domingo, 29 de junio de 2008

The Viking


Daba clases de literatura española en un pueblo de Noruega. Nadie valoraba su trabajo; ni su familia, ni sus alumnos, ni su perro. Vivía solo desde que se divorció tres años atrás cuando descubrió que el armario del dormitorio de matrimonio no tenía doble fondo y sí un intruso con bragas de mujer taponando su boca. No creía en Dios, ni en la mitología nórdica, ni en Flo, ni en la capacidad rejuvenecedora de los fiordos, ni en su creatividad de serie. Leía y leía volúmenes de los clásicos de las letras, se encerraba en sí mismo cada noche hasta quedarse dormido frente al ordenador en chats de la risa. Estaba solo en un entorno rutinario, frío, viciado, contaminado por los prejuicios, en una población de escasamente 3.000 habitantes al norte del país.

En una de esas madrugadas de flexo caliente encontró en un website la oportunidad de su vida. Relatos anónimos sin protección a precio de saldo. Comenzó a negociar su identidad de literato frustrado bajo un seudónimo eficaz, comercial, marketiniano: The Viking. Quién le iba a decir que se forraría con un nombre artístico de reminiscencias mitológicas, vertiente del saber dirigida a los supersticiosos que tan mal le caían. Los primeros clientes fueron sus alumnos, obligados a comprar la prolífica producción literaria de su espeso profesor; después corrió la voz y se vendieron en los colegios de las comarcas aledañas hasta llegar a los centros más prestigiosos de Oslo. Triunfó y firmó un contrato de exclusividad con una editorial el mismo día en que el website del que se abastecía desapareció de la red. La producción acumulada le llegaría para dos volúmenes de relatos y poco más, unos meses en el efímero y voraz mercado editorial. Se había comprometido por dos años y la angustia comenzó a convertir a The Viking en una persona aún más introvertida si cabe.

Rompió miles de folios, decenas de tazas, teclados, quejas. Estrujó su cerebro sin consecuencias, golpeó su testuz contra la pared barroca de su casa, escupió gargajos de ira, satanizó a los vampiros editoriales, renegó de su valentía inicial, salpicó su existencia de insultos y se quedó sin capacidad de reacción. The Viking fue detenido y trasladado a un centro de tratamiento para enfermos mentales. Su historia dejó de ser la de una persona normal que quiso ser extraordinaria y no lo consiguió por hacer fotocopias de la vida de otros.
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sábado, 28 de junio de 2008

Desarraigo


Regresar al lugar de origen después de 7 años fuera, desde otro país donde has estado rodeado de gentes muy distintas, arropado por el manto de un trabajo estable, enamorado de la vida ajena y de aquella mirada cómplice full time, anestesiado por tardes repletas de susurros al oído y desorientado por el pálpito enamoradizo de la complicidad sintonizada, debe resultar bastante difícil. Lo mismo debió pensar Emilio cuando aterrizó en la puerta de su infancia, sin pelo, con ojeras, una caries y dos maletas por las que tuvo que pagar 30 euros extras de sobrepeso en el aeropuerto de London Stansted. Allí estaba, en la letra D del tercer piso de la calle Managua, en el centro de la ciudad, sin hábitos de los que lucir, sin rutinas a las que aferrarse para tragar saliva, dispuesto a pulsar el mismo timbre de sus broncas adolescentes, onomatopeya de quejas sabatinas en el tedio de la madrugada otoñal de sus primeras salidas como adulto sin emancipar.

El ascensor de la finca era el habitáculo tosco del que se despidió para siempre; los vecinos de al lado seguían cocinando cerdo con manteca a las ocho, la del sexto repetía sus escarceos amorosos a escondidas de su marido, las ratas devoraban por las noches el rodapié del descansillo y los buzones se abrían y cerraban al antojo de los carteros comerciales que asaltaban el portal a deshora. No quería llamar pero su dedo apretó el pulsador. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. Nadie abrió, no tenía llave y decidió sentarse en el suelo, al ras de cinco colillas apagadas a destiempo, una cucaracha moribunda, un envoltorio de Trident y una moneda de un céntimo. Durmió, dormitó, musitó, lloró de aburrimiento y espabiló de golpe y porrazo al escuchar el gemido de dolor de una persona recién asesinada. Sin tiempo para asimilar la sucesión de aspectos sobrevenidos entre el tiempo real y el soñado el sonido de un cerrojo abierto de forma apresurada le retornó a la realidad.

Había sido testigo ciego del asesinato de su familia. Él también murió, trinchado por el cuchillo ensangrentado del anónimo que se llevó tres vidas sin atender a cotidianidades, familiaridades y vecindades.
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viernes, 27 de junio de 2008

Villa, Quini, Coco y Triki


Casi nadie piensa en la derrota, pero aún España no ha marcado, tampoco los rusos. 1964, 1984 y 24 años más. A la selección le gusta el cuatro, quizá por eso se le habían atragantado los cuartos durante tanto tiempo. Rusia no podía, o no sabía cómo hacer frente al poderío basculante de las líneas españolas, concebidas para tocar y tocar sin ánimo de abrir su rigor defensivo a las huestes del este, sin fallos, al son del ritmo de un centro del campo magnífico enriquecido más aún si cabe desde la ausencia del 7.

