jueves, 29 de mayo de 2008

1460 días


El cronómetro se detiene hoy en el mismo punto en el que lo hizo cuatro años atrás. Es jueves donde era sábado, es un tren donde era un barco, es sobriedad donde era elegancia, es península donde era isla, es viaje donde era paseo, es presente donde era futuro. Es somos donde era somos.

photo by marga ferrer

miércoles, 28 de mayo de 2008

Orange, naranja


Las calles de Valencia en primavera se confunden con las estampas propias del inicio del otoño laboral, cuando las playas sólo se llenan los sábados y domingos y, entre semana, los jubilados, neomamás y parados desaprovechan la posibilidad de un chapuzón a deshora, al albur de un sol picante sin agobios. El tiempo muerto del mediodía, utilizado por bares sin carta para exponer el menú de la jornada con el que compiten en un mercado cada vez más gourmet, deja huecos de aparcamiento donde horas atrás era misión imposible abandonar el coche. Unos trabajadores comparten mantel; otros, prisas de autovía, insultos al volante, semáforos sin luz verde, salidas sin entrada, informativos manipulados en hora y miradas discretas al de al lado para ver si encuentran la suerte woodyallenesca de ver reflejado su número de teléfono móvil pegado a la ventanilla para un encuentro live en la era del chat alive. Huele a limpio porque ha llovido lo que nunca había caído en mayo; hay flores de todos los colores porque es la época y una luz diamantina que todo refleja, que obnubila al más empanado, que invade conversaciones de amor, de vecinos, de trámite, de trabajo y de resaca del verano que casi ya está aquí.

Salgo a la calle a la misma hora bruja, para mí la del aperitivo, y me topo con un nuevo reducto donde cervecear, con sitio en la barra, música soft, conversaciones sin decibelios y ruido aislado. Aquí todo es naranja: lámparas de plástico duro, sillas de épocas doradas, frutas ácidas de bar, cuadros evocadores de fronteras lejanas, exprimidores robóticos (naranjas, claro), pensamientos mezclados con realidades de un tono al que pocos dispondrían como su favorito en un test de preferencias cromáticas. Valencia es naranja, aunque no siempre.
photo by marga ferrer

martes, 27 de mayo de 2008

Perrea, TVE, perrea


No iba a escucharlo nunca, pero mis oídos lo registraron hasta la saciedad; no iba a verlo nunca, pero compré un cupón; no iba a rozar el festival de Eurovisión, pero mis ojos miraron a una de las miles de teles encendidas el sábado; no iba a escribir sobre él, pero es inevitable al ser el programa más visto de la televisión en España en los últimos ocho años; más de 13 millones de espectadores vieron la actuación del Chikilicuatre y una media superior a 8 millones siguió la gala de los frikis europeos. Si el proceso de elección del susodicho ya fue un éxito de participación y la confirmación del mal gusto de la masa española (véase el ejemplo de la letra del himno patrio), la puesta en escena ante millones de espectadores y su imposición a los que ‘nunca quisieron oiga’ ha sido el cenit de la horterada más grande retransmitida por la televisión pública y del aplauso de su audiencia.

En la segunda edición del telediario de TVE emitido ayer se jactaron del logro como si hubieran contribuido con ello a los valores de servicio público que se le tendría que presuponer al ente y subrayaron ese aspecto en una noticia posterior sobre colas con la que afirmaban que seguirían por esta línea de SP desbocado. Preocupados nos quedamos, aunque no sorprendidos. Hay mucho talento musical y creativo en este país, pero es mejor postergarlo a la franja horaria en el que la masa duerme para que lo escuche siempre esa minoría con la que se justifica que es un nicho para minorías. ¿Han probado a poner las actuaciones de Radio 3 en franja prime time?, ¿no podía representar a España un grupo de jóvenes talentos?, ¿les mermaría mucha audiencia?, ¿les arrebataría Antena 3 el segundo puesto de las teles más vistas?, ¿no es una televisión pública?, ¿no le debería dar igual si lo que defiende sobre el papel es la calidad de un servicio público bien ofrecido?, ¿no es la versión más chabacana de la BBC?

