martes, 21 de abril de 2009

Mediocre*


El periodista y escritor David Barreiro acaba de publicar su primera novela: Mediocre. Después del éxito de su obra anterior, Relatos posindustriales (por la que obtuvo el Asturias Joven de Narrativa 2007), el asturiano realiza un ejercicio de autocrítica de la profesión periodística a través de la vida oscura de un profesional que trabaja para una revista de alimentación. Rodeado de incertidumbres, ansiedades, tristezas y de la versión más gris del Madrid actual, el protagonista deja en vilo al lector con el único afán que le mantiene vivo: conseguir un contrato indefinido.

Mediocre traza una radiografía ácida de nuestra querida profesión, de la vida de los solitarios acompañados de nada, del Madrid que queda y del que viene con brillantes transiciones poéticas hacia la trama. La estructura sencilla, el ritmo frenético, la ironía fina que gasta el autor; las sorpresas que reserva en momentos puntuales como un fragmento en el que los personajes que viajan en el metro saben que formarán parte de su novela; la descripción del portento físico que embauca a su novia y de la impotencia del protagonista para competir con él; o la del tragaldabas de turno presente en cualquier redacción que se precie y el resto de estereotipos de una profesión precaria sin marcha atrás ni adelante se abalanzan sobre el lector con gran precisión y verosimilitud.

El desenlace de la trama extirpa del esófago del lector la pelota de tenis que le atenaza desde que se introduce en unas vidas tan mediocres que le respiran de cerca.

Ilustración de portada de Olaya Pazos Pérez


*Barreiro, D.: Mediocre, Inéditor, Colecc. Imaginatio, A Coruña, 2009.

miércoles, 15 de abril de 2009

Eco de yemas


Me han regalado una de esas joyas para guardar detrás de una vitrina, o no, mejor para utilizar en grandes ocasiones, o no, quizás su funcionalidad descanse en ésta que aquí nos reúne: la de evocar sensaciones a partir de un objeto. Bueno, es algo más que un objeto, es una máquina de escribir cuya historia va más allá de la edad de mis pensamientos. No sé cuánto tiempo tiene, ni me importa. Sólo imaginar las yemas que habrán descansado sobre sus desvencijadas teclas, me reconforta lo suficiente como para convertir en anécdota la edad de tan insigne aparato.

¿Cómo medir el recorrido de las vivencias que ha trazado?, ¿dónde guarda la memoria que tanto acecha mis noches de insomnio? Imagino, como notario de historias recorridas con tinta, los acontecimientos relatados mediante el traqueteo de sus martillos de acero; hojas de cálculo de tinta corrida, sin tippex con el que maquillar el rimel de los números; noches de candelabro y pijama quijotesco de silencio póstumo, albacea de conticinios salvajes; relatos sin vuelta atrás, rodeados de cientos de bolas de papel al cobijo de sombras juzgadoras de contenidos inapropiados, censura de la perfección anhelada; agonía de encierros sin actividad, olvidada por el desuso del cambio de costumbres; resurrección de trayectos inacabados que hoy desembocan en un pariente lejano de teclas escurridizas y pantalla irisada.

Bienvenida a casa, Underwood.
photo by somos

lunes, 13 de abril de 2009

Conversaciones de parador


Cuando los pensamientos son tiernos, ajenos al crujido de la realidad, se puede ser artista y dibujar en paneles imaginarios sueños de vida. Nunca son profecías, más bien deseos sobre los que paliar la ansiedad por devorar las hojas del calendario. Y pocas veces se tiene ocasión de compartir esos anhelos de futuro con otra persona, a no ser que se dé la circunstancia de que los relojes estén sincronizados. No hace falta dar con alguien de otro sexo, más bien podría interceder la confusión en ese caso, aunque no necesariamente. Lo más importante es saber aparcar los prejuicios, cortar la etiqueta que llevemos colgada y conversar sin tapujos sobre el devenir, la proyección de nuestros comportamientos y la vida desde el prisma del ignorante con vocación de sabiondo. Sin faltar, eso sí, el ingrediente básico: la humildad, pero la humildad con el aderezo de la grandeza. Porque aquel que se marca el listón de Bubka siempre obtendrá una gran marca, aunque no sea el récord del mundo.

1998 ó 1999 ó 2000. 1.000 pesetas daban para poner 500 de diésel en una furgoneta destartalada, comprar un paquete de tabaco y pagar una ronda de dos cervezas en un paraje a priori imposible para dos estudiantes: el parador. Hay muchos, aunque la condición básica era coincidir con un alma gemela que entendiera como algo no extravagante tomar una cerveza en un sitio a priori reservado para lo que a mediados del siglo XX se tenía a bien denominar como viajante. No sé si viajantes, pero soñadores, éramos un rato. Dibujábamos castillos a los que le faltaba aire, el mismo que respiramos hoy con el alivio de pensar cuánto nos habíamos equivocado en una etapa de la vida en la que ser valiente era mirado con gracejo por aquellos que se acomodaban en el lecho del 'mira ése que estúpido es'.

Gracias a proyectar castillos aéreos, ahora me río de lo humildes que eran los proyectos de alguien que conversaba en la distancia con aquel que supo también elevarse por encima del tiempo. El oasis que se llamó parador hoy es material privilegiado con el que reconstruir pasiones y anhelos repletos de vida. De la misma vida que hoy marca las conversaciones treintagenarias de los que vienen, van, se quedan y saborean lo que nunca fue pero siempre podrá ser mejorado.

Para el peluche.

sábado, 11 de abril de 2009

En el vagón


Vamos a casa de Ander, que no están sus viejos y podemos beber. ¿Tienes a Mando Diao en tu móvil? Sí, pero no es la última canción. Da igual, ponlo a todo trapo, anda. Vamos por esa boca de metro, que no hay taquillera. Ya estamos dentro. Pero, ¿qué hacéis?, ¿por qué habéis apretado el interfono? Ahora vendrá el segurata y nos pedirá los billetes, parecéis tontos. Uf, menos mal que ya llega el metro, corred...

Aquí es donde entro yo en escena, voy sentado en el mismo vagón en el que tres chavales de unos quince años acaban de entrar con la respiración acelerada. Uno lleva colgado el teléfono móvil del cuello. Es inevitable encontrárselo, no por las dimensiones del mismo, que hoy en día los hacen ya de tamaño diminuto, sino por el ruido que sale de su pequeño altavoz. Lleva una música casi indescifrable, el elevado volumen que proyecta el aparatito convierte los acordes y las voces en un ruido distorsionado. Al menos es lo único que se escucha, más allá de la cantinela enlatada de la “próxima estación, correspondencia con las líneas…”. Les gusta ser el centro de atención, ¿a qué chaval no le mola? –me pregunto-.

Llega el convoy al destino de los tres urbanitas. Entre collejas, zancadillas, insultos por tics de verborrea juvenil y un pisotón que uno de ellos me propina sobre mi zapatilla New Balance ochentera sin pedir disculpas por ello, Mando Diao desaparece. La casa del viejo de Ander será la nueva escena que algún día pensaré en describir. Próxima estación: Retiro.

lunes, 6 de abril de 2009

Lonja's Square Garden


Entre partidillo y partidillo, aprovechamos para descansar en las porterías. Apenas se distingue el oso y el madroño que lucían los bancos hace unos años, cuando el ayuntamiento, a través de la junta municipal de distrito, los colocó allí, en el mismo lugar en el que compartíamos una cocacola a las siete horas de una tarde de julio. Nos ha tocado el póster de Marta Sánchez, uno de los regalos que las latas contienen bajo la anilla que las recubre. Lo sorteamos al palo más largo. Gano el sorteo del sorteo sorteado. El póster irá a parar a la sala de trofeos musicales de mi habitación, donde ya descansa Whitney Houston (también gentileza de mis eructos de ilusión musical), recortes de Depeche Mode, Perico Delgado y alguna que otra alineación del Real Madrid de Ito, Cholo, Salguero, Lozano, Juanito, Butragueño, Camacho, Agustín, Jankovic, Molowny y compañía.

Cambio de balón. Es agosto, nos trasladamos a la frontera que separa una lonja de otra. La segunda queda tres metros arriba, la divisamos desde la primera a través de una pared que separa las alturas con la ayuda de una barandilla apoyada sobre un bordillo de hormigón. El muro presenta huecos por los que sale despedido un aroma inconfundible del monóxido de carbono que encierra en su interior. Es la ventilación del aparcamiento que ahueca el complejo peatonal y nos sirve como canastas improvisadas. Bueno, hay que tener la imaginación de un niño para encontrar canastas en un bordillo, y tableros en una fila de barrotes metálicos. Nosotros somos niños y jugamos al baloncesto, con un balón de reglamento y todo. El oso, el 21, partidos, unos contra uno… ¡canasta!

Todo es posible en la Lonja’s Square Garden de Moratalaz.

miércoles, 1 de abril de 2009

Barrio


No, no les quiero hablar de la película de Fernando León de Aranoa, o sí. Porque quien más, quien menos, se ha criado en un barrio. Los pueblos son como los barrios, ¿o es al revés? Siempre es susceptible de ser debatida cualquier cuestión con el sempiterno debate de fondo acerca del huevo o la gallina, aunque tampoco es esa la clave que pretende abordar este escrito. Más bien quiero retroceder, como escuela de vida, al barrio que me parió.

He quedado al salir de clase con Carlos, David y Jaime en la Lonja para emular a los guerreros del asfalto por los maceteros de esta zona peatonal dividida en tres alturas. Con doce años uno es incapaz de ver más allá, me refiero a los más de cien bares que se apostan a ambos márgenes del complejo. Sólo hay metros y metros de hormigón para que las chapas circulen a sus anchas, entre colillas, jeringas, barro artificial, potas, condones y otras formas de compost urbano.

Después de tres semanas jugando horas y horas a la serpiente multicolor de hojalata nos cansamos. Carlos fuerza la transición hacia otras formas de entretenimiento trayendo consigo el balón de la Eurocopa de Alemania 88. De aspecto reluciente, recién llegado de la tienda de deportes de al lado de su casa, se prepara para someterse a una sesión intensiva de peeling contra las baldosas pedregosas del suelo de la Lonja. Como porterías utilizamos dos bancos ubicados frente a frente, a unos veinte metros de distancia, roídos por navajas amorosas, pellizcados con rotuladores edding 200 del 'tempranografiterismo', pero perfectos para la práctica del fútbol en sus modalidades dos a dos o tres a tres. ¡Gol!

Stop.