miércoles, 31 de diciembre de 2008

Copos de despedida


Se acostó la penúltima noche del año con las pilas descargadas, sin cenar, roto a gintonics. 2008 no pasaría a su intrahistoria como el mejor de su vida. Tenía hemorroides, había vuelto a fumar, a reencontrarse con la versión crápula de la que huyó cuando formó una familia, fue nombrado directivo de una empresa de la sociedad de la información y adquirió una casa en Torremolinos, con muebles y perro incluidos.

Al abrir los ojos, a eso de las ocho y cuarenta y seis minutos de la mañana, su visión quedó cegada por una luz diamantina que rompía la habitación. No reparó en cerrar la persiana al acostarse y pudo conocer de cerca los efectos de la teoría de la refracción. Un sol brillante se coló como un intruso por la ventana, rebotó en el espejo del armario y se comió sus ojos entreabiertos, de aspecto vidrioso y de color rojo vampiresco. Entre la confusión y el aturdimiento, le cautivó un baile atípico, un compás entretenido para una mirada vaga, reacia, obstinada en reproducir el sueño incómodo y sediento que había sido desvelado por la luz. Cientos de motas de polvo removido, ácaros voladores, levitaban sobre su cuerpo inerte, engullido por las plumas del edredón y las sábanas de franela que le regaló su madre. Se movían como las partículas que imitan a la nieve en las bolas de recuerdo turístico, como copos de despedida, como fragmentos de Navidad tardía, como proyectos rotos en mil pedazos, como los días de un año aciago para su suerte.

Feliz 2009, pensó.
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domingo, 28 de diciembre de 2008

El vuelo gallináceo


Al terminar el recorrido virtual (en tanto que lo abordamos unas seis décadas después de haberse producido) que Josep Pla emprende en un medio de transporte social como el autobús de la posguerra, el que recorría los pueblos de las comarcas catalanas y de tantos otros rincones del país, queda la sensación de cansancio, de haber pasado frío en las fondas inhóspitas de entonces, de sentir el calorcillo de la estufa en el bar del pueblo, de masticar el polvo de la carretera, de quedarse con las ganas de preguntar los detalles de alguna de las circunstancias folklóricas que presenta el escritor de Palafrugell en su “Viaje en autobús”.

Una fotografía social de entonces reproducida con la mejor calidad de píxeles: la palabra, la oratoria escrita desde la campechanía que concede saber mirar las cosas apostado en la barrera, implicado en el baile cotidiano de la vida y parapetado en la más fina ironía. Relatos y anécdotas reproducidas con un delicioso sarcasmo y no menos ingeniosa forma de picar a la gente con la que el escritor coincide en el día a día de un trayecto en autobús incierto para extraer la información que requiere el contraste entre lo vivido y lo participado, entre lo prejuzgado y lo representado, entre la experiencia y la convivencia de caracteres rurales.

Tras el “vuelo gallináceo” (sic.) emprendido por Pla dan ganas de hablar con los que vivieron aquella época de viajes eternos en autobús, de rescatar la secuela de los que hoy lo utilizan y de conocer mejor el entorno en el que nos toca vivir, a veces tan cercano, otras tan lejano, la mayoría de las ocasiones hostil. El “Viaje en autobús” del escritor catalán permite acceder al retrato costumbrista de la Cataluña de posguerra con la nitidez del dvd, o del blueray, la misma que procede de la imaginación despertada en el lector por los estímulos de vida de un gran escritor.
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Pla, Josep: Viaje en autobús, Ediciones Destino, 5ªEd., Barcelona, 1991

viernes, 26 de diciembre de 2008

Madrid 30*


La discordia entre la soltería y el compromiso nace cuando dejamos de salir con los amigos. El punto de encuentro habitual ha dejado de esconder la magia de antaño; no hacía falta programar la ‘quedada’, un rumor preestablecido nos convocaba allí a todos. Desde hace un tiempo cada cual ha emprendido un viaje vital dispar, sin compromiso con la falta de compromiso. Si se da la casualidad de coincidir tres de los diez que no faltábamos a la cita es motivo sobrado para una borrachera recogida, sin más aspavientos, sin coger el metro, sin moverse. Ni transporte público ni ahora privado, ¿para qué? “No liguéis, es innecesario, cualquier persona con dos dedos de frente vería vuestra fecha de caducidad. La lleváis inscrita en vuestra alma de soñadores, en vuestro club privado de recuerdos, en vuestro corazón con olor a naftalina y a sudor de abuelo”. Eructos de grandeza, delirios de barrio, punto de partida.

