viernes, 31 de octubre de 2008

Lenguas de frío


Conduzco con la mirada perdida, no lo suficiente como para comerme el coche que llevo delante, pero sí para leer entre nubes la morfología del frío. El cielo eriza los algodones, los afila, los rellena de humedad y los convierte en cuchillos difuminados en las alturas, sobre el añil de la distancia recorrida por el buen tiempo hacia cotas de placer sahariano, lejos, muy lejos, a un equinoccio de distancia, cinco mil conversaciones, cien ratos de insomnio, trescientos cincuenta y dos coitos interrumpidos y ocho mil frenazos, ruedas lamedoras de asfalto que, como las mías, rebuznan impulsadas por reflejos salvadores de circunstancias comprometidas.

Aparco, tiemblo, por el susto del accidente abortado, claro, y levanto el dedo índice hacia el lugar donde dejé anclado mi pensamiento. Ahora tengo que trabajar, lo dejo en ese punto para retornar después a la fantasía helada de las mañanas de nubes afiladas, de lenguas burlonas, de estalactitas naturalmente optimistas.
photo by marga ferrer

miércoles, 29 de octubre de 2008

Fósiles



El tiempo resbala entre días, semanas y meses; se acumula mientras cambiamos de rostro y nos desfiguramos; evolucionamos y pensamos que todo pasa volando. Lo nuevo es viejo y después retro hasta convertirse en reliquia de coleccionista maniático de la acumulación reconocida de tiempo. Cuando queremos darnos cuenta, lo que aprehendimos como novedoso deja de serlo, es un trasto inútil que ha sido sustituido por otro más pequeño, menos ruidoso, infinito, con olor a electrónica japonesa, a salón de interiorista, a peonza digital, a cubierta de cromo Panini recién despegado.

Cómo pasa el tiempo. Sin darnos cuenta, dejamos la niñez, aparcamos los granos de la adolescencia, la rebeldía de la juventud y nos planteamos alcanzar metas de adultos. No miramos hacia atrás porque todo ha ocurrido a la velocidad de la luz, sin la intensidad de la cámara lenta, con gotas de lluvia disecadas en fósiles de existencia repetida. Los tics de los perdedores, la euforia de los ganadores, la neutralidad de la masa y el desquicie de los más desafortunados en la tómbola de la alegría.

Obvio, como la lógica; falaz, como la satisfacción del momento dado; tentador, como la vida de los que hablan sin darse cuenta de que todo lo que dicen ya ha sido recreado antes. Originales, hasta que el quicio del último paso engulla la goma pegada a nuestros calcetines y se escuche ‘plof’.
photo by somos

domingo, 26 de octubre de 2008

Anginas


Alfiler chino en la cueva de la lujuria, saliva blanca resbala en el vacío, bichos enanos trabajan en la fábrica del malestar, sincronizados para que nadie se dé cuenta de su daño hasta sufrir el primer puyazo. Es tarde, la fiebre devora la risa y el sudor manifiesta erradicación tardía. La peste del virus se ha colado a quemarropa, toca desempolvar viejos remedios de la abuela y nuevos medicamentos contra la muerte. Miel con leche caliente, zumo de limón con azúcar, gárgaras con vinagre puro de vino; de comer, ni hablar, no se puede tragar con una pelota de golf en la garganta. Pastilla por aquí, sobrecito por allá.