Chiki, chiki, perrea, TVE, perrea; que la vida seguirá igual.
photo by somos

lunes, 26 de mayo de 2008

Desde la calma


Vine del norte buscando… Así comienza una canción de Ismael Serrano que me ha venido a la cabeza con el pretexto de plantear un balance singular de algunos días pasados y de los que quedan por venir. De Madrid a Castilla y de la tierra de Colinas al Mediterráneo, ese mar acogedor por definición, calmo, melancólico, emprendedor.

Escribo estrofas de vida apocopadas, estrechas, finas y sinceras como aquel guiño a tiempo, esa cerveza de amigos o los chopos jugando a blanco y verde al compás de una ventolera de vida.

Vivo y me gusta; crezco y no me da miedo, tengo un retrovisor grande que me permite recuperar con alivio los tiempos que soñé y los que aún me quedan por relatar. Creo que la clave de la vida reside, precisamente, ahí; en saber desgranar una playa de vivencias con la paciencia del buscador de oro.
photo by somos

sábado, 24 de mayo de 2008

Esperas


Quien espera, desespera, reza el refrán. Pero más allá del etiquetado que porta la acción de esperar, nos podríamos retener en el interior del sujeto que se expone a tan desagradable sensación. Si la espera es individual, el poso de desesperación crece como si un automatismo pulsara cada segundo un botón que inflará un centímetro cúbico de aire del hipotético globo introducido en el interior de la persona que sufre la espera. Si el esperado es la persona amada, peor. Ahí el globo aumenta de tamaño más rápido, el cerebro dibuja tragedias propias de anuncios de la DGT, el corazón (celoso o no) se preocupa por la integridad sentimental (o emocional) del esperado, el insomnio reina donde nunca había tenido trono y la ansiedad enmarca una escena vaga, sin luz, escondida de actos reflejos, sorda, ciega, vidriosa, pastosa, seca.

Funambulista de tiempo roto, paseante de tragedias sobrevenidas, excitador de neuronas viajeras, destripador de sueños, paranoico en busca de una paranoia, velador sin cirio, sediento sin agua, náufrago sin isla donde caer muerto; quien se deja seducir por el canto tenue de las sirenas de la espera corre el peligro de pernoctar al raso de sus pensamientos más rancios. Esperad, que no he terminado. Ahora sí.
photo by marga ferrer

viernes, 23 de mayo de 2008

Joventut 90, Barcelona 93 (Por Javier Montes*)


El baloncesto es muy injusto. El primero de la liga, eliminado; el segundo de la liga, contra las cuerdas. Menos mal que ellos ya tienen pase para la Euroliga (el Madrid por quedar primero en la liga regular y el Juventud por ganar la Uleb esta temporada). El basquet necesita una renovación urgente. ¿Cómo puede ser que un deporte de equipo en el que somos campeones del mundo y subcampeones de Europa tenga este seguimiento? Nadie sabe ya cuándo juegan ni en qué competición lo hacen. Deberían fijar unos horarios inamovibles (el sábado por la tarde, los domingos por la mañana,los viernes por la noche... que negocien con la tele).


Creo que se podrían hacer divisiones, en plan NBA con las conferencias. Si la liga no es suficiente para hacer negocio, pues que hagan conferencias. La norte, la centro, levante y sur. A saber:

Norte: Breogán Lugo, Ourense, León, Gijón, Cantabria, Bilbao, Tau.
Levante: Girona, Barcelona, Juventud, Pamesa, Menorca, Manresa y Cai Zaragoza.
Centro: Valladolid, Madrid, Estudiantes, Fuenlabrada, Guadalajara, Plasencia, Cáceres y Toledo. Sur: Unicaja, Granada, Canarias, Los Barrios, Murcia y Cajasol.
Enfrentamientos entre todos y luego play off estilo NBA. Eso sí engancharía. ¡¡¡Estoy indignado!!!
*Javier Montes es periodista

