sábado, 31 de octubre de 2009

Adherencias


Las arañas del tiempo tejen una tela viscosa que abandonan a su suerte cuando ya no pueden cazar recuerdos. Se marchan hacia torturas lejanas, a tender puentes de seda entre el presente y el pasado que lo marcó. Saben que pocos superan el lastre de los minutos acumulados a deshora, de las equivocaciones masticadas en noches de insomnio, de las mentiras envueltas en miedos.

Es difícil localizar a alguien que haya conseguido expulsar de su existencia a las arañas del tiempo; funambulistas en vida, mudos en el café. Ocultan su logro con el anonimato del inadvertido, concentrados en pisar firme sobre las adherencias que dejaron las telas del recuerdo borrado. Caminan sobre el fósil de lo que fueron, de lo olvidado, de lo archivado sin el ansia del apremio, solos.

lunes, 12 de octubre de 2009

El vaso


En tiempos en los que la gripe A no ha llegado a causar la alarma social que pretendían las autoridades sanitarias a través de los medios de comunicación, recuerdo una práctica a priori poco salubre de uno de los muchos pueblos de la Castilla vieja que he tenido la suerte de conocer. Mis primeros tragos mozos procedieron de un vaso popular, escondido en la oscuridad de una bodega, alimentado por las arañas de la cueva y enjuagado con el zumo de vid que resbaló sobre mis labios desde bien entrada la adolescencia. Era el vaso, o los vasos, de alguna de las bodegas de los pueblos zamoranos de los valles de Benavente, en los que beber era religión y hacerlo con la rebeldía del que sabe que es cosa de mayores, todo un arte.

El vaso era el vaso de todos los que peregrinaban desde el casco urbano hasta las bodegas de las afueras para extraer de la cuba el vino del almuerzo. Quien más, quien menos, tenía su bodega, equipada con ese vaso preparado para el trago de vino en compañía del propietario, quien hacía el mayor gesto de generosidad al cederlo y recogía la satisfacción de a quien invitaba desde la campechanía de lo habitual y con la garantía de que el invitado degustaba algo que pocas veces tenía a su alcance el resto del año.

Nadie decía que le daba asco, ni repelús. Ni, por supuesto, nadie negaba el trago de la caballerosidad, ni los más pijos capitalinos, ni las señoras más escrupulosas, ni los señores más exquisitos. El vaso era el vaso y si lo agradecías con alguna alabanza referida a las virtudes del caldo o a la bondad de la temperatura que lo cobijaba en aquellas cuevas cavadas bajo tierra, lo fácil era que el anfitrión prolongara su estancia en la bodega para deleitarte con alguna lata de mejillones en escabeche o con alguna bolsa de aceitunas de anchoa. De propina, el moje o caldito de las conservas, cuya prioridad para la degustación recaía también en el invitado.

El vaso de la bodega, un rito de marcada tradición que no ha entendido de enfermedades, más allá de la del quite del saber estar y de la del vino a granel al gusto del que nunca bebe o de quien valora la campechanía por encima de la apariencia.

martes, 6 de octubre de 2009

Don Hipólito


Me quedo con ganas de contarte cosas, de escuchar tus nuevas, de verte, de hablar contigo como cuando era un niño grande con ganas de comerse el mundo.

Me quedo triste en la distancia por no haber estado presente en los reconocimientos que mereciste como nadie. Tú, experto en vida, curioso de las personas, Quijote de la Castilla Vieja.

Me quedo mudo, aún con letras, para mandarte el guiño que da la vida cuando encuentra un apagón tan sonado como el que hoy me ha sacudido.

Me quedo con el anhelo de haber podido compartir contigo un día más el mantel de los sueños a medida de quien los desea.

Gracias por tus lecciones de vida, gracias por tu sabiduría, gracias por tu experiencia, gracias por tu erudición, gracias por tu campechanía. Gracias por la amistad que has compartido con esa persona que tan bien conociste y que tanto respetaste, la más enrevesada y bonachona del planeta; gracias por haberte ido sin meter ruido, con tu elegancia habitual, con el silencio del que siempre ha sabido ser discreto, gracias por haber existido.

A Hipólito Pérez Calvo, que en paz descanse.