domingo, 30 de noviembre de 2008

La escena final


Servando cayó en la cuenta de que el recinto que lo vio nacer en el mundo del espectáculo no era tan grande como pensó aquel día de otoño. Se había hecho mayor y sus ojos ya no comían a destajo, su capacidad de sorpresa y enaltecimiento de lo contemplado se habían reducido a la mínima expresión. Para él ya estaba todo inventado, los borbotones de imaginación infantil hace tiempo que se fugaron y ni siquiera la nostalgia le ayudaba a recomponer la ilusión, todo lo contrario, se entristecía, impotente, por no ser capaz de recuperar vibraciones de inocencia.

De mayor quiso ser artista, pero no así. No le faltaba de nada, su cuenta cada día abultaba más, cenaba en los mejores restaurantes de la ciudad, viajaba con la frecuencia del trotamundos, todo estaba a su alcance. Pero lucía gris, ojeroso, triste, como florero chino en el recibidor de la vida contemplada. Ni la cercanía de la Navidad, ni el volver a ver a los suyos, ni la visita de su amigo Daniel, ni su gato Sam, ni aquel libro de aventuras que le hizo llorar hace dieciocho años, 23 semanas y un día estimularon su corazón. Ya había vivido bastante, lo suficiente como para pescar las vivencias que cualquier ser humano tendría que tocar antes de ir a la fosa.

Servando sobrevoló la estancia despacio, con el sabor neutro del torpe que no supo guardar una esquirla de emoción para el último aliento.
photo by marga ferrer

viernes, 28 de noviembre de 2008

Vinateros


A las cinco hemos quedado en la boca de metro de Vinateros, en el Madrid vespertino del otoño de hoja genérica, la misma que inspira tiras de cómic y amarillea el paisaje asfáltico de la ciudad. Moqueo mientras contemplo el devenir profético de la gente que camina por delante de un colegio público que, como vicuña, espera el recorrido del tiempo para asaltar la suerte de almas nuevas con las que presumir de experiencia en el barrio.

Nada cambia tan rápido como el parecer de los que sueñan con regresar algún día a las estampas que dibujaron años atrás, cuando la vida se entrenaba a golpe de vibraciones primigenias, las del niño curioso, travieso, gamberro o delincuente, da igual si la inocencia es la que guiaba las fechorías. Me quedo mudo si pienso en las papeleras metálicas donde al salir del metro la gente tira los billetes sencillos manidos por dedos sudorosos que miran al cielo de la timidez, o los bono metro de textura menos dura que la de los amarillos de los noventa, aquellos que se convertían en postas con las que hacer picar las piernas a las viandantes, sistema masoquista de ligoteo exprés para quienes desconocían las artes amatorias.

Vinateros viene y va con frecuencia anunciada en paneles luminosos, viene y va con la alopecia del que dejó de pisar el andén, marcha y no volverá de las épocas lejanas, del destajo comprometido en una llegada a las once, de la verborrea de listillo sin experiencia busca a alguien que se la dé, imitador de noches que cabalgarán siempre, como dijo David Barreiro no hace más de 72 horas, “por encima del tiempo”.
photo by somos

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Paulino o Fulano


Explorador de trayectos infinitos, personaje de recorrido invitado, plastilina por barnizar, propietario de un escarabajo curtido en mil batallas, hombrecito campechano que sabe disfrutar de los pequeños detalles, protagonista de un corto en duermevela, excitador de la noche anecdótica, animador de la improvisación, famoso de mirada cariñosa, paisano de su salón, estrella de conversaciones escuchadas, conductor de primera.

No sé si llama Paulino o Fulano, el nombre es lo de menos, sus padres nunca se pusieron de acuerdo. Estuvo en Navia antes que yo, municipio al que debo una visita desde el 22 de septiembre de 2007. El otro día me lo recriminó al cogerle entre mis dedos curiosos, pero no quitó la sonrisa de su reducida cara. Es un muñequito más pequeño de lo que aparentaba en la gran pantalla de las experiencias, en aquella invitación audiovisual que ciertos seres remitieron a mi buzón hace más de un año. En carne y hueso, aparcado junto a su escarabajo rojo, rodeado de saber escrito y dibujado.

Encantado Paulino, ¿o Fulano?
photo by marga ferrer

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Suplantados



Carlos salió a la calle vestido de lo que no le tocaba, de algo que jamás pensó que iba a lucir para sentirse seguro de sí mismo, de alcornoque infiel a su persona. Prefirió cabalgar el día sin ser él, optó por ofrecer la imagen que pensaba que aplaudirían los de su entorno, la del necio escondido en un rol incómodo. Lo mismo le pasó a Cristina que, después de romper con Sergio, tras una relación de once años basada en métodos tradicionales de subsistencia en pareja, emprendió una nueva aventura con el macarra del barrio, comenzó a tomar pastillas y a esnifar cocaína porque así demostraría que había superado su relación anterior y que era chachi, una tía dabuten. A Esteban no le apetecía nunca salir pero pudo más la presión ejercida por sus ‘amigos’; era el ‘rajao’, el panoli, el tonto del grupo, el que nunca bebía más de la cuenta, el que no decía nada a las chicas, el que recibía la colleja en el metro cuando abría la boca, el que salió tantas veces que un día acabó con el corazón roto en la puerta de un pub de mala muerte, sin que ninguna de las polillas de barrio que lo rodeaban hubieran hecho algo por evitarlo. Suplantaron su personalidad para adaptarse a la de una superficialidad incómoda, la del día a día, la de las pruebas de fuego en épocas de vacas flacas, la del barrio apagado, la de la bruma carcomida en la ciudad contaminada, la de los días cortos que nunca acaban, la del fracaso escolar, la de la ostentación falaz, la de los nuevos ricos sin dinero, la de la apariencia fantasma, la del qué dirán urbano. Esperad.
photo by marga ferrer

viernes, 14 de noviembre de 2008

Huellas


Cuando miro hacia atrás y rescato los recuerdos que plasmo en líneas de reflexión tardía, aprovecho para llenarme los bolsillos de la chaqueta de consejos, aplausos, collejas y demás aperos vitales que me traen a la memoria cuestiones de ayer para aplicar hoy. Lo hago con la ansiedad del egiptólogo que acaba de descubrir el tesoro oculto de un faraón y quiere recoger el botín entero antes de que se le caiga una maldición encima.

Deambulamos bajo destellos de orientación efímera, la experiencia nos marca pautas de comportamiento que ayudan a orientar el peso del rol que desempeñamos y nos ponemos a flor de piel cuando identificamos reacciones en los otros parecidas a las que despertaron en nosotros. Funcionamos por identificación de sentimientos, cuanto más cercanos, mayor la empatía que despiertan; nos creemos exclusivos por nuestra forma de pensar, de interpretar la realidad, de reflexionar hacia dentro lo que nunca expulsamos hacia afuera. Nada nuevo bajo el sol, huellas de paso borradas por el tiempo.
photo by somos

sábado, 8 de noviembre de 2008

Por cinco minutos


Le gustaba llegar a sus citas con cinco minutos de antelación, así podía ir al baño a orinar si la persona a la que esperaba era importante, algo que le ponía los nervios a flor de piel y la vejiga en estado de eclosión inminente. Esta era una de esas veces; había logrado quedar con ella, con el hada que había entronizado sus sueños infantiles, sus vacilaciones húmedas entre sábanas de púber, la reina del mambo, musa de escenas fingidas, de escritos perdidos en carpetas de desorden, de pensamientos ocultos en diálogos para sordos, en miradas vidriosas de trayecto incierto.

No sabía si el sitio era el adecuado, una cervecería de solera en el centro de Madrid, alimentada por voces eufóricas que reclamaban cientos de cañas un sábado por la tarde cualquiera del otoño capitalino. Encontró cobijo en una mesa parapetada al fondo del local, entre barriles disecados, serrín, cabezas de quisquillas, servilletas moqueadas y chapas de bitter. Un frío carnívoro, alimentado por la temperatura estéril del mármol sobre el que vacilaban sus manos, le impedía reconciliar la razón con sus gestos. Era la hora, se levantó apresuradamente, avanzaba entre risas y codazos de recesión dosmilochesca; ido, sonámbulo, estúpido. Cinco minutos son muy largos.

Cuando el hada llegó, en la mesa sólo quedaba el halo de cobardía de un soñador a la fuga.
photo by somos

martes, 4 de noviembre de 2008

El benjamín


En el salón, los mayores hablaban de sus cosas, bajo la humareda de una sobremesa de domingo. Pastas, café, bebidas espirituosas, puros de la boda de la prima Ester, azúcar en el mantel mezclada con migas convertidas en pelotas negruzcas, pisotones conversacionales, el ronquido del abuelo de fondo –siempre se quedaba dormido en el sofá, frente a la tele, a un metro y medio escaso de la mesa presidencial- y el teléfono fijo que reclamaba cada cierto tiempo la atención de los miembros familiares, cuya avidez parlamentaria no abandonaban hasta que tenían bien caliente el auricular y su interlocutor se preguntaba: “¿hablas conmigo?”.

La confusión, la algarabía y la felicidad, consecuencia de la fermentación acelerada de la cerveza del aperitivo, el caldo de la comida y los licores del postre, propiciaban el escenario perfecto para cometer fechorías infantiles. No había vigilantes, era fácil escuchar la conversación telefónica desde la habitación contigua o estropearla con ruidos de película de serie b; tocar las cosas que en circunstancias normales estaba prohibido tocar; andar descalzo sin que nadie se diera cuenta; poner la música más alta de lo políticamente correcto; jugar con la pelota de tenis en el pasillo; comer chocolate sin reparar en las manchas de la ropa; revisar las cartas de amor adolescente de los hermanos mayores; utilizar la información recabada para chantajear al implicado y obtener pingües beneficios; pegar al fuerte y correr hasta las faldas de mamá para acusar al golpeado de lo contrario; hurgar, malmeter, rasgar, espiar, trastear.

