jueves, 29 de diciembre de 2011

Redacciones


La redacción de un periódico es un lugar de trabajo, una minisociedad de roles, un hábitat de microclima dispar identificable por rasgos evocadores como el sonido de los teclados aporreados desde la concentración silenciosa del conglomerado de autores que dan vida a los textos, a las noticias, a los artículos, a las maquetas, a las páginas…

La redacción de un periódico es una plaza, una lonja, una subasta de contenidos ordenados bajo la premisa de la jerarquía, de la voz de mando y del imperativo publicitario; que de buena mañana luce el aspecto impaciente de respaldos de sillas vacías y frías, dispuestas en la posición caprichosa dejada por sus ocupantes la noche anterior. Una rueda de prensa, una entrevista, una cobertura especial suelen reclamar la presencia matutina de los plumillas. Franja horaria de redacción desguarnecida, de tensión sostenida, de previsiones, de gestiones, de esparcimiento informativo.

La redacción de un periódico es una cuenta atrás, una espada de Damocles de nombre ‘cierre de edición’ que sobrevuela las conversaciones, las anécdotas, las preocupaciones, las divagaciones, las conjeturas, los silencios, las carcajadas, los cotilleos y los imprevistos de la actividad programada de los redactores.

La redacción de un periódico huele a guión de película recién escrito, a tinta seca, a oxígeno de disco duro respirado, a letras que escriben el paso del tiempo y a periodismo tradicional*.

*Dícese de la vertiente de la profesión periodística que está en peligro de extinción porque sus actores principales o cúspides de las jerarquías redaccionales se empeñan a condenar al ostracismo por una absurda inoperancia a la hora de enfrentarse a los nuevos soportes y formatos para seguir ejerciéndola con la misma dignidad, como mínimo, durante un siglo más.

martes, 29 de noviembre de 2011

En el autobús (terminal)


Suena el sorteo de la lotería. Debe de ser el único conductor de autobús que sintoniza todos los sábados Radio Nacional para vivir el azar de sus décimos en directo. Esperemos que no suelte las manos del volante para apuntar las terminaciones del consuelo. Porque el primer premio parece que esta semana tampoco le ha tocado y menos mal –pienso mientras una gota de sudor se entremezcla a una velocidad respetable entre la nuca y el jersey de lana virgen con el que sudo en invierno-.

A mi lado acaba de sentarse un señor que anula con sus alaridos el hilo radiofónico del azar. Habla por teléfono para que todos sepamos que lo hace. Grita órdenes, ¿habrá alguien al otro lado? –me pregunto-. Quizá no se haya dado cuenta de que molesta o más bien un raro afán de protagonismo le ha empujado a dar la nota por encima de los dimes y diretes que arrastran hashtags hablados de crisis y más crisis. Termina la conversación. Ha pulsado el botón rojo de colgar cerciorándose antes, con un golpe de mirada a izquierda y a derecha, que más de tres personas asisten a su representación imaginaria de la indignación.

“La vida se está poniendo muy mal, a ver qué hacemos estas navidades”. Frenazo brusco. La terminación de la lotería puede haber coincidido con las dos o tres últimas cifras de alguno de los veinte décimos del conductor. No, el semáforo se ha puesto en rojo y un peatón le recrimina por no estar atento a las señales de tráfico. “La lotería es la lotería” –habrá pensado resignadamente-. Quedan apenas unos metros para la última parada. Pero los recorremos a ritmo de autobús de miniatura en la gran ciudad, de cochecito de niño en el pasillo de casa, de click amenazado por las patas de un animal doméstico.

“Bajen señores, que no tengo todo el día”. O sí, me digo mientras recibo dos empujones y me clavan un codo en la columna vertebral para salir al espacio contaminado del centro de la urbe. A comprar. Me da un décimo para Navidad. La terminación… me da igual.


martes, 25 de octubre de 2011

Maldito silencio


Cuando en 1990 Depeche Mode consolidó su música de masas gracias a Violator, lo hizo, entre otros factores, por la canción ‘Enjoy de Silence’, un alegato cantado a favor de las bondades del silencio, ese bien preciado que en los tiempos que corren hemos dejado de valorar.