Inmediatez de cómic


El concepto inmediatez, además de expresar una propiedad valorada en la profesión periodística, puede referirse a la capacidad que tienen algunos de mostrarse de manera fulminante, en un visto y no visto, ante un auditorio a priori más o menos cómodo o cercano. Lo inmediato en este caso sería un recurso empleado por aquellos que juegan con la sorpresa para convencer a unos interlocutores ganados de antemano por ser familia, compañeros de trabajo o amigos. El problema viene dado si se emplea en contextos inapropiados y el receptor de una verborrea exprés percibe el gesto como tomadura de pelo o como una mención latente a su hipotética condición de ignorante. Casos encontramos muchos en el día a día, pero voy a ilustrar un ejemplo que no dejará la puerta abierta a las dudas.
Alejandro sabía mucho del mundo del cómic, tanto que guardaba celosamente en una habitación de su casa habilitada para tal fin unos 34.000 ejemplares. Batman, Spiderman, El Capitán Trueno, Superman, Los Cuatro Fantásticos, Conan, Tintín, Asterix y Obelix… pocos títulos se le habían resistido desde que, con 10 años, comenzó su afición. Tres décadas más tarde, emancipado, alejado de su hogar familiar y devorando grandes dosis de tiempo libre, había erigido en las paredes de su piso de soltero un santuario de la ficción dibujada. Amante de los viajes a las mecas de los números perdidos, de los borradores de ediciones especiales, de las tapas de aquellos coleccionables imposibles, de figuritas de plomo vendidas hace años para celebrar una tirada especial de Marvel, de máscaras de Hulk tridimensionales levantadas sobre la página 20 del número cero del superhéroe verde, estaba siempre dispuesto a charlotear sobre su afición sin ser pesado. Era una persona bastante flexible, que sabía escuchar, atendía a los argumentos favorables y retenía los que contradecían sus pensamientos con olor a página rugosa y a tinta. Siempre había dicho que el mundo del cómic había entrado hace años por la puerta grande del arte y que podía ser considerado una disciplina digna de museos, de foros de expertos y de huecos en páginas de publicaciones especializadas en Bellas Artes.

Siguió dando rienda suelta a su afición hasta que tropezó con la inmediatez del intonso. No escuchó más que “el cómic es para anacoretas y fracasados que, al no encontrar la llave de la sociabilidad, se encierran en su fantasía de lata”. El artífice de tan ‘atinada’ aseveración, entonada con la seguridad del demagogo, del que sabe mucho de no saber nada, no pudo terminar de pronunciar la última ‘-a’ de su frase porque el pitido del bofetón que recibió del tolerante aficionado expuesto a las consecuencias de una inmediatez adulterada le dejó en una dimensión alejada de la realidad, más propia del color anaranjado de el hombre de piedra, o del rojo tomate de Spiderman.
picture by marvel

jueves, 22 de mayo de 2008

El blog instantáneo


La fotoperiodista Marga Ferrer ha pasado a formar parte de la comunidad bloguera desde el pasado día 20 (http://margaferrer.blogspot.com/). Su bitácora es bastante visual, un muestrario de gajos de experiencia profesional presentado con comentarios ilustrativos de cómo, dónde o por qué hizo las fotografías que dispone en este espacio virtual.

Desde aquí, pues, damos la bienvenida a un blog que habla de fotografía sin tapujos y aporta la visión de la autora al respecto de unas instantáneas que forman parte ya de su círculo de recuerdos.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Turbas


Turba: muchedumbre de gente confusa y desordenada.
Turbamulta: multitud confusa y desordenada.


El Diccionario de la Lengua Española define así un concepto puesto de moda entre los medios de comunicación durante la última semana a propósito de los incidentes racistas registrados en Nápoles (Italia) y en Sudáfrica. Individuos que, sumados, se convierten en bullicio y, a su vez, espoleados, componen una masa ciega, alterada, deforme, mostrenca y cobarde bajo la que se cometen atrocidades como las significadas. A buen seguro, cada uno de los agresores son personas respetadas en su entorno más próximo, o pasan desapercibidos entre las rutinas cotidianas de su barrio, o van al fútbol y no leen como la mayoría, o comen con la boca abierta mientras mandan callar a sus mujeres porque ellas tienen que lavar platos, o pegan a sus hijos cuando les desobedecen, o extorsionan a prostitutas, o no salen del armario, o se ensañan con la impotencia de los perdedores contra los que culpan de sus desdichas. Comportamientos, privados o públicos, que en el entorno en el que se producen se catalogan con parsimonia como normales. Personas normales que no cometen delitos hasta que cruzan la frontera de lo delictivo y entonces sus vecinos, con cara de corderos degollados, se lamentan preguntándose cómo es posible que fulanito cometiera una locura de tal magnitud, si era una persona normal.