La calle Barceló ha dejado de ser la calle del But; la calle San Marcos ya no es la del The Cult; en la plaza de Chueca se reivindican derechos con más fuerza que antaño, cuando bailábamos temas The Mission, The Smiths o The Cure en el Osario. Nadie tenía que mirar a nadie, todos formábamos parte de nosotros sin prejuzgarnos por ser borrachos, gays, lesbianas o vividores. El Túnel ha dejado de descuidar uno de sus dos grifos de cerveza, quizá porque la gente ahora es más descarada al ponerse tres minis de gorra; Depeche Mode servía para anestesiar el ánimo justiciero de un propietario sin clientela los jueves; Malasaña hierve con el ruido de un botellón despertado por el afán de la nueva restauración, bares parecidos a Ikea en la imagen y a un atracador en las formas.

Tendríamos que aparcar esta perspectiva del vértigo. Somos libres, claro, pero no utilicemos la libertad para homogeneizar nuestro pasado, que bien valioso es si se presenta con dos canónigos, en una fuente de cerámica de Sargadelos. ¡Qué rica sabe la fantasía de una amistad guardada en un frasco que soportaba garbanzos! Ya sabéis, la sociedad del reciclaje, esa costumbre de poner de moda lo que nunca ha dejado de serlo. Pasad, bienvenidos, podéis gritar.
photo by somos
*Artículo publicado por Óscar Delgado en la revista duermevela en su número de diciembre de 2007

sábado, 20 de diciembre de 2008

Destellos


Si me preguntas por cuál fue el primer recuerdo que mi psique retuvo, no sabría especificar cuál, más bien creo que tendría forma de heces vacunas de los Picos de Europa. Todos hemos sido niños, pero es difícil delimitar el acontecimiento o circunstancia original, el que marcó el halo de experiencia que se quedó anclado en las instantáneas mentales con las que refrescamos la vida sin que el paso de los años las resten viveza. Destellos que se erigen en hitos de lógica, en hilo argumental de nuestra presencia entre los demás, en pautas de comportamiento modeladas en relación a la experiencia vivida.

Son fotografías mentales que se anclan sin querer en el cerebro para asaltar la consciencia en tiempo real, alejadas del ruido circunstancial del momento vivido, del intento por concretar in situ qué detalle de todos los que nos asaltan es el que saldrá al rescate cuando haya que renovar el recuerdo. ¿El primer gol? Ninguno en concreto, cualquiera de los que marcó Hugo Sánchez de chilena; ¿y del colegio?, el olor a ceras y las pizarras que levantábamos en clase al unísono para dar respuesta a las preguntas de la maestra; ¿y de la Navidad?, el olor a abeto y a musgo, la ansiedad por descubrir a Papá Noel.

Pero hay más, palabras que no tienen importancia el día que se emiten, acontecimientos que no adquieren el rango de históricos hasta que no se recuperan en perspectiva; consejos tragados con recelo en el momento de ser ofrecidos; frases lapidarias de origen acuoso que abanderan causas futuras; canciones desconocidas que marcan el tarareo de nuestra banda sonora original de por vida; segundos de producto audiovisual rescatados cuando volvemos a ser niños… Destellos, al fin y al cabo, que imprimen carácter y que nos hacen ser de una forma u otra en el escaparate cotidiano. Y tú, ¿qué destellos tienes?
photo by somos