Villa y Torres saben de la debilidad defensiva de los rusos. Sus ataques son más directos y osados que en otros partidos, no esperan a que les llegue el resultado de la elaboración minuciosa del juego de toque de sus compañeros. Mediada la primera parte lo han intentado los dos por partida doble hasta que el asturiano se lesiona. No se lo puede creer, quería dedicarle un gol a Quini y sabe que, aunque España gane el partido a Rusia, n siquiera podrá disputar la final. El cuadriceps se interpone en su deseo. Llora de tristeza, luego de alegría. Sus compañeros han sacado la escuadra y el cartabón para doblegar a los rusos como pocos recordaban en el concierto futbolístico europeo.

Lejos de allí, a 2.169 kilómetros de distancia, dos seres llegados desde Asturias se emborrachan. Sobre su pelaje azul, Triki y Coco lucen la indumentaria de otro asturiano de moda, el recién ascendido Sporting de Gijón. Rinden homenaje a Villa mientras éste atiende a un paisano revestido de periodista. No pasa nada, una buena fiesta, euforia desmedida, alcohol sin remilgos, huesos de aceituna dentro de olivas vírgenes, Shapire, 3-0, y olé. España está en la final de la Eurocopa 2008. Villa también, aunque no juegue, ya lo ha hecho y muy bien. Hip.
photo by somos

jueves, 26 de junio de 2008

Verano


Las estaciones se suceden en un tiempo acomplejado por la acción del ser humano, ajenas a la desdicha que les espera en un devenir clorofórmico, ozonado, enmarcado en uranio, plutonio y folios amazónicos. Mientras la degradación toma posiciones para castigar a sus detractores, asistimos a la llegada de un nuevo verano. Ha desembarcado puntual a la cita, a pesar de parecer lo contrario hace unos días. Desde el pasado sábado podemos ir pensando en analizar la calidad de los anuncios televisivos, la exigua cartelera cinematográfica, la salinidad del agua, la morfología de las playas, las urticarias en la piel, el alquitrán en el pie, el accidente a deshora, el pasodoble de furgoneta musical, el escenario de carros condenados al grano el resto del año, el beso mofletudo, el morreo infiel, el tacto del amor exprés, el satén lunático, la redifusión de grandes clásicos del tedio, la canícula en la ciudad, el cerrado por vacaciones, el sube el aire que yo lo bajo, la vida de otros, los otros en el pueblo, la montaña o la cala, la mayonesa caliente, amarilla, salmonelosis.

Con los ojos vidriosos del cloro del agua de grifo, no, de la piscina, se ven las cosas más calmas, opacas, desveladas por la explosión de la luz roja del cuarto oscuro. Pequeñeces brillantes, diamantinas como el reflejo del señor Lorenzo en el techo encalado de las casas mediterráneas, calma latente estresada por el silencio de las horas ociosas, móviles de promoción para charlas en agosto el mismo tiempo efectivo que el resto de meses del año, cerveza con copete de sabor a frescura de cereal enriquecido, maletas paipai que regresan de donde nunca se fueron, terrazas con morfología de cigarras acaloradas, espuma de mar, reservas de hueco en charcas manidas por pies, culos, aceites, cremas, orín y barro. Fortalezas de la humanidad, riesgos de ser persona y tener vacaciones. Verano, bienvenido.
photo by marga ferrer

miércoles, 25 de junio de 2008

Una de molinos


Gigantes quijotescos parecen, blanden sus brazos en el horizonte y luchan por conservar su estirpe en un tiempo en el que generar energía es más ‘in’ que fabricar el sustento. Giran despacio, empujados por una brisa vespertina del verano que ha llegado. Disimulan su acidez con algún hola alegre a los pasajeros de un tren mesetario que discurre entre gramíneas, paja, postes de luz amanerados y tractores Ebro de los 70, sin reconversión industrial, con ojos latifúndicos y labor crepuscular.