Cuando esas personas normales quedan convocadas por una voz inerme, por un rumor, por un titular mal colocado en la primera página de un periódico o por el alegato racista del político de turno, las consecuencias suelen ser lamentables y desproporcionadas; atentados contra los derechos humanos. En Nápoles, además de basura, se acumula ignorancia en masa que culpa de los males de una mala gestión política a una etnia que siempre había ocupado un barrio como personas normales, con personas normales. En Sudáfrica, un país que, desde su democratización, siempre había lucido de respeto multirracial, las turbas han quemado con su ira en dos días esa imagen y ese respeto por el que líderes de opinión como Nelson Mandela lucharon durante años.

Turba, turba, turba. Miedo, miedo, miedo. La condición humana, al rebufo de la masa, se envilece.
picture from www.lanacion.es/.../2008/04/berlusconieok.jpg

martes, 20 de mayo de 2008

La taberna


Presumía de ser referencia cervecera en un barrio venido a menos; sus paredes sostenían placas vintage de refrescos sin marca, de bebidas con logos desfasados y un espejo bigbrother sin la proyección ocre que remarcaría su antigüedad. Un perfecto collage de trastos industriales con apariencia de viejo sin nada nuevo que aportar más que la fina capa de congestión nicotinosa que comenzaban a acumular por dejadez, insomnio o penuria. Nadie, salvo el cliente que entró aquella tarde bajo el umbral de la puerta del local, reparó en la pantomima de la mentira, del bar coqueto aunque sin estilo, sin alma; de la apariencia más que de la calidad de un buen tino al servir birra en condiciones.

No estamos en el farwest, sino en la zona este de una capital sin administración que oficialice ese concepto, en un suburbio del suburbano subterráneo del submundo del adiós a destiempo. No era siquiera una franquicia, quizá lo fue, pero hace años. Nada estándar, ni el trato, ni las etiquetas, ni los clientes. Apoltronados en la fila de cinco barriles que corrían en paralelo a siete metros de barra, los vecinos más ociosos del barrio dejaban sin ventilación el lugar, orientados hacia un agujero reconvertido en cloaca o WC; sin pestañear, desnudando el generoso escote de la camarera, fumando partagas sin boquilla, tirando los huesos de aceituna al suelo y mirando al forastero como a un gorrino el día de la matanza.

Bebió, pagó, se despidió y tragó saliva. No volvió, aunque vivía en el sexto piso de la misma finca en la que se asentaba la taberna.
photo by somos

lunes, 19 de mayo de 2008

El gato griego


Un gato negro no tiene por qué traer mala suerte pero sí puede convertirse en elemento simbólico de una desaparición supersticiosa.

Dos turistas descargaban su adrenalina en las Espóradas, archipiélago griego formado por cuatro islas (Skiathos, Skopelos, Alonissos y Skyros), cuando les sorprendió la llegada de un majestuoso gato negro después de haber pasado un intenso día de playa. Los gatos callejeros que habían visto hasta entonces por Grecia estaban más bien famélicos, desgarbados y enfermos, como indicaban los ojos acartonados de la mayoría de ellos. Pero aquel gato negro lucía un pelaje brillante, una planta equilibrada y una fisonomía cercana a la raza egipcia, muy digno él. La pareja de turistas regresaba de bucear y, para evitar pérdidas, habían dejado sus alianzas de casados en la bolsa de playa que portaban. La afición que ambos sentían por los felinos precipitó el episodio. Era el primer gato sano que veían durante su estancia vacacional, que tocaba a su fin tras 10 días de asueto. Por ello, quisieron inmortalizar la presencia de tan curioso animal y no dudaron en extraer la cámara pocket de la bolsa. Las fotos reprodujeron fielmente la belleza del felino, aunque hubo que pagar un peaje demasiado caro. Una de las alianzas quedó anclada para siempre en la isla, junto a la pata derecha de un gato que quiso cobrarse la recompensa de tan misteriosa aparición. Miau.
photo by somos