jueves, 18 de diciembre de 2008

No era un vampiro


Ha muerto Francisco Casavella, el escritor del Premio Nadal 2008, el mismo que cambió su apellido para que no le confundieran con otro, el autor de novelas cercanas cuyo registro alteró por la filosofía vampírica de ‘Lo que sé de los vampiros’, una obra extensa que leí con avidez la pasada primavera, con la que me sumergí en logias dieciochescas en un recorrido pícaro por la España de la expulsión de los jesuitas, la Roma de los artistas y los países del norte de Europa de reyes y príncipes destronados. Un continente y una época de vampiros que Francisco Casavella recreó en las páginas de una novela de la que ya se habló aquí. La oscuridad de un momento histórico marcado por quién sobrevivía, cómo y a qué precio. Vampiros diferentes a los de Stoker, chupasangres que habitaban las vidas de la gente de bien y de mal, los mismos que hoy se visten de farsantes.

Francisco Casavella se ha ido en el siglo XXI del frenesí a los 45 años. Un infarto ha detenido sus letras. Deja un cerco de palabras reconstruidas en sus novelas, aplaudidas por los titulares que hoy recogen la fatalidad y reflexionadas por espacios para el comentario como este blog. Un saludo, Francisco, será un placer seguir leyéndote.

martes, 16 de diciembre de 2008

Método google


Se reconstruyó una vida con retales googlelianos hasta forjarse otra identidad que compensara los defectos que habían acomplejado su comportamiento. Aprovechó que compartía nombre y apellidos con otros cientos de personas por el azar del destino, tan diferentes como los bufetes que dirigían, las panaderías que regentaban, las canastas que metían, las patadas que propinaban, los delitos que cometieron algún día; como los pederastas atrapados con las manos en la masa, los borrachos anónimos, los empresarios del año, los escritores con sillón en la Academia, los bailarines de postín o los energúmenos que nunca callan.

Era una persona nueva, configurada a base de horas frente a la pantalla, matizada por los numerosos perfiles aprehendidos en el buscador durante su estancia en la habitación de los deseos concedidos. Siete megas de conexión, cuarenta y tres sesiones de dieciocho horas cada una, ciento veintinueve litros de coca cola, tres lápices alpino, un sacapuntas, doscientos trece folios, una tarjeta de memoria de 512 mb, su cámara de 7.1 megapíxeles, una grabadora de voz con 150 horas de sonidos ininteligibles, 2 gillette desechables, veintiún paquetes de chicles en grageas, treinta y dos bolsas de patatas onduladas, un microondas, diez lasañas precocinadas, cincuenta y tres sobres de nescafé classic, gominolas a gogó y pan. Al amanecer del cuadragésimo cuarto día, salió a la calle y gritó: “¡Holaaaaaa!”. Como un mes y medio atrás, nadie le escuchó. La vida real no entiende de frikis.
photo by marga ferrer

domingo, 14 de diciembre de 2008

La matanza


Toco el barrote de la cocina vieja que mantiene en vilo dos trapos roídos por el uso y está frío, me deja en la mano un olor metálico, el mismo que desprenden algunos bastones de época, candelabros, cazuelas y morteros que fabrican ungüentos de sabor astringente, del que se contagia el caldo que calienta el estómago en los días que preludian el invierno en su versión más cruda.

Es tiempo de matanza, la del marrano, claro, de compadreo entre casas de pueblo, donde ayudar al prójimo es algo habitual sin que haya que colocar medallas al mérito en momentos de egoísmo generalizado. Por unos días aparcan el qué dirán, ahora hay que juntar las manos y matar al cochino, vaciarlo, colgarlo para que pase la noche bajo una helada mesetaria, entripar los chorizos y los salchichones, adobar la carne con la que alimentar la despensa, probar, charlar, beber vino cosechero recién sacado de la cuba, encender la lumbre que humeé las viandas recién encordadas, colgar los jamones y las paletas, hablar del tiempo, de lo poco que Pepe va al bar, jugar la partida de tute con la recompensa de la gratuidad del café para el ganador, esconder los pies bajo la mesa camilla, arrimarlos al brasero de la leña quebradiza recién extirpada de la cocina de bronce, la que ahora ya funciona a pleno rendimiento, sobre la que hierve el agua que sanará las tripas y las patatas que enmarcarán el plato de asadurilla.