Creo que hablo con seres, pero en realidad tirito de fiebre. Sueño despierto, lloriqueo sin sangre mientras reproduzco voces guardadas en la coraza abierta del cerebro. Me piden cosas, hablan de mí, me sugieren remedios, no me dejan descansar, deliro, deliro, deliro. Caigo en razón entre un charco de sufrimiento, recreo las palabras de la fiebre, que no me abandona, se queda conmigo hasta que el sol abre paso entre las rendijas del sarcófago, luz revitalizadora que llega tras 72 horas de navegación brusca por los rincones más pegajosos del lado gris.
photo by somos

miércoles, 22 de octubre de 2008

Indolencia


El picudo rojo es un bichito que hace polvo las palmeras, las deja sin vida en pocos días. No se conforma con acabar con un ejemplar, despliega un comando exterminador compuesto por amigos, primos, hermanos y algún sobrino obeso, cuestión de genes. Son parásitos indolentes de un bien tan preciado en algunas zonas de España como Elche, Alicante o Valencia. Practican su actividad sin tapujos, desconocedores del mal que propinan a las generaciones cuidadoras de palmerales centenarios, insectos sin razón, gorgojos asquerosos que irrumpen en la calma humana, preestablecida y pensada para no sufrir sobresaltos más allá de los rumores que deslizan entre ellos, las reglas dictadas que quebrantan o el soniquete de las rejas, celdas donde terminan los desviados, los picudos sociales.

Alguien levanta el palillo verde sin tocar el amarillo ni el rojo, en silencio, sin que nadie se entere, a sus anchas, revestido de persona corriente, el normalito de su finca de vecinos, el tímido en las noches de estudias o trabajas, el discreto en clase, el formal y educado en su puesto de trabajo, mileurista o dosmileurista, como mucho, sin caché, solo o acompañado, el forofo de nadie, el modoso, escasas veces modesto y nunca prepotente ni despiadado. El mismo que afila el cuchillo de la indolencia cuando se le presenta la ocasión, el que coloca un pañuelo en la boca histérica del que es herido de muerte de un navajazo por la espalda. Indolencia, picudo rojo de la sociedad; indolencia, sentimiento cero.

martes, 21 de octubre de 2008

Igual, mejor, peor


Conocer en persona al ídolo de la infancia y desinflar el pálpito emocional guardado celosamente durante años al primer intercambio de palabras. No hace muchos días escuché en la radio a un oyente que narraba la decepción que sintió al toparse en vivo y en directo e intercambiar unas palabras con el cantante que tantas vibraciones había despertado en él desde su tierna adolescencia y por el que tanto dinero había gastado, hasta convertir la estantería de su habitación en un altar de devoción. Su dios no vocalizaba, divagaba en exceso, no escuchaba y sudaba tinta. Desmitificó de un plumazo el endiosamiento proferido hacia el desconocido cuando se dio cuenta de que era una persona, con todas las imperfecciones que eso conlleva.

En una escena de ‘El color del dinero’, el recientemente fallecido Paul Newman se calibraba la vista sometido a un especialista que le preguntaba con tono académico si veía igual, mejor o peor. Nadie puede saber si el encuentro con su ídolo significará una percepción igual, mejor o peor de la esperada, depende del grado de ceguera o del catalejo por el que el interesado haya estado mirando al afamado. Para algunos será una gozada comprobar que el personaje de sus pósters es de carne y hueso, que llora sin actuar, que ríe sin leer un guión o que enmudece ante la barbarie. A otros les dará igual, bien porque no entienden de estrellas ni saben leer las constelaciones, bien porque tienen los pies en el suelo como para saber distinguir entre un millonario y un hipotecado.

Igual, mejor, peor… da igual, es mejor no pensarlo; desnaturalizar a los famosos, visibles e indubitables, puede tener consecuencias peores para la salud. Lo mismo que sumergir en veinte segundos de fama a alguien instalado en el más estricto de los anonimatos. Refresquen sus gustos, sáquenlos del cajón de los recuerdos y prepárense, nunca se sabe con quién se pueden encontrar en la puerta del servicio.
photo by marga ferrer