domingo, 18 de mayo de 2008

Bagaje


Quiso recrear pasos de vida una tarde de domingo. Sin quererlo, la memoria zancadilleó su pretensión; los recuerdos habían dejado de atropellarse, estaba solo entre una maraña de vivencias inconexas, sin hilo argumental que las uniera y las dotara de cierto sentido. No se había dado cuenta antes, pero ya no podía masticar los sabores de sus veranos en es Cubells, ni oler el agua de mar rabiosa contra las rocas de cangrejos, ni el tacto del pelo lechoso de Bárbara, ni el sonido de los vencejos castellanos en las tardes crepusculares de septiembre, ni el consejo de su mejor amigo del colegio, ni el susurro de las primeras palabras de amor que registraron sus pabellones auditivos a la sombra de aquella encina moribunda, ni la pelea de burbujas de una coca cola recién servida en la terraza de los abedules, ni el gol de Kempes en la final de Argentina 78, ni la canción de cuna con la que conseguía que sus hijos durmieran sin cortapisas.

Una lágrima de impotencia recorrió su rostro a velocidad de crucero hasta caer en la baldosa fría que insinuaba su pie dormido. Nada quedó, el cerco de aquel llanto dormita hoy en el sueño de su apnea, de su soledad, de su alzheimer.
photo by somos

viernes, 16 de mayo de 2008

Reconstrucción


Mientras asisto de fondo como espectador casual en la recepción de un hotel de bien a un reportaje sobre Lisboa emitido por un canal temático (segunda vez que coincido con una programación similar en menos de una semana, será porque voy a viajar a la capital portuguesa próximamente), mi pasaje interior circula ligero de equipaje entre recuerdos veintegenarios, pasaportes cercanos hacia el olvido nunca dilapidado, efluvios de vida registrados en el disco duro de lo experimentado, servicio de postín en el teatro de la apariencia, lugar de citas emocionantes a la espera de la presencia paternal, del contar sin parar, del niño vestido de corbata que, a borbotones, transmite vivencias novedosas a su progenitor; como aquellos 25 de diciembre inocentes en los que papá Noel entraba en casa para llenar de regalos el salón familiar y el protagonista de la historia saltaba el primero de los hermanos al regazo de sus padres con el fin de mostrar los presentes llegados desde el polo norte.

El tiempo y la memoria refrescan momentos, aunque no los recuperan. Resucitar no es lo mismo que revivir. Eso, me temo, sería imposible. Además, aquel que trata de retomar la intensidad de un recuerdo como el origen de éste, suele caer en la decepción más ácida, en la perturbación impertinente de lo disfrutado. ¿Acaso nadie ha intentado viajar a un lugar predilecto para sumergirse en el pasado de sus vivencias más entrañables? Es una misión arriesgada que puede derrocar el hilo argumental de una vida perfectamente ensamblada en un nacer, crecer, reproducir y morir. El aderezo de un proceso tan lineal es, precisamente, ese recuerdo, la esencia y el disfrute de la vida. Momentos que marcan la memoria de los peces, de los besugos, de los tontos, de los listos, de los seres humanos, de nosotros y de aquellos.

Rescato momentos, pero me saben a rancio, a fecha de caducidad cumplida, a cola cao húmedo, a galleta maría blanda, a berberecho verde, a cerveza turbia, a cava sin burbujas, a baño usado, a queso acorchado, a corcho mojado, a castaña pilonga, a manzana rota, a gusano, a almendra rancia, a bandera jironada, a cacahuete viscoso, a plátano pegajoso, a moho. Con todo, recuerdo, sí, y me gusta, pero miro hacia otro lado para no sufrir el ataque de nostalgia que borraría una trayectoria futura repleta de vida, de momentos, de furia.
photo by somos

jueves, 15 de mayo de 2008

Me miran


Estimado lector:

Sonrojado estoy desde que ayer, a eso de las 19:30 horas, me sorprendió la presencia masiva de numerosos curiosos alertados de mi presencia por el manager de una clase invocadora de almas gemelas. Sí, estuve en el epicentro que concibió a siete nuevos espacios virtuales diseñados para auspiciar los intereses particulares, jurídicos o empresariