martes, 23 de junio de 2009

Celulosa


Hace días que no escribo en esta bitácora. El síndrome del papel se ha apoderado de mis neuronas. Ya no percibo el olor remoto a celulosa y me entra el resquemor de no saber hacia dónde dirigir mis letras. Parece como si la vocación encendida hace años se hubiera quedado helada. Mientras espero a que las musas me inspiren, escucho el gemido de las cabezas de turco que ruedan semanalmente ante mí, procedentes de lo que antaño fueron rotativas de ensueño para periodistas tiernos.

Recupero hoy el aliento, animado quizás por nuevas formas de proceder que garantizan el futuro de una profesión poco habituada a los cambios, corporativista en exceso y comodona como ninguna otra. Los que peor lo tienen son los que han defendido (y defienden) hasta las últimas consecuencias un modelo periodístico agotado, sin fuerzas, arruinado, inerte, moribundo. Afortunadamente, son los mismos que abanderaron el intrusismo, que ningunearon hasta el mileurismo a los más cualificados y que no sabrán decir adiós hasta que la verdad, la misma que siempre ocultaron, pase por encima de ellos.
photo by marga ferrer

lunes, 8 de junio de 2009

Los otros votantes


Después del 7-J me queda un sabor agrio, como el sentimiento de al que le toman el pelo después de una compra o de sufrir un timo al estilo del tocomocho. A pesar de ello, yo fui a votar. Es cierto que durante la campaña no se habló mucho de Europa pero pienso que mi voto puede servir para que, en lo sucesivo, el continente no sea el patito feo de la argumentación. Esta podría ser una de las muchas conclusiones que se extraen de la cita electoral europea, como el que la corrupción no es un buen elemento de la brega política para mermar credibilidad y votos al rival. Más bien al contrario, el que un partido se encuentre de bruces con ofensivas basadas en los trapos sucios de su cocina suele movilizar al electorado afín, al mismo que en condiciones normales no tocaría las urnas. Aún así, no dejan de ser argumentos domésticos que alimentan el ‘todos los políticos son iguales’, con el efecto castigador que tiene esa coletilla para la movilización del sector poblacional que no tiene pasión por ninguna sigla política.

Representado por gente de la calle sin intereses ni afinidades hacia los colores de ninguna organización, sin dependencias partidistas ni militancias asfixiantes, sin compromiso político ni deudas de sangre ideológica, sin sueldos que deber ni cuotas que pagar, el sector de la población que sólo vota cuando verdaderamente encuentra confrontación de ideas o un escenario de debate alejado del ‘y tú más’ volvió a quedarse en casa. No es de extrañar, a tenor del apellido de una cita electoral cuya condición de europeísta se quedó en eso, en su nomenclatura y en su grafismo. Lo demás, caso Gürtel por aquí, vuelos en helicóptero por allá, unos cuantos titulares del Yak-42 y de la gripe A, alguna frase del estilo ‘yo tengo menos parados que tú’, toques de vida con el aborto de fondo, goles de final de Liga de Campeones y la banalización generalizada de un proceso electoral alejado del pretexto que lo convocó: elegir la cuota de europarlamentarios que le corresponde a España por ser estado miembro de la UE.

De Europa, en teoría, poco. Pero si analizamos el comportamiento que nos han impuesto en España en los últimos tiempos, encontraríamos muchos argumentos para echar en cara a los mismos que lucieron ayer sus banderas europeas solapadas a las siglas de los partidos que concurrían a las elecciones. En la práctica, hemos heredado numerosas costumbres ajenas a nuestro ideario cultural; ya somos más anglosajones que ‘typical spanish’. Como motor de la economía, el turismo español pierde señas de identidad a marchas forzadas en detrimento de una interpretación errónea de lo que significa ser europeos. Me gusta ser vecino continental, aunque no creo que el camino para ser ejemplo en Europa pase por renunciar a nuestras señas de identidad, ni mucho menos por imitar modelos de vida ajenos a nuestra cultura. Se puede ser el mejor europeo del continente sin que por ello tengas que entregar todo el arsenal identitario a tus convecinos.

Está bien formar parte de la UE, tener una moneda común, un parlamento con parlamentarios que se eligen cada cinco años, una legislación compartida en aspectos laborales o relacionados con el consumo, un presidente de turno cada seis meses, un gran premio de Europa de motociclismo… Pero eso no tendría que ser sinónimo de un cambio en nuestras pautas de comportamiento rutinario. Esto es, me niego a ir al Madrid castizo y pagar 4 euros por una caña sin tapa o estar de vacaciones en el sitio al que siempre he ido desde pequeño y tener que abonar un euro por ir al servicio. Cotidianeidades que bien podían marcar el debate europeo en futuras citas electorales para implicar un poco más a la gente de a pie, a la misma que cuando hablan de sus problemas se moviliza y vota.

lunes, 1 de junio de 2009

Papel digital


No tenía pasado. Lo desconocía, jamás preguntó. Ahora ya era tarde. Google dejó de registrar su nombre, su vida, su perfil, sus amigos. No quedaba nada. Se fue quince años después del último ABC en papel. Su saber quedó reseteado como el del resto de coetáneos. Reinó el caos. La memoria del mundo cayó por el agujero negro de sus confesiones digitales. Nadie supo ver a nadie. La depresión se cebó con los que acostumbraban a leer periódicos los domingos con el perro bajo la sombrilla de una cafetería franquiciada. Desayunos de dominicales escritos por los más naesabuandos futurólogos. ¿Por qué no me informaron? –aún se pregunta-. Los titulares que se evaporaron del papel, aquellos que olían a imprenta de crisis, permanecieron inmóviles, formateados, borrados. Bye.