sábado, 18 de octubre de 2008

Las motos y TVE


Desde hace unas temporadas, coincidiendo con el ascenso de popularidad del automovilismo gracias a Fernando Alonso, y a imitación de las retransmisiones deportivas ricas en previas impulsadas por las televisiones privadas, TVE ha situado el motociclismo en primera línea de sus informativos. Ya se dijo aquí hace un tiempo algo referente a la manipulación de gustos que la televisión de todos proyecta con el pretexto de informar. Cuando toca gran premio, desde el jueves despliega un dispositivo de conexiones en directo revestidas de importancia para dar cuenta de que las motos han llegado a su destino, de que fulanito ha afirmado que el otro es un tramposo, de banalidades varias que merman minutos de información a unos telediarios carentes, por el contrario, de las noticias de aquellos deportistas que de verdad ofrecen titulares de actualidad, con la salvedad de que los derechos de las competiciones en las que se desenvuelven los ostentan otras cadenas.

No tengo nada en contra del campeonato del mundo de motociclismo, pero tampoco hay que concederle la dimensión que el ente público le confiere por el simple hecho de haber pagado un dineral por los derechos. El telediario más visto de la parrilla informativa, el de la televisión pública, debería ser más sensible con los valores que se le presuponen a un servicio público, entre los que se encuentran la pluralidad, la veracidad y la ausencia de manipulación. Desconozco cuánto costará al erario público el nutrido equipo desplazado a cada gran premio, pero lo que me preocupa es comprobar cómo se dirige desde el ente los gustos de unos telespectadores que se sitúan fielmente cada día delante de su televisor para conocer qué ha pasado en el mundo.

El tenis es prioridad para TVE sólo cuando ostenta los derechos, el fútbol de la selección española ocupa más minutos si la retransmisión del partido de turno la ofrece TVE y no otra, Fernando Alonso es un testigo accidental de los contenidos de la información deportiva porque Telecinco ha pagado por los grandes premios de automovilismo… No deja de ser noticia algo por lo que no has pagado, TVE no tendría que tender esa trampa manipuladora a su audiencia, ¿no es más importante la victoria de Fernando Alonso en un gran premio que un segundo puesto de otro español en unos entrenamientos de motociclismo?, ¿por qué TVE dedica dos minutos a lo segundo y un breve al final del bloque de deportes a lo primero?

Dejaremos para otro día la utilización que TVE hace de los partidos de la selección española de fútbol para promocionar series de nuevo cuño o estrenos de películas desfasadas y mantener enganchada a la audiencia, a la que no dejan ni siquiera escuchar el pitido final del árbitro. Terrible.

lunes, 13 de octubre de 2008

Así somos



Llueve y los que llevan paraguas se pegan a la pared, como si estuvieran agujereados y no les cubrieran lo suficiente de la lluvia. Me planto y no me muevo, que adelanten por su izquierda. Aprovecho a duras penas los diez centímetros de marquesina ennegrecida por la humedad y roída hasta dejar caer gotas del tamaño de una ciruela. No terminaré de entender nunca el egoísmo que nos guía cuando nadie nos ve, ni nos oye, cuando utilizamos el anonimato de nuestra calidad de individuos para ser animales recubiertos de usos sociales.

En el supermercado queda una bolsa de ensalada preparada, calculo que mi mano llegará cinco segundos antes que la de una señora que atraviesa en perpendicular la sala de las frutas a una velocidad imprudente para su prótesis y con ojos de avidez consumista. Quiere la misma bolsa, seguro, me digo. La tomo con delicadeza y se la ofrezco antes de que tropiece con la cesta de plástico de última generación, de las que se pueden trasladar rodando. No da crédito, me mira como a un loco, me da tibiamente las gracias y la tira a la saca para seguir al acecho, a ver si encuentra una ganga en la pescadería.

Entro en la panadería, pido la vez. Me la da un señor de pelo cano, con chándal, mirada desconfiada, como de jugador de póquer comarcal, barba de dos días y palillo en una boca estrujada por la ausencia de dientes. Me toca pedir, pero no me da tiempo ni a decir buenos días, alguien se ha colado. No digo nada, espero y vuelvo a casa con la decepción de siempre. Somos unos ‘gumias’.
photo by marga ferrer

viernes, 10 de octubre de 2008

Crisis, globalidades y bancos


Enciendo la radio a cualquier hora del día, incluso en las lentas madrugadas, y escucho ‘crisis’ en trece de cada doce de las palabras que fluyen del transistor. Invitados, expertos, periodistas y otros opinadores de guardar se dan codazos entre si por ver quién es el que finalmente eleva más el tono, anclados en la seudorrealidad que se han autoimpuesto al seguir al pie de la letra los titulares escupidos por marionetas que construyen pesimismo, optimismo, euforia o decepción, como golpes en los hilos que las guían, desde regueros de verborrea volcada sobre la normalidad alertada de la sociedad.

La banca española goza de buena salud, no vendemos coches, ni casas, ni caprichos, no hay dinero, no hay liquidez… Como los bancos ya no nos dejan endeudarnos y como las administraciones se endeudan por todos, qué mejor forma de extender el mal de todos consuelo de tontos a través de una inyección financiera de 50.000 millones de euros (¿alguien sabe cuánto dinero es eso?) a los que han demostrado ser los árbitros de todo, los bancos. Me gustaría leer la letra pequeña de la medida, quiero conocer si va a tener consecuencias prácticas, beneficios directos para el ciudadano más allá del titular de molde en portadas de izquierdas, de derechas y de centro.

Me preocupa que vuelvan a ser los bancos los encargados de administrar la dote en virtud de radiografías caprichosas de la intimidad, que sean ellos los que decidan a su antojo a quién dar y a quién quitar, me inquieta que de nuevo, como con el Plan Avanza, se les dé la potestad de decidir qué empresas pueden recibir dinero y cuáles no, me hace pensar mal que la inyección de liquidez la paguemos todos, me hace dudar sobre el destino de otros miles de millones de euros anunciados hace más de un mes para paliar la sed de liquidez de las empresas de nueva creación, dudo de las globalidades adaptadas a las realidades locales, no sé si España sabrá, sí sé que las personas sabremos decir: “hemos ganado a la crisis”.
photo by somos

miércoles, 8 de octubre de 2008

A Chechu



Confidente, testigo, confesor, benefactor, receptor, asesor, consejero, amigo, cómplice, compañero, consultor, conciliador, generoso, hermano con mayúsculas. En los últimos días he recibido muestras de reproche bajo la forma de comentarios encubiertos en los que, a modo de convocatoria sindicalista, se llamaba a las armas a los ojos que ahora leen estas letras para apoyar las quejas de un hermano indignado por el trato tibio recibido al ser mentado entre estos post, enlaces y fotos.

Desde aquí aumento el volumen de las demandas y las asumo como propias, para que los comentarios que de este escrito se deriven sirvan para reconducir la confianza perdida. Por ello, erijo en post el abrazo que arrojo a mi queridísimo hermano, don José Luis Delgado Barrientos, Chechu, algo que no he sido capaz de hacer por nadie salvo por él, la siempre presente excepción, el halo de momentos vividos, fuente de inspiración de los pellizcos de experiencia que suelo proyectar en este foro. A tu salud.

domingo, 5 de octubre de 2008

Sin recreo


La sirena ha sonado hace dos minutos, 28 segundos y catorce milésimas, pero la profesora continúa su sermón. Me desespera, robar tiempo libre a un niño es como prohibirle ser directo. Lógicamente, no he prestado atención a ninguna de sus enseñanzas, a ver si piensa que el orgullo infantil es menos testarudo que el de un adulto, cuando tengo razón no me da la gana escuchar a quien me la roba con malas artes. Lo mejor es que hemos conseguido estar calladitos, algo que ha ayudado a que la multa final de tiempo ascienda sólo a cinco minutos, 1 segundo y cero milésimas.

Salgo con centellas, relámpagos, calaveras y cerdos ibañescos dibujados sobre mi cabeza; a esta edad somos lo que leemos: un cómic, más allá de lecturas obligatorias de libros para adultos que aprendes a obviar y a odiar el resto de tus días. A nadie le gusta hacer algo por obligación, y menos si te lo imponen a costa de tiempo de recreo. Del ‘Quijote’ me quedo con los dibujos del UHF, los cromos de Danone y los gigantes. No nos dejan beber nada más que agua o tang, por lo que, por muy revitalizador que sea, no conocemos las bondades del bálsamo de fierabrás.

En el patio jugamos al fútbol con un balón de gomaespuma que deja cercos de barro en las cristaleras de las aulas de párvulos, también jugamos a churro, media manga o manga entera, a las canicas, a las chapas, a cambiar cromos, a la comba, a mirar a las niñas, a hacernos los mayores, a comer el sándwich de mamá, a pedir a nuestro amigo un trozo de bocata, a matar hormigas, al escondite inglés, al ‘mi padre tiene diez coches’, al balón prisionero, al teléfono estropeado, a inventores de robots, a contadores de chistes sin rombos, a soñadores sin tapujos, a meones a escondidas, a construir leyendas urbanas, a de mayor quiero ser.

La sirena rompe la escena. De vuelta a clase, me angustio porque ayer no hice los deberes de matemáticas. Ya verás como justo hoy el profe me pregunta a mí. Hecho, mañana sin recreo. Siempre fui un cenizo.
photo by marga ferrer

viernes, 3 de octubre de 2008

De noche


A la hora gata, el suelo rezuma trasiego de coches, alquitrán restregado sobre dientes de granito diamantino. De lejos llegan voces gangosas enmarcadas en vidrios de colores insonorizados. Me tapo los oídos y escucho mi caminar como onomatopeya de un cascanueces, saco de huesos en baile al son del martilleo de unos pies cada vez menos acostumbrados a pisar los reductos de la noche. Giro la esquina mientras pienso en mis cosas, las que no cuento a nadie, secretos de insomnio urbano, inquietudes jamás pintadas, hoy escritas.

Una nueva calle, nuevas oportunidades para la experiencia. Sin querer, empujo a un yonqui que discute con una meretriz, o al revés, da igual, la vida se pudre por una papela. Cuando consigo zafarme de la riña elevada a grito de espanto vecinal me doy cuenta de que deambulo confundido, arrastrado por la inercia de los que anduvieron a esas horas días atrás, semanas, años. Entre escombros, colillas, cagadas de perro, marcajes de gato, condones y esquirlas de vidrio siento el pavor de miradas atentas que no se desvelan, celosías de placer voyeur sobre mi nuca, bombillas hitchcockianas apagadas a tiempo y risas desvanecidas al fondo, en la calle de la alegría, del tengo de todo pero ahora vengo y no vuelvo. En la ciudad, las agujas del reloj de la noche siempre giran en un sentido oblicuo, hacia donde caemos y nos torcernos para siempre.
photo by marga ferrer

miércoles, 1 de octubre de 2008

Del tamaño de una galleta


“Quien no hace no se equivoca”. Esta frase, completada con el dibujo de una sonrisa tamaño galleta, la encontré ayer por sorpresa en un lugar al que miro tres o cuatro veces al día. Es una sentencia simple a primera vista pero a mí no me gusta quedarme con la primera impresión de las cosas, prefiero darles la vuelta y leer la etiqueta, o si no están ataviadas con su correspondiente marbete, tratar de analizar su mensaje ulterior, la verdad que encierran, el consejo que implican, la voz silenciada que emerge de la conjunción de conceptos obvios.

Hoy me he despertado optimista, convencido de quien emprende acciones puede equivocarse, acertar o, sencillamente, disfrutar de la sensación que produce sentirse realizado. Me quedo con el crujido de la frase y con el eco que ha dejado en la fibra que orientará los aciertos y los errores de mis decisiones. Gracias a su autor/autora.
photo by somos