Los mofletes arden, coloreados por el calor artificial que es cortado por los cuchillos del viene y va de la puerta, del ajetreo de quince personas que no cejan en su empeño por sincronizar el dictado de la tradición. Tiemblo al pensar que llegará el momento de irse a dormir, a la cama planchada por lenguas de frío castellano, alejada del calor del corazón de la casa, sola, húmeda, tiesa. Dentro de unos meses, cuando las primeras viandas lleguen a la mesa, ya en la ciudad, saborearé el éxito de haber contribuido a mantener viva la matanza, aunque sea desde estas líneas que la abordan en la distancia, agarradas al recuerdo de haber participado alguna vez en tan singular manifestación humana.
photo from www.focarei.net

viernes, 12 de diciembre de 2008

Una decisión importante


Cien manos lo empujan a levantarse de la cama, hoy no va ni a desayunar, tiene ocupaciones serias que atender, ha quedado con su amigo en la puerta del instituto cuarto de hora antes de lo habitual y no quiere llegar tarde. Se arregla como los gatos, coge la mochila clon a la del ochenta por ciento de sus colegas y sale escopetado sin dar explicaciones a su madre, que se queda con un ¿a dónde vas? sostenido en sus labios, apagado por el golpe de la puerta blindada bajo el dintel de la discordia entre los vecinos de descansillo. La cambiaron hace unos meses porque era una invitación para los ladrones y no se dieron cuenta de que las medidas de la nueva sobrepasaban los límites marcados por las del resto, algo que contraviene las normas de la comunidad y el aspecto visual y uniforme de la escalera de la finca número veinte de la calle Sotillos.

Pero no hablamos hoy de eso, sino de las prisas por intercambiar balbuceos púberes, de inventar películas adaptadas a cualquiera de los guiones del cine de aventuras de antes y del gore de ahora. Los dos amigos están nerviosos en su reencuentro en la puerta de un instituto hoy más diamantino que nunca; se pisotean las palabras, ansiosos por acometer la misión que planificaron ayer minuciosamente. El vaho que fluye de sus bocas hace evidente desde la otra acera que la comunicación entre ambos debe de ser difícil, hablan a la vez, se empujan, no se ponen de acuerdo. Ya está, lo han decidido, lo van a hacer, salen corriendo a la par, se distingue cada vez menos el sube y baja de sus mochilas en la espalda hasta convertirse en un punto y en una ‘i’.

Sus primeras pellas.
photo by somos

jueves, 11 de diciembre de 2008

De plásticos y viandas


Plásticos guiados por agujas que dan vida a una fiesta, ingrediente fundamental de los guateques paternos, hoy asoman sus crujidos de sonido de vez en cuando, en fiestas privadas de cuatro amigos que fueron y que serán otra cosa, donde la nostalgia es la que preside la escena, o en discotecas que compiten por ver quién imita mejor a golpe de talonario a las inigualables producciones musicales del verano en Ibiza.

El otro día tuve la suerte de improvisar una cena en casa de unos colegas de profesión que, además de ayudarme a deleitar el paladar con gustosas viandas, pincharon numerosos vinilos procedentes de la estantería remember de su salón. Disfruté de lo lindo de temas sin resonancia de hojalata, con saltos de aguja incluidos, clásicos del rock de ayer y de hoy, y del goce de tener entre mis sentidos la sensación del paso del tiempo recreada con borbotones de graves, guitarreos, un poquito de vino y una pátina de conversación sincronizada que envolvió la noche de magia.
photo by somos

domingo, 7 de diciembre de 2008

Clean


Camino de cualquier obra, en el coche paterno, vigilante de las maniobras trazadas por los conductores que salpican la carretera, pendiente de la mercancía de los cientos de camiones que vamos olvidando, lavadora de sueños en la cabeza, intercambio parco de palabras, no hay móvil porque aún no existen, pero llegarán, escojo una casete de entre veinte, ninguna coincide con la carcasa que la guarda, rompo el silencio, pido permiso para introducirla en el loro y, a los ocho segundos, mis oídos ya escuchan los acordes de una canción que hoy rescato como banda sonora original.

Las nubes se despegan del cielo empujadas por la luz roja que deja el sol en su huida hacia otras latitudes, carreteras secundarias, baches eternos, huele a tomillo mezclado con monóxido de carbono, a nicotina recién extinguida en un cenicero sin vaciar, me entran ganas de echar una cabezada, ahora que estoy en la gloria, con los pies descalzos sobre la alfombrilla que pisaré hasta que la cinta dé tres vueltas, tres caras, tres veces de reconstrucción de un momento ‘clean’. Llegamos.

photo by somos

Clean se incluye en el LP de Depeche Mode, Violator (1990, Mute Records)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Un post indiscreto


Mirar a los demás con la curiosidad del antropólogo encierra riesgos. Por lo menos, el de que te acusen de convertir en categoría la percepción que de una persona tienes cuando ésta cree que sólo la conoces de sólo unos minutos y realmente llevas más tiempo analizando su comportamiento, sus gestos, sus risas, sus sentencias, sus manipulaciones, sus aseveraciones, sus devaneos, su forma de escuchar, de contar y de hablar. Se trata de ubicarse fuera de conversaciones y escucharlas, atender las voces que hablan mientras el retrovisor refleja las de otros, utilizar ganchos conversacionales para provocar la reacción esperada en el interlocutor, recurrir a placebos que delatan falsedades, esgrimir argumentos contrarios al pensamiento de uno para corroborar la ideología del que los refrenda o rechaza, provocar, al fin y al cabo, para confirmar la veracidad o la falsedad de las profecías proyectadas hacia el comportamiento de los otros.

Es el ojo crítico que todo lo destripa, la mirada desconfiada que no cree en las buenas palabras hasta que las contrasta, el sexto sentido que delata la presencia de impostores en la realidad más cotidiana, la del coto privado de caza, la de las verdades vestidas de verdad. Nadie mira donde no le toca sin perseguir convencer de aquello en lo que no cree.

Yo me aparto.
photo by marga ferrer

lunes, 1 de diciembre de 2008

Pasados de vueltas


La lista es muy larga, aunque les une una nota distintiva, la de la falta de prudencia, la tranquilidad de poder decir lo que les venga en gana por saberse tenedores de una experiencia venida a menos. Han dejado de ocupar las portadas de los medios de comunicación, aunque organizan bolos amañados, con asistentes de estómagos agradecidos y editoriales publicadoras de biografías que les doran la píldora para hacerles creer que mantienen el status que perdieron. Suelen ser políticos que gozaron de poder, lenguaraces jubilados dedicados a otros menesteres, a la profesión que nunca desempeñaron, a ser funcionarios de carrera, a conferenciar entre conferenciantes, a tertuliar entre contertulios, a fantasear entre fantasmas. Perdieron el sentido de la orientación dialéctica cuando dejaron el mando a otros, algo que se les quedó pequeño, por lo menos ahora, en la distancia, cuando observan a su homólogo actual en el cargo y fantasean sobre las vicisitudes a las que se enfrentan, lo noveles que son los que llegan y lo estúpidos que son los asesores que los rodean.

Son legión y aparentan ser menos. Llevan una vida sana, la del potentado que no descuida los quehaceres paranoicos que le ayudan a sentirse eternamente importante. Miran a los que pelean en el escenario donde bregaron hace tiempo como el niño que repite curso y se ríe de los nuevos, de las manías del profesor que ya conoce o de los suspensos por los que lloró una sola vez. Van sobrados, pasados de vueltas y sólo saben largar palabros con los que llamar la atención, como seniles de la verborrea, dinosaurios de la palabra utilizada con mal gusto, albaceas de su reputación, butrones de la actualidad, contrarios a la ideología que defendieron con vehemencia, rompedores de disciplinas mantenidas durante años, cínicos de la política, vividores del periodismo. Venga, que van los nombres: (eso os lo dejo a vosotros).
photo by marga ferrer