Ya no quedan caballeros andantes, ni aventureros descubridores de historias minúsculas, ni intrépidos vividores de mesa puesta en posadas centenarias, ni surcadores de caminos sin asfalto, curiosos de comprobar dónde desembocan sus destinos improvisados. Autovías, guadañas de caminantes; aerogeneradores, intrusos de La Mancha. Rutas de concentración de interés labriego y de escasa atención turística; espigas de sol radian el compás de espera hacia el camposanto de otra vida pasada en el que almas creadoras posaban su inquietud en la planicie. Los molinos lo saben, por eso se han vuelto ácidos, oscuros y discretos.

lunes, 23 de junio de 2008

Casillas 2, Buffon 1


El 22 de junio comenzó vestido de rojo, blanco y verde. El discurso de clausura del 16 Congreso del PP estuvo escorado hacia el berlusconismo, requisito de la vieja guardia popular para solventar el cónclave sin más sobresaltos internos; los Ferrari de Massa y de Raikonnen se impusieron en Magny Cours sin problemas, Trulli fue tercero y Alonso quedó muy por detrás, octavo; la Ducati de Stoner ganaba en Donington Park y Valentino Rossi entraba en la meta por delante de Pedrosa; Telepizza y otras franquicias de guardar servían viandas transalpinas a destajo en unos hogares cuyos inquilinos, conforme se acercaba la hora del match, palpitaban a ritmo de frenesí futbolero, guardaban la emoción en silencios sostenidos y bebían para agilizar la espera.

Colorido italiano en el domingo que tenía que significar el hito del cambio de planes, de España pasa de cuartos, de Italia derrotada en su propia racanería, del esta vez sí. No apuntaban buenos presagios los acontecimientos, pero había un halo de esperanza escondido en lo más recóndito de cada aficionado. La televisión privada, ayer de todos, reproducía insistentemente soflamas basadas en un ‘podemos’ convertido en bandera e himno nacional, el poder de la tele, ya se sabe. Del podemos al sabemos va un paso, y de la espera al inicio del partido, también. Comenzó bajo el guión previsto, con Italia agazapada en su campo, contemplando el tikitaka de la selección española y esperando a recoger un balón que colocar en la cabeza de Luca Toni. España no desesperó, aunque su juego no lucía como en las tres citas anteriores. Sabían que era posible pero las oportunidades y el tiempo se desvanecieron como un azucarillo. Mediada la segunda mitad, Italia fue más Italia, jugó a su estilo, recuperó la posesión del balón y comenzó a inquietar de forma tímida a Casillas. No fue suficiente, la suerte de otras plazas no recayó de nuevo en los azurri y la prórroga dio un respiro a todos.

Ambos equipos sabían que si arriesgaban podían regalar el pase a su adversario, por lo que, de forma latente, acordaron navegar sin sobresaltos por cada 15 minutos de los dos tiempos añadidos para amarrar su destino en los penaltis. Buffon y Casillas. Casillas y Buffon. Los dos mejores porteros del mundo frente a frente. Todo el protagonismo para sus guantes. Iker detuvo dos, el italiano, uno. Ganó España, pasó a semifinales tras 24 años de sequía, eliminó a los especialistas del mínimo esfuerzo, rompió los pronósticos, venció como sólo sabían hacerlo, hasta ayer, los italianos. El 22 de junio terminó la fiesta con un vestido rojo y amarillo con el que mirar a Europa sin complejos.
photo by somos

domingo, 22 de junio de 2008

Sin título


Masticó hastío todo el día; el sentido de su vida quedó aparcado en un descampado sombrío, angosto, solitario. No supo hacia dónde ir, se quedó bloqueado en casa, sin usar la voz, ni el teléfono, nada. Precipitó pensamientos burdos y oxidados sin ánimo de resolver la encrucijada. Despertó diez veces en dos horas, durmió de incoherencia los minutos y descansó en sueños masticados, en oxígeno viciado, en suciedad, en frialdad, en mentiras.

Cuando reaccionó era otro. Miró la brújula dar vueltas en un recorrido interminable hacia ningún lugar, fondeó sus pensamientos en inepcia, gritó con el silenciador de la represión y justificó su comportamiento con una sonrisa letal. Dejó su vida como quien abandona un harapo; despertó en otro lugar, entre algodón púrpura, riegos de juventud, sal y miedo.
photo by somos

sábado, 21 de junio de 2008

Un día cualquiera


Pues nosotros tenemos el seguro del coche en esta compañía y estamos muy contentos, ¿por qué no os cambiáis?; me deben 200.000 pesetas y no han dado señales de vida desde hace tres semanas, no sé qué voy a hacer pero creo que me he quedado sin el dinero; tengo que conseguir zancadillear al vecino de enfrente para lograr que su hijo no quede por delante del mío en la puntuación para acceder al colegio del barrio, como nos quedemos sin plaza a ver cómo pagamos la enseñanza privada; este año las vacaciones serán para los que salen por la tele en la playa, nosotros hemos aprovechado la paga extra para tapar agujeros y reservar los libros de texto del curso que viene; si compras hoy diez paños de cocina te regalan mil puntos a acumular en la tarjeta de socio preferente del club vip de la cadena del supermercado; he comprado una botella de aceite de oliva extra virgen que me ha costado cincuenta céntimos menos que a ti, y eso que yo no voy mirando los precios; desde que estamos en crisis ya no se puede ni salir a la calle, tanto Zapatero y tanto Rajoy para que ahora suframos nosotros las consecuencias, todos los políticos son iguales; a ver qué hago yo para pagar la hipoteca, nadie nos ayuda; ¿has visto qué coche se ha comprado la Leti?; estoy cansada de tanto anuncio, a ver si quitan la publicad por decreto y nos dejan vivir en paz; nos vamos.

Coletillas posmodernas, conversaciones callejeras, quejas al aire, búsqueda de complicidad amortiguadora de penas, ensañamiento vecinal, qué dirán, rostros ocultos, cumplidos urbanos, sinrazón social, política de mínimos, decisiones de máximos, falsedad y supervivencia. El siguiente.
photo by marga ferrer

jueves, 19 de junio de 2008

La pestaña


Viajé de cuerpo entero al lugar de mis recuerdos pero la configuración recogida en el terminal que registró mi llegada carecía de la identidad primigenia que abandonó la escena hace unos años, cuando todavía el mundo era una caja de resonancia sin eco, estaba repleto de oportunidades y jamás una queja era descontextualizada y convertida en insulto. Nadie era falso, las máscaras eran un bien escaso que se vendía de contrabando en el barrio viejo, donde por dos reales podías comprar una identidad nueva, una madre, una amante o un amigo de saldo.

El gueto de la mercadería de conciencias se auspició con subvenciones dinerarias llegadas de aquellos que habían leído que un mundo corrupto era posible, de los que veían cada domingo programas televisivos encubiertos de servicio público y de los que pretendían acabar con el status quo ordinario circunscrito a un día a día pulcro, sin estridencias, escaso de amaneramiento pero repleto de sinceridad.

Cayó el sol, la luna dejó paso a la sombra y ésta a nomenclaturas nuevas incorporadas gradualmente al diccionario del uso social, ése al que nunca nadie había planteado contaminar con diatribas de necios. Eran todos iguales, sí, pero no había sido necesario especificarlo lingüísticamente, nadie dudaba de que el contrario era persona, hombre, mujer, abuelo o niño.

Se quedó una pestaña en el camino. El viento me la ha retornado, la he recogido del bazar de los recuerdos. Ha llegado amarilleada, quemada de su vagar por la sinrazón, harta de estar sin mí, sabedora de que nunca más volverá a pertenecerme, lejos de sus hermanas, sola, pero me ha contado al oído todo lo que aquí he recogido.
photo by somos

miércoles, 18 de junio de 2008

A bailar con Italia


Hace 14 años Tassoti le rompió la nariz a Luis Enrique en el área y el árbtiro no pitó nada. Hace 14 años Caminero marcó el gol que abrió la esperanza de la afición española por pasar de los malditos cuartos de final. Hace 14 años Salinas, con empate a uno en el marcador y solo ante el portero, falló lo que no falla un delantero italiano. Hace 14 años Roberto Baggio burló a Zubizarreta y marcó el 2 a 1 definitivo que llevó en volandas a Italia a las semifinales y, de ahí, a la final del mundial de Estados Unidos 1994. Luego la perdió, en los penaltis, frente al Brasil de Romario y Bebeto.

A España le vuelve a tocar bailar con Italia, le vuelve a tocar luchar contra la ley del mínimo esfuerzo, la racanería, el fútbol vago, la marrullería y la suerte. Casillas contra Buffon, Torres contra Toni, Villa contra Cassano, Xavi contra De Rossi, Sergio Ramos contra Sergio Ramos… Infunde respeto, pesadilla y miedo porque estamos acostumbrados a jugar como nadie y a perder como siempre. Pero no tenemos el saber estar internacional como para afrontar una eliminatoria de la categoría de los cuartos de final de la Eurocopa 2008 con la tranquilidad de los deberes hechos, de la calidad futbolística o de la experiencia internacional que por separado tienen nuestros jugadores. Es Italia, es una eliminatoria y a España le temblarán las piernas.

No quiero ser pesimista pero desde que tengo uso de razón o recuerdo la andadura de la selección española en las competiciones continentales siempre ha habido motivos para serlo. En México 86 caímos en cuartos de final frente a Bélgica (en los penaltis, el último lo falló el asturiano Eloy); en Italia 90, en octavos de final contra Yugoslavia (no supimos colocar las barreras en las faltas); en Estados Unidos 94 nos eliminó, como se ha dicho, Italia; en Inglaterra 96 caímos de manera injusta frente a los anfitriones; en Francia 98 no pasamos ni de la primera ronda; en Bélgica y Holanda 2000 el penalti fallado por Raúl contra Francia nos mandó de regreso a casa; en Corea y Japón 2002 teníamos todo a favor pero un árbitro casero se interpuso en el camino hacia la gloria y nos eliminó frente al anfitrión en cuartos de final; en Portugal 2004 no pasamos de primera ronda; en Alemania 2006 los octavos de final y Francia nos quitaron de cuajo la euforia tras una primera fase extraordinaria.