Cuando la sobremesa tocaba a su fin, la normalidad regresaba al hogar. Como cosa de brujas, la cara de bueno retornaba a un rostro poco acostumbrado a desfigurarse, el del pequeño de la casa.
photo by somos

lunes, 3 de noviembre de 2008

La corona de Isidoro


¿Se imaginan a Isidoro Álvarez opinando en declaraciones públicas sobre los matrimonios homosexuales o el aborto?, ¿qué harían los medios de comunicación?, ¿maquillarían las declaraciones hasta convertirlas en políticamente correctas?, ¿las obviarían al colocarlas en un breve?, ¿y los partidos políticos?, ¿se rasgarían las vestiduras si las apreciaciones del presidente de El Corte Inglés fueran contrarias a su ideario?, ¿hasta dónde llega la libertad de los que nunca hablan y qué papel deben jugar los medios de comunicación ante palabras inesperadas como las vertidas recientemente por la reina de España?

A nadie se le escapa que El Corte Inglés es el maná publicitario de los medios de comunicación españoles y, salvo los de aquellos que se sienten afrentados por el emporio de Isidoro Álvarez, el público nunca accede a contenidos contrarios a la empresa. El dinero manda y, como tal, silencia las conciencias objetivas de informadores cuyo sueldo depende de los ingresos publicitarios que percibe la cabecera para la que trabajan. Si no que se lo digan a los miles de periodistas amenazados durante estas fechas de crisis y de recesión por expedientes de regulación de empleo que les colocan en el punto de mira del futuro despido consecuencia del descenso de ingresos por ese concepto.

Rondan ecos de las palabras de la reina en la versión de su vida publicada por Pilar Urbano; rodeadas de tibias apariciones políticas y de numerosos conatos de rebelión a bordo de los movimientos defensores de las libertades individuales de cada persona a la hora de elegir con quién se casa, por qué y cuándo. Me pregunto qué habría ocurrido si las palabras de la reina las hubiera pronunciado Rajoy, Aznar, Felipe González o cualquier otro personaje público de la política. A buen seguro, el debate sobre la crisis habría quedado postergado hasta más ver, el ruido, el desgaste y el provecho electoral que obtendría el adversario político estaría muy por encima del sembrado con la generación de alarma social por el particular financiero.

La corona, como El Corte Inglés, son los intocables, al menos hasta que uno de los dos frentes ha decidido tocar aspectos sensibles que afectan a una sociedad carcomida por la crisis. Hemos comprobado que no todo se silencia, que la profesión periodística todavía encuentra un halo de libertad a las presiones de los grandes. Descorazona, por el contrario, la tibieza política mostrada hacia las palabras de la reina, una reacción antónima de la demagogia que gastan habitualmente los responsables de los partidos en titulares construidos para ganar votos. Cuidado, que llega una orden de El Corte Inglés para insertar una contraportada a todo color. ¿Qué habrá pasado esta vez?, ¿un incendio?, ¿un robo a mano armada?, ¿la reina habrá comprado una escoba? No lo sabremos.
photo by marga ferrer

sábado, 1 de noviembre de 2008

Ultratumba


Silencio. Los muertos no hablan, callan, dejan de usar la palabra, la misma que malgastaron en vida, la que ocasionó meteduras de pata, correcciones ejemplares, disgustos a discreción, insultos viles, transmisión de conocimiento, opiniones vacuas, intervenciones estelares, argumentos empolvados de sapiencia, coloquios estereotipados, frases hechas y otras fórmulas de qué dirán utilizadas a tiempo.

No he saludado pero ya me han respondido ‘bien y tú’, no he preguntado qué tal y ya me han contestado ‘pues aquí estamos’, no he hablado y me han recriminado el silencio. Nos damos codazos en vida por tener la razón, escuchamos poco, hablamos demasiado y reproducimos percepciones que asumimos como propias en señal de argumentación original arrojada en bloque sobre nuestros interlocutores. Quien no habla, no existe, calla, silencia. Quien está muerto ha dejado de existir porque ha dejado de hablar, de defender su presencia con el verbo o con la comunicación transformada en lenguaje de signos, según el caso.

Silencio. Es el fin de semana de los santos, de los difuntos, dos días oficiales para escuchar las voces de ultratumba, las de los que no están, las mismas que dejaron de hablar hace tiempo, unas más, otras menos. Si por algo se identifica la muerte, esa dimensión tan desconocida en vida para los mortales, es por la ausencia de expresión, la comunicación cero, el frío, la eterna espera por el resurgir de las palabras apagadas.
photo by somos