viernes, 21 de agosto de 2009

La siesta


El asfalto está caldoso, las cigarras entonan sus carracas, las avispas chapotean en los charcos del pilón dejados por el asno que acaba de beber agua porque para todos es agosto. Si ponemos el oído en la ventana de Pepe, podemos escuchar sus ronquidos. Seguro que está con la camiseta abanderado, boca arriba, entre moscas, duermevelas y sueños alejados del tedio rural, hoy amortiguado por la presencia de cientos de hijos del mismo medio, inquilinos de la urbanidad mecánica en invierno.

A los niños no les gusta dormir la siesta, son rebeldes de sobremesa, ellos juegan como incordian para los que reposan la cabeza sobre un hule pegajoso de plástico, el mismo que la imaginación dibuja con manzanas, plátanos y peras o con el mapa político de España. Otros, a escondidas, toman café y líquidos espirituosos cuyo importe se lo disputan a juegos de cartas, al tute principalmente. Los foráneos aprovechan el verano para aprender las trampas de los lugareños, que luego exportan a la ciudad con la exclusividad del que descubre algo en solitario y lo cuenta con el poder que da la información.

La abuela de Carlos le ha cogido de la oreja derecha y se lo ha llevado a casa hasta que acabe la hora muerta, Juan tiene que irse a la capital de provincia con su padre a comprar no sé qué y yo me quedo solo, sentado en el bordillo que delimita la frontera entre la sombra y el sol, junto a la ropa tendida por la vecina de enfrente, con piedras saltarinas con las que esquivar la carretera comarcal de tercera y la sonrisa marcada en una comisura que saluda, como a Mr. Marshall, a cada coche vacacional que pasa por delante en intervalos de quince minutos o al camionero que no puede dormir la siesta ni en verano. Punto.
photo by irm

viernes, 14 de agosto de 2009

Dos


Como encrucijada en la que chocan trenes de distinta procedencia, con un mismo destino. Como palillos engarzados en una bomba infantil de efecto mariposa, que al arder expande los trocitos en racimos de sonrisas. Como la brújula desbocada que se detiene en una orientación, a imitación del perro sabueso hierático frente al objeto sospechoso. Cada vida emprende una trayectoria compartida por otras vidas en puntos determinados que convergen hacia desenlaces dispares. De vez en cuando, asaltados por la sorpresa de la casualidad, encontramos apeaderos coincidentes, billetes masticados por el devenir del reencuentro que alimentan el dicho popular de que el mundo es un pañuelo.

No hace mucho me encontré con un compañero de la infancia al que dejé de ver hace 24 años. Unos días después, maravillado aún por la casualidad y sin haberme dado tiempo a recuperarme de tan bendita oportunidad para el rescate de caudales de información ocultos en mi cerebro, me dí de bruces con un profesor de mi época púber. La música que impartía se apoderó del viaje en tren hacia el reencuentro con otros compañeros y amigos de una etapa más cercana, la universitaria, desbocada y enraizada como ninguna otra. Las últimas semanas de mi vida se han visto salpicadas por fenómenos facebookinianos de carne y hueso, sin el apoyo de las redes sociales, sin la seguridad de lo previsible, a pelo. Dudo de que sea más fácil recrear relaciones pasadas con las herramientas actuales, pero no se trata ahora de entrar en debates que alejen la esencia del escrito.

Esta bitácora acaba de cumplir dos años, 730 días de casualidades, de verdades, de mentiras y de otros relatos escritos con la vocación de satisfacer la inquietud escritora de su autor y de atender la mirada de quienes, a lo lejos, se reencuentran con escenas y momentos comunes a todos los que sonríen cuando terminan de leer alguno de los posts. 2 años dan para muchos reencuentros, pasad y seguid probando los vuestros. Os espero.
photo by somos

miércoles, 12 de agosto de 2009

Pobre radio


“Ya lo sabía, ya lo sabía”. Este es el estribillo de una nueva canción de corte clásico reventada por la mala planificación publictaria del soporte radiofónico. Es una lástima, a la vez, comprobar cómo se destroza este medio de comunicación mediante el uso indiscriminado de bombas que, bajo la forma de cuñas publicitarias, invaden, hasta apropiarse de ellas, las parrillas de programación. ¿Cómo puede ser que no haya nadie cabal en las ondas que mire más allá de la satisfacción inmediata del cash?

Si los máximos responsables de las ondas quisieran un poco al medio que representan, o en el que dicen trabajar, tendrían que mostrarse más vigilantes con la calidad del producto que llega al oyente, no sólo del creado por la propia cadena o emisora (en su mayoría también compuesto por burdas imitaciones conformistas de modelos exitosos de otras épocas de apogeo radiofónico), sino del suministrado por la agencia publicitaria de turno o el convenido por los comerciales de la casa.

“Ya lo sabía, ya lo sabía”. Como amante de la radio; como oyente empedernido de horas y horas de programación; como defensor a ultranza de la preexistencia de su magia en tiempos de crisis; como impulsor de investigaciones relacionadas con la adaptación de este medio tradicional al ciberespacio; me niego a tragar con los males endémicos de un soporte periodístico maltratado por varias generaciones.

¿Por qué aguantar campañas mal trazadas, pagadas a golpe de talonario de hojalata como subterfugios de aquellos que huyen de la crisis del papel y que lo único que consiguen es que el oyente tenga el gesto tan fatídico de cambiar el dial o de dirección en la barra de idem?

Viva la radio, pero no a cualquier precio.

PD: Masical, ING, Línea Directa, Bañera sobre Bañera, el inglés en mil palabras…