Estamos acostumbrados a convivir con el ruido que, por capas superpuestas, penetra en nuestra cotidianidad como aguja hipodérmica, sin enterarnos, así de sencillo. Un avión pasa sobre nuestras cabezas mientras un taladro hace de las suyas contra la acera adoquinada de la calle; una florista grita las bondades de sus claveles a la vez que un vecino altera el paseo de un interlocutor apostado veinte metros más allá, en la otra acera, a siete coches de distancia, unos cuantos “¡permiso!” y algún que otro claxon tímido que pide paso entre la jungla de asfalto; suena el teléfono porque alguien ha dejado un tweet en menciones y el butanero golpea las bombonas para alertar de que ya está en el barrio…

Entre estas estrecheces auditivas, por lo estruendosas e indefinidas que permanecen en la inconsciencia desde la que las percibimos, avanzamos día a día, acomodados en el ritmo de timbales urbanos hasta que, por destino del azar, llegamos a un lugar aparcado en la prehistoria del siglo XX, el de las tradiciones ancestrales, el del ruido a precio de susurro, el de pueblo con olor a caca de vaca y a leche de oveja cuajada, el de aperos de labranza aparcados porque nadie sabe utilizarlos hoy, el de qué dirán mientras transitas por calles nocturnas vacías por fuera, cotillas por dentro.

Tengo que parar de escribir este post porque lo hago desde uno de esos destinos privilegiados y las teclas están molestando al gato que dormita sobre mis pies. Silencio.

lunes, 3 de octubre de 2011

No al fútbol sin radio


Las radios españolas han lanzado una campaña publicitaria en defensa del derecho a la información de los oyentes que siguen a través de este medio las retransmisiones deportivas de la Liga BBVA. La temporada 2011/2012 ha comenzado marcada para las ondas por la exigencia de un canon por parte del poseedor de los derechos de la competición futbolística de primera y de segunda división a las emisoras que quieran informar de lo acontecido en los campos donde se disputan los partidos.

Dentro de la ‘televisización’ progresiva del fútbol vivida en las últimas dos décadas, la radio siempre ha salido reforzada de su relación con el deporte rey. Primero, porque las narraciones en los partidos retransmitidos han sido tan aburridas que la audiencia ha bajado el volumen de la tele para escucharlas por la radio. Segundo, porque conforme se han ido convirtiendo en carnaza monetaria los partidos televisados, las radios han sido el colchón de los aficionados tradicionales, que prefieren dibujar las jugadas de sus ídolos del balón con la imaginación a partir de la narración de su locutor preferido. Tercero, porque la emoción sostenida de un gol antes de entrar en la red que se desprende del silencio de la milésima en la que el locutor que lo cuenta toma aire no tiene comparación en lo que a vestir al fútbol y a las emociones que lo rodean se refiere. Cuarto, porque la radio es el medio más débil –por la fragilidad de las ondas y la precarización de quienes trabajan en ella- y el más fuerte –porque ha sobrevivido a todo: a la llegada de la televisión, de internet o de las redes sociales -. Quinto, porque también sobrevivirá al oportunismo mercantil de quienes pretenden convertir la magia de las ondas en carnaza de lonja mediática al costo. 

No al fútbol sin radio.
photo by @Marga_Ferrer

lunes, 19 de septiembre de 2011

En esencia...


Contar los camiones que transitan en sentido contrario para aligerar la losa que significa un viaje de larga distancia en un Seat 132 es un ejercicio de supervivencia. También imaginar el número de habitantes que hay en los pueblos de la nacional, que atraviesa el vehículo en su tránsito hacia una zona rural reseca, difuminada por el carboncillo del dibujante urbanita que sólo regresa al entorno que le vio nacer cuando el calendario le recuerda el olor a clavel barato de cementerio.  

Volar con la imaginación sin terroristas suicidas a bordo es divertido mientras el pasaje que te llena de ilusión evocadora contenga fecha de regreso. Si quieres, también puedes subir al autobús que te lleva al colegio de lunes a viernes, o elegir aquella mañana en que el edificio tumbado con ruedas y 60 asientos dice basta en mitad de la artería principal del barrio porque una nevada de calado histórico le impide circular más allá del blanco.