En 2008…

martes, 17 de junio de 2008

El punto de vista de la perdiz


Esta semana es cinegética, a tenor de los temas que han asaltado mi conciencia escritora. Nunca me había planteado reflexionar acerca del punto de vista de la perdiz antes de ser cazada. ¿Cómo verá al cazador la inocencia de un animal a punto de aspirar su último aliento? Desde luego, es algo que sólo podríamos conocer a través del objetivo de algún fotógrafo osado que se atreviera a ubicarse en la línea de fuego del cazador para sacar los lomos de su presa, de espaldas, titiritando de miedo, desenfocando el primer plano, enfocando el cañón de la escopeta y apretando el click antes de poner en riesgo su vida, de que la perdiz quedara perforada y de que el arma hubiera terminado de escupir todo su fuego letal. Nos quedaríamos con las ganas de ver la instantánea y de volver a dirigir la palabra al fotógrafo o suicida que se atreviera a retratar el momento. El cazador caza presas, el fotógrafo, como mucho, puede cazar al cazador cazando presas, pero es preferible que no sea cazado y se convierta en presa.

Con todo, siempre hay alguien que llega en el mejor momento y lo jode. En una escena real, hubo una vez que un fotógrafo hizo un reportaje de caza. Llegó la guardia civil para comprobar que el protagonista de la acción tenía su licencia de armas vigente y, como todo estaba correcto, el dúo tricornio no tuvo más remedio que denunciar al fotógrafo por cazar con su objetivo 300 sin licencia cinegética. No es coña, es una historia verídica que se produjo en una localidad de Valencia y que fue objeto de debate en unas jornadas especializadas en fotografía celebradas en Albarracín (Teruel, España).

Por cierto, lo del punto de vista de la perdiz se lo preguntó un friki asistente a dicho encuentro de profesionales.
photo by fezave.blogspot.com

lunes, 16 de junio de 2008

De Madrid a Brooklyn


“Vamos claros, dije yo para mí; ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro?... El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio”. Mariano José de Larra.

Aunque se convierta en sacrilegio literario, si sustituyéramos en la cita a Madrid por otra ciudad del mundo globalizado que nos toca vivir en el siglo XXI, cualquier persona a la que incomode la vida urbana podría dar la razón a Larra. No es el caso de Auster, quien en “Brooklyn Follies” erige un monumento al instinto de supervivencia humano en Nueva York, otro ejemplo de jungla asfáltica a la que muchos no irían ni de vacaciones. El autor norteamericano muestra un escaparate de los escenarios más incómodos, y cotidianos a la vez, a los que puede enfrentarse una persona: fracasos sentimentales, frustraciones laborales, disertaciones políticas, batacazos académicos, incongruencias religiosas, enfermedades a vida o muerte, amenazas mafiosas o conflictos generacionales.

Ingredientes todos ellos que salpican la vida de unos personajes unidos por el constante reto de reemprender su rumbo vital tras recibir bofetadas de realidad como las apuntadas. Una novela austeriana desde el inicio hasta el final, repleta de vitalidad, de lecciones moralizantes y de acción. Precisamente, el eje sobre el que gira esta acción es el protagonista a priori más débil, el más escuálido y rendido de todos, el que regresa a Brooklyn para fallecer después de haber superado un cáncer de pulmón y un divorcio. Nathan se convierte en el resorte de vitalidad que necesitan todos los que le rodean en una historia cariñosa donde las haya, sin lugar a la indiferencia, entretenida y fácil de leer, decorada a golpe de sorpresas que ayudan a mantener la incertidumbre de la trama hasta las últimas líneas.

Una lección de optimismo empolvada por la presencia de grandes clásicos de la literatura, filósofos y artistas de guardar puestos en valor por Auster a lo largo de su recorrido textual. Lectura recomendable para ubicarse en el contexto que nos toca vivir de crisis, de coyuntura económica desfavorable, de recesión o de desaceleración (que cada cual escoja su significante para referirse al mismo significado).
photo by somos

Auster, P.: Brooklyn Follies, Anagrama, Barcelona, 2006.

domingo, 15 de junio de 2008

A pájaros


Mediados de los ochenta. Pueblo del interior de la provincia de Zamora. Vacaciones de verano para José Luis, un adolescente rudo, grandullón, noble, humilde y bonachón. El 11 de agosto es su cumpleaños y recibe de su abuela un regalo adaptado a las prácticas púberes de aquel entorno rural: una escopeta de balines. A lo largo de las últimas citas estivales el mozo había cogido la costumbre de acompañar a los lugareños de su misma edad a una macabra misión para un cerebro forjado en la estampa urbana del cemento permanente, de los árboles carcomidos por la polución y del gorrión como ejemplar insólito a mimar entre la maraña de cláxones, tubos de escape, hormigoneras, martillos, compresores, fábricas, chimeneas y humos de dudosa procedencia de la ciudad.

Se iba con ellos ‘a pájaros’, que no era precisamente ir a catalogar variedades de animales alados para elaborar un informe biológico de la zona, se trataba de enfundar escopetas de aire comprimido para cazar presas inocentes, como los gorriones que José Luis mimaba en la urbe. Lo hacía para que no se quedara en entredicho su incipiente lado varonil en aquel entorno de tradición machista, para probar instintos de comportamiento diferentes al maniatado actuar de la ciudad. Quería, al fin y al cabo, ubicarse al límite de sus principios innatos y comprobar hasta dónde era capaz de llegar.

Pardales, carboneros, tordos… cualquier presa era buena para una tortilla o un guiso de patata. Al cabo de una tarde en la que acompañó a Armando, experto cazador de pájaros, comprobó cómo éste cuajó el buche de doce animales con el garfio que portaba en su cinturón, sin piedad, frío, mecánico. José Luis hizo alguna salida más, pero la última le marcó tanto que dosificó la calidad cinegética de sus sucesivos acompañantes, optó por ir con inexpertos urbanitas como él para evitar asistir a nuevas masacres.

Pasó el tiempo y la escopeta de balines que le regaló su abuela hoy duerme en un arcón, olvidada, oxidada, rota por el desuso. La utilizó, claro, pero no para matar pájaros, sino como herramienta de puntería. Agujereó durante unos veranos cientos de latas de Kas, Canada Dry y Sprite; taladró sin piedad los canalones de la casa de su abuela; apuntó el zumbido volador de decenas de abejorros; marcó con su estigma de cazador de objetos miles de tejas y creció lo suficiente como para cambiar la escopeta por la bicicleta primero, el Vespino después y una C15 al final en sus primeras incursiones nocturnas por las fiestas patronales de los pueblos vecinos.
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sábado, 14 de junio de 2008

La crítica perdida


Otro de los muchos hitos musicales que ha registrado mi caja de recuerdos es Joaquín Sabina, cantautor de la mesa puesta, del todo a cien, del verso urbano, del cubata en la fiesta del pueblo, del viaje popular en un coche individual, del crápula a deshora y de la reconciliación perfecta.

Hace unos años, en 2000, lo vi en directo en Felanitx (Mallorca); escribí una crítica del concierto para el periódico local en que trabajaba y hoy me quedo con las ganas de poder rescatarla y compartirla en este espacio. Tengo la manía de no guardar nada de lo que hago pero sí lo que hacen los demás; colecciones y demás porquerías decoran estanterías empolvadas de olvido. Al escribir estas líneas me he propuesto hacer autocrítica y recuperar esa crítica. Prometo que, cuando la tenga en mi poder, la compartiré con esos ojos que ahora leen tamaña reflexión.

“Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres…”.
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jueves, 12 de junio de 2008

Recuento de camiones


De pequeño, cuando emprendíamos viajes vacacionales por las antiguas carreteras nacionales, superaba el trance de las horas acumuladas por los kilómetros, las retenciones y las travesías interminables mediante un método infalible: el recuento de camiones. Siempre perdía la cuenta, quizá por mi temprana edad, o porque nunca se me dieron bien las matemáticas. En todo caso, lo importante era entretener el tiempo en una era ochentera sin psp, ni dvd, ni dolby surround, ni a/c, ni climatronic, ni nada. Así pasaban los hitos kilométricos, cargados de transporte numeroso familiar, en un habitáculo en el que yo ocupaba 25 centímetros cuadrados de asiento trasero junto a mis tres hermanos, más dados a dormirse con facilidad y a obviar las circunstancias de tránsito que rodeaban a esos trayectos interminables.

Hoy he vuelto a contar camiones. De regreso a casa, en un trayecto rutinario desde la universidad, he visto circular de nuevo vehículos voluminosos que habían abandonado las carreteras en señal de protesta durante unos días. No ha sido mucho tiempo pero he notado que los empezaba a echar de menos. Mi interior ha tirado de emociones envolventes hasta provocar una sonrisa no forzada en la comisura de mis labios. Ha sido fácil contarlos porque todavía son pocos los que circulan y porque el trayecto hasta casa se hace por autovía y en pocos kilómetros.

Espero que hayan solucionado sus problemas, como cada cual lo hace en su vida cotidiana, unas veces protestando, otras acatando las circunstancias que nos sobrevienen. Feliz día del camión.

martes, 10 de junio de 2008

Chiribitas de agua


Cuando el agua al caer hace chiribitas significa que no va a parar de llover. Mi madre me decía estas palabras cuando llovía; a ella no le gustaba porque tiene verdadera pasión solar, pero a mí me servía para reflexionar sobre el origen de esas gotas, sobre el viaje imaginario del agua, su discurrir por las rieras, hacia dónde iba a parar el líquido elemento, cómo se almacenaría, cuánto duraban los estanques urbanos de agua, quién trabajaba mojándose cuando llovía en supervisar su almacenamiento, limpieza, gestión, ahorro… Pasan los años y sigo recordando las palabras de mi madre sobre las chiribitas y lo hago, pudiendo ser más o menos imprecisas para designar la realidad referida, con tintes de nostalgia y con las mismas preguntas. Eso sí, ahora sé que hay cisternas, embalses y cañerías que soportan litros y litros de agua para ser reutilizada y poco más.


Me quedo con las escenas, como la que ve ahora en una ermita reconvertida en bar, cuyo arco de entrada ofrece la ventana única de luz, con grises, sin UV, salpicado por gotas de chiribitas, por paraguas abiertos y reductos de lluvia en días de chaparrón eterno.
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domingo, 8 de junio de 2008

Vivencias en ocho milímetros


El otro día rescaté, al visionar una película mítica de Álex de la Iglesia, momentos masticados hace más de diez años con la inocencia del vividor, la libertad del que nunca hace nada por no saber qué quiere, la intensidad de la segunda década de vida, el deseo de olfatear nuevas secuencias y el Madrid pegajoso del lado oscuro de la noche. Sentí con fuerza aquellas escenas de vida decoradas de ilusiones por ser alguien en la jungla de los ignorados, de ligar con mi sombra, de captar el recorrido hacia los sueños cumplidos.

Años de sopor, de espasmos de emociones a 200 por hora, de incongruencias y vivencias acumuladas en una psique hoy dada de sí en plena vorágine de mi cuarta década. Ocho milímetros de recorrido, ocho milímetros de sabor a vida. El poder evocador de los soportes que nos rodean no deja de sorprenderme, son perfectos para el fin ulterior que persigue esta bitácora: reconstruir momentos.
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P.D.: Para que nadie se quede con la duda, la película era ‘El día de la bestia’.

sábado, 7 de junio de 2008

Ojos


Abro los ojos y encuentro impresiones, luces y colores diferentes en mi divagar por estos días que corren. Me sorprende la fugacidad de lo observado, el parpadeo de instantes que se suceden en mi recorrido cotidiano; analizo cada impacto de realidad, sus consecuencias y diferencias con la proyección del soñador. Miro, observo, compruebo que el tiempo transcurre sin control ante mi insignificante mirada, que los escenarios tiran de telones cambiantes, unas veces sofisticados, otras rutinarios, algunas viajeros.

Contemplo verdades, mentiras, tradiciones, lamentos, escenas del acontecer que enriquecen la experiencia que desembocará algún día en el último día.
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viernes, 6 de junio de 2008

Insbruck roja, Neuchatel ibérica


Mientras la selección española de fútbol ya está en Insbruck concentrada de cara a la disputa, el próximo martes, de su primer partido en la Eurocopa, otros equipos ya habían llegado a las capitales austrosuizas hace unos días con la inyección de moral previa practicada por sus respectivas aficiones. Como ejemplo, el país vecino peninsular, Portugal, arribó a Neuchatel cargado de vanaglorias, ánimos y vítores, aclamados como verdaderos ídolos en su país, recibidos por el presidente de la República y despedidos el pasado domingo por miles de compatriotas en un recorrido popular entre la capital y el aeropuerto lisboeta, concediendo unas imágenes parecidas a las obtenidas en España con motivo de la consecución, en 1998, de la séptima copa de Europa del Real Madrid. Ver los puentes, las calles, los coches tuneados de verde y rojo, la gente salpicada por el orgullo de sus jugadores, la satisfacción guardada en los vetustos balcones y rincones de Lisboa, las tiendas, las marquesinas y las marcas nacionales repletas de menciones a la selección, el ánimo de la gente revestido de los colores de su camiseta, los aplausos de ánimo sin cabida a la crítica, despierta una envidia sana y ofrece algunas de las claves de por qué España no consigue triunfar, futbolísticamente hablando, fuera de sus fronteras.

No hace muchas horas entré en un blog que analiza los condicionantes tácticos que pueden dirimir el papel de la roja en la Eurocopa; sin ir más lejos, anteayer sintonicé la radio con el pretexto de escuchar el parecer periodístico hacia la selección con motivo del partido víspera del viaje a Insbruck. Pues bien, me desoló la acidez de los comentaristas, listos para desenfundar balas de alto calibre contra los nuestros. El fracaso es colectivo o no es; la roja vaga por una senda constante de lamentos, impotencias, victimismo y desánimo popular con los que es muy difícil alcanzar el tan ansiado título continental o, en su momento, mundial.

Un repaso por Europa, un análisis autocrítico de nuestra afición, un curso acelerado de saber estar futbolístico y una buena dosis de sentimiento hacia los colores que nos representan fuera, significarían las dosis de voluntarismo necesario para que nuestros jugadores hubieran llegado a Insbruck con la responsabilidad de levantar el furor de la masa sonriente. Mientras tanto, no queda más remedio que sentir envidia sana por la forma que tienen nuestros vecinos de querer a su selección y esperar a ver dónde recala Cristiano Ronaldo la temporada que viene. Cultura de club más que de selección; saludos a Portugal y mucha suerte.
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jueves, 5 de junio de 2008

Historias para dormir


Entra un hada por la puerta principal de mi somnolencia para susurrarme al oído un vendaval de palabras deletreadas con la ternura del que acaricia a un ser delicado. Ella está muy lejos, aunque el tintineo de su voz embelesa la ubicuidad, la diluye y la hace extensible para poder sentir de cerca el calor de su cobijo. Es mejor que contar ovejas y quedarse dormido a la espera de que alguna tropiece; es mejor que planchar la oreja hasta dejarla a la altura de la de Nicki Lauda, es un sueño real glaseado con luces áureas y decorados básicos, aunque íntimos e intensos. Se fue como apareció, sin sobresaltos, bailoteando con las zetas del ronquido silenciado.

Llega una mosca cabezota que cabecea sin sentido por la ventana cerrada del amanecer. Golpea y golpea el climalit pidiendo paso hacia el oxígeno que abandonó hace horas. Miau certero, guillotina mortal, aleteo interrumpido, ansia de libertad rota. Silencio en la sala; no se rueda, se duerme, ahora sin nada, con nadie, solo.
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miércoles, 4 de junio de 2008

El 'bolírracho'


Está pringoso el bolígrafo con el que escribo estas palabras; tiene el poso pegajoso del que se ha apoyado sobre el cerco del cubata de la discordia, o bajo la copa de cerveza más alcohólica del mercado. Espectador de palco VIP en conversaciones amnésicas, tanto por el momento en que se producen como por los grados de alcohol que acumulan, resbala siempre entre asombros, alabanzas, quejas y súplicas hasta que, durante el monólogo final, se esconde antes de ser confundido con un palillo y ser arrojado sin piedad al cubo de vidrio reciclado en mil borracheras. No lo he probado, claro, pero el plástico que recuerda a una hipoteca lejana y cercana debe saber a oxígeno respirado, a cerilla encendida por tercera vez, a carcasa flambeada con mechero bic, a resaca antes de tiempo…

Detengo en este punto el escrito porque el puño se ha quedado atrapado en el mundo pringoso que lo rodea. La araña de la cordura lo devolverá a la realidad, suponemos.
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martes, 3 de junio de 2008

Lisboa


No hay nada que quede por decir de Lisboa, al menos nada nuevo que decore la belleza de la capital portuguesa; una ciudad impregnada de solera, de decadencia, de una tarjeta de memoria lo suficientemente amplia de capacidad como para devolver al que la visita a épocas de descubridores, al siglo XIX, al XX, a dos décadas atrás y al futuro. Porque Lisboa es ahora, fue ayer y será siempre. Cientos de cuestas de incertidumbre se agarran a los gemelos y a las tibias de quienes encienden su espíritu aventurero para coronarlas; largos, becos, calçadas, praças y ruas asaltan los ojos del turista, convertido en espectador privilegiado de antepasados con aliento, de rincones temáticos recreados por artistas multirraciales, de artesanos de la palabra, de limpiabotas, de plastificadores de documentos sin fecha de caducidad, de cambiadores de estampas, de mendigos sabios sin pan, de pícaros revestidos de modernidad, de vendedores de mentiras falsas, de expertos en la venta al menudeo, de golosos, del todo se puede vender si se vende en las calles de Lisboa.

Cuando el cansancio, las ampollas o los calambres piden paso, se presenta la ocasión propicia para subirse a uno de esos tranvías amarillos y blancos protagonistas de tantos viajes de ida y vuelta por tres siglos de miradas, gestos, abrazos y besos. El 28 es el mítico, el viajero entre el Barrio Alto y Chiado; pero el 12 revolotea como testigo sostenido la vida en Alfama, ese barrio retorcido, coronado por el castillo de San Jorge, faldeado por el estuario del Tajo, agrietado por el sollozo de fincas demolidas sin demoler, alimentado por el murmullo de fados de pasión turística, sostenido por la subvención del tiempo, salpicado de historia en la Sé, San Vicente da Fora y Santa Engracia, fotografiado, maquillado, dejado, azulejado. Azulejos representativos de épocas de riqueza, de años de miseria, de la imposibilidad de ser restaurados porque Lisboa es así, y mejor.

Cuatro años se celebran en la capital portuguesa como quien comparte una porción de su vida para que sea utilizada por quien convenga. El ambiente en Lisboa pesa su experiencia en oro; contiene una energía que impregna al visitante hasta embaucarle. Ahora reflexiono a lo lejos y no es lo mismo, allí brotaban vibraciones al despertar, al pasear, al cervecear una tulipa de Sagres; desde la distancia sólo se presiente el olor a viejo, a agua dulce y salada, a especias, a pasteis, a electricidad, a grasa industrial, a ropa recién tendida, a barco, a corcho, a vida humana en la ciudad que ha sobrevivido al tiempo, al terremoto, al incendio y a mi visita. Las piernas están cansadas, aunque no tardarán en recuperar su status quo, ninguna mano surgirá ya del subsuelo para retornarlas al pasado.
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