vida marina, y a la recreación más divertida del aburrimiento. Sí, aunque parezca incompatible la expresión, las cosas del mar, por pequeñas, por mundanas, por naturales, por salvajes, por quietas, por estar ahí, no se perciben si quien ha de observarlas no está aburrido o carece del tiempo necesario para fijarse en ellas.

 A partir de esa predisposición aburrida que supone el paso hacia la contemplación de los detalles que le rodean, en este particular que nos ocupa -el de los seres del mar y de los que viven vinculados a él-, Josep Pla teje sus Cinco historias del mar, un libro escondido en los estantes de las librerías, alejado de los best-sellers y de las novedades editoriales mejor pagadas. Pero un clásico de la literatura que nadie debería dejar escapar.

Los motivos para leerlo pueden venir expresados ya por las palabras que anteceden a esta enumeración de virtudes: alegría descriptiva, anécdota elevada a la categoría de  tradición, campechanía oral plasmada con palabras sinceras, contexto pesquero explicado sin barroquismos, dietario de vida, experiencias y leyendas marinas bajo el sello del escritor de Palafrugell.

Photo by Marga Ferrer
 Así, el lector asiste a una sucesión de cinco historias dispares entre sí, pero unidas por la idiosincrasia de los pueblos costeros del litoral catalán, sus costumbres y sus gentes. Atajos para llegar a un bodegón de peces por categorías, sabores, texturas y hábitats que ninguna enciclopedia recoge con tamaña precisión; a la aventura marina emprendida por Josep Pla con un pescador solitario y buen cocinero expresión del imaginario colectivo del lugar; a un repaso por las historias de naufragios sonados; a la descripción de la vida bohemia de un trotamundos del Empordà; o de cómo un barco dio nombre a un restaurante de Calella mientras el lector descubre que el padre de Dalí fue notario y que Josep Pla ‘arreglaba’ con él el mundo en conversaciones de largo recorrido y vistosas.

Mar y punto.