Escribir es evocar, la esencia de la reconstrucción de momentos, el apellido de este blog y una vía para cabalgar entre el pasado y el futuro, de situarse ‘por encima del tiempo’, frase construida en aquella reunión de reencuentro tardouniversitario en Madrid, cuando las bodas de los amigos tenían el acento de la novedad y la verborrea todavía conservaba el aliento al Dyc de las grandes ocasiones. Entonces dijimos que cada uno describiría el significado que le daríamos a ese complemento conceptual. Sin duda, vestimos el discurrir de la vida como nos han enseñado a no hacerlo (o sí): ‘por encima del tiempo’.

viernes, 16 de septiembre de 2011

En la consulta


Los hospitales huelen a gasa y a oxígeno respirado. Da igual si el edificio es nuevo o antiguo, dentro nos encontramos los tópicos a los que nadie gusta enfrentarse, ni trabajadores del centro ni pacientes. 

Del hábitat hospitalario abordamos hoy el microclima de una consulta de especialista. Las sillas, dispuestas en filas o bordeando la pared, son incómodas, tanto como el saludo obligado o negado que ha de dar quien llega de nuevas. Momento perfecto para que las miradas de los veteranos de la sala sometan al nuevo a un exhaustivo análisis visual que abarca desde qué zapatos lleva hasta los tics más pronunciados de los que hace gala.  ¡Se ha rascado la nariz!, vaya orejas tiene, qué horterada de jersey… Será por tiempo. Porque esperar, se espera en las salas de espera.

Cuando la espera se alarga, el peligro de rebelión a bordo de los pacientes se hace manifiesto. Dentro del reparto, un actor siempre eleva la voz por encima del tono adecuado, esto es, el discreto que suele aconsejarle su interlocutor antes de sonrojarse al percibir que las palabras de quien le habla se convierten EN MAYÚSCULAS. Quiere que le oigan y captar adeptos a su causa, como profeta en Picadilly Circus ante un cúmulo de oyentes aburridos.

Pocas veces se consuma la rebelión (=a recriminar a la enfermera del especialista el retraso en la atención), pero las más sí que se fomenta un debate estéril repleto de generalidades, absurdeces y frases hechas repescadas de las intervenciones más brillantes de los tertulianos radiofónicos. Cada cual, defiende la postura de su idolatrado con más vehemencia si cabe que el propietario de argumentos dirigidos por el más que habitual desconocimiento exacto de la materia a la que se refieren.

Hasta que la tertulia se aborta con una desagradable voz enlatada que llama al siguiente. Curiosamente, el nombre del afortunado nunca coincide con el del orden de llegada. En esta ocasión, al que han llamado es al que termina de escribir este post mientras era devorado por las miradas del aburrimiento. ¡Voy!

photo by @Marga_Ferrer

miércoles, 31 de agosto de 2011

El mosquito


Un mosquito te despierta en el conticinio de la noche y nadie se da cuenta de que caminas hacia el insomnio en medio de una batalla psicológica que conecta dos mundos, el tuyo y el del insecto, hasta que consigues aniquilarlo o hasta que te chupa la sangre. La tercera vía es que se den ambas circunstancias con unos factores ordenados por la lógica previa al rígor mortis.

Dejas la luz encendida, te reincorporas y te sientas en la cama con la espalda apoyada en el cabecero. Observas preso de la obsesión y del pánico todos los rincones de la estancia, descubres pelusas en los vértices de las paredes, encuentras con la mirada el cedé que creías haber perdido, revisas los lomos de libros leídos cuando dormías en una cama de 90. Ni rastro del mosquito.

La luz encendida no impide que los párpados pidan paso para cerrarse. El mosquito percibe que le llega una nueva oportunidad para hacerse con su dosis de sangre e inicia la maniobra de descenso desde el quicio de la puerta del armario. En duermevela, escuchas otra vez ese maldito zumbido que ya echó el ancla en lo más profundo de tu tímpano hace más de una hora. Sudas, te enojas, el corazón acelera el compás, deseas matar…

A la mañana siguiente tienes un rosario de picaduras en oído, espalda y pies. Ojeras. Sueño. Acidez. Hambre. Te conviertes en un mosquito. Fin.

lunes, 29 de agosto de 2011

El botón

Los lunes llevan en la cabeza un botón rojo que si lo pulsas se establece un silencio sepulcral. Hoy lo he apretado y no he podido escuchar el teléfono, ni la música de Spotify, ni siquiera las noticias (las mismas de siempre pero travestidas de rabiosa actualidad, supongo).

Lo he pulsado porque los lunes siempre son iguales, por eso de cambiar la rutina y de ser el niño rebelde que aprieta un pulsador prohibido destinado –en teoría- a utilizar sólo en casos de emergencia.

Por pulsar el botón rojo he conseguido blindarme de la última versión lunática del mes de agosto, del óxido compartido del regreso, de la vacación sostenida con pinzas, del claxon impertinente, del quién da la vez del otoño o de los tráiler cíclicos de esta crisis estructural.

Mañana todo volverá a ser igual, pero sólo quedarán tres días para el viernes. Así nos han enseñado a vivir.

jueves, 4 de agosto de 2011

Sabe a mar

Hay cosas que tienen sabor a mar, lo que no significa que sepan a agua salada, sino más bien a los seres que lo habitan. También hay textos que huelen a salitre, y a erizo, y a cangrejo nervioso de roca, y a festival de sardinas, y a vida marina, y a la recreación más divertida del aburrimiento. Sí, aunque parezca incompatible la expresión, las cosas del mar, por pequeñas, por mundanas, por naturales, por salvajes, por quietas, por estar ahí, no se perciben si quien ha de observarlas no está aburrido o carece del tiempo necesario para fijarse en ellas.

 A partir de esa predisposición aburrida que supone el paso hacia la contemplación de los detalles que le rodean, en este particular que nos ocupa -el de los seres del mar y de los que viven vinculados a él-, Josep Pla teje sus Cinco historias del mar, un libro escondido en los estantes de las librerías, alejado de los best-sellers y de las novedades editoriales mejor pagadas. Pero un clásico de la literatura que nadie debería dejar escapar.

Los motivos para leerlo pueden venir expresados ya por las palabras que anteceden a esta enumeración de virtudes: alegría descriptiva, anécdota elevada a la categoría de  tradición, campechanía oral plasmada con palabras sinceras, contexto pesquero explicado sin barroquismos, dietario de vida, experiencias y leyendas marinas bajo el sello del escritor de Palafrugell.

Photo by Marga Ferrer
 Así, el lector asiste a una sucesión de cinco historias dispares entre sí, pero unidas por la idiosincrasia de los pueblos costeros del litoral catalán, sus costumbres y sus gentes. Atajos para llegar a un bodegón de peces por categorías, sabores, texturas y hábitats que ninguna enciclopedia recoge con tamaña precisión; a la aventura marina emprendida por Josep Pla con un pescador solitario y buen cocinero expresión del imaginario colectivo del lugar; a un repaso por las historias de naufragios sonados; a la descripción de la vida bohemia de un trotamundos del Empordà; o de cómo un barco dio nombre a un restaurante de Calella mientras el lector descubre que el padre de Dalí fue notario y que Josep Pla ‘arreglaba’ con él el mundo en conversaciones de largo recorrido y vistosas.

Mar y punto.

lunes, 13 de junio de 2011

La analítica del amor

Entendemos por amor aquella manifestación irracional que nos une sentimental, emocional o físicamente con otra persona; pero hay otra palabra, el enamoramiento, que justifica las acciones que desempeñamos para conseguir el favor de la cosa enamorada. Esta es la lección filosófica que podríamos extraer de la última novela de Javier Marías, Los enamoramientos, que aborda el particular sin reparar en el color rosa de las novelas de culebrones escritos, ni en la introducción-nudo-desenlace característicos y previsibles de las obras románticas; ni siquiera en las resabiadas comedias de Hollywood de novias y de novios de color nube de golosina.

Los enamoramientos analiza el hecho del amor desde la perspectiva más cercana a su lado crudo, aquel que supera los límites de la realidad compartida y que ataca la vertiente individual de cada cual. Marías aprovecha el desarrollo de la novela para hilar reflexiones en torno al asunto en relación a la experiencia vivida por una mujer, María Dolz, que asiste al desmembramiento accidental de una pareja de enamorados. Sobre ella pivotan los perfiles sociales y los tics que caracterizan a roles heredados de la tradición humana. La pasión llevada al extremo de la mentira disfrazada de verdad, las manías, las rutinas, la obsesión sin amor, el amor sin pasión, el amor de recambio, el poder del olvido y la imposibilidad de rehacer una vida al lado de una persona dada por muerta.

La delgada línea entre lo real y la ficción, conjugada con la crítica mordaz de la que el autor hace gala en el análisis de la cotidianeidad que suele proyectar en sus artículos periodísticos, unidas a gestos simpáticos hacia sus propios gustos (como el de escribir sus novelas a máquina) conforman una cosmovisión personal e intransferible del amor desde el enamoramiento; del enamoramiento desde el amor, resuelta de forma magistral por un escritor que apetece leer siempre.

Javier Marías, Los enamoramientos (Alfaguara, 2011)

domingo, 27 de marzo de 2011

Una arroba y un titular

Una arroba antes pesaba algo más de once kilos, hasta que llegó el sepulturero de las cartas -el correo electrónico- y la convirtió en remite, en el epicentro entre la identidad personal en internet del receptor de la misiva y su representación oficial, la compañía para la cual trabajaba o el servidor al que confió su dicha ciberespacial.

Una arroba para un periodista nunca había sido algo más de once kilos, bien por desconocer esa medida dentro de lo mucho que sabe de nada, o por pertenecer a una casta de profesionales nacidos al amparo de la nuevas tecnologías. O, por qué no decirlo, por el simple motivo de meter un poco de cizaña entre el colectivo de profesionales de la comunicación, desbocados hoy en el ámbito online gracias al medicamento antidepresivo y anticrisis que han significado para él las redes sociales.

Una arroba para un periodista digital es el prefijo de su cuenta de Twitter, el sufijo de su reputación online y la nueva unidad de medida para evaluar cómo ha superado la crisis, los eres, las mentiras, las oficialidades y las verdades de la profesión. Plumillas o no, el titular ha dejado de oler a tinta, como hace tiempo los bolígrafos bic dejaron de escribir titulares en libretas u Olivetti desapareció de las clases de redacción.

@360gradospress

domingo, 27 de febrero de 2011

Del desapego musical y fotográfico

Recuerdo una fotografía de Dave Gahan (cantante de Depeche Mode) que compré a finales de los ochenta por 100 pesetas. Era bastante mala, tomada en el aeropuerto de Madrid-Barajas y no salía yo, pero tener una foto de mi ídolo musical bien merecía pagar el equivalente a tres quintos de Mahou. Tampoco se me olvida la emoción que me causaba escuchar de forma inesperada un tema inédito en la radio pirata de turno. Era una ocasión única que disfrutaba, interferencias incluidas, como un regalo.

Las fotos retrataban ídolos, instantes fugaces recopilados en papel, tiempos retenidos en marcos, recuerdos refrescados de forma tangible. La música nos convertía en Diógenes de la melomanía, decorábamos casettes a imagen y semejanza de los logos del grupo de turno, elevábamos los vinilos a la categoría de altares de devoción musical, traducíamos ahorros en gestos de emoción y saboreábamos esos gestos como gestas por haber obtenido el objeto fetiche, el vinilo comprado en Madrid Rock el mismo día de su lanzamiento o el maxi-single con el que pinchar a 45rpm el tema que descubríamos por primera vez antes de aprendérnoslo de memoria.

La era digital ha enterrado esas emociones y las ha sustituido por otras. Ya no tiene sentido valorar una fotografía, no pesa tanto la exclusividad de tener algo cuya inmediatez ha dejado de ser retenida en la propia instantánea. ¿Para qué sacar una foto de tu ídolo a 100 metros de distancia si puedes poner en Google su nombre o leer la información referida a su llegada a Barajas, descargártela e imprimirla en papel? Es una suerte, desde luego, pero el valor fetiche de disponer de ella como un tesoro ha desaparecido. De hecho, es muy fácil tener miles de fotos guardadas en el ordenador y disfrutarlas sólo en el momento en que son sacadas. Pocas veces se rescatan las carpetas de almacenamiento para verlas de nuevo. Es aburrido.

Lo mismo ocurre con la música. Basta poner el título que hace años era una rareza en el buscador de Spotify y en tres segundos estar escuchándolo. Hasta el punto, de encontrarse frente a la aplicación musical y ni siquiera saber qué canción escoger ante tal aluvión potencial de artistas y títulos. El romanticismo se ha fugado.

Estamos desapegados. El usar y tirar se ha extendido a hábitos de consumo que hace años saboreamos a ritmo de slow-food. A mí me siguen gustando Depeche Mode, pero machaco tanto sus temas, accedo a tantos títulos de otros artistas, es todo tan fácil que me he convertido en un consumidor ávido de descubrir más y más música sin apreciar el peso de sus letras ni el tiempo que habrá significado producirla.

Vivimos un tiempo en el que ya no se escriben cartas, ya no se llevan bolsas de vinilos, ya no se sacan fotos. Todo es móvil, todo es fugaz, todo es efímero. Desapego exprés.

Photo de Coque Malla by Marga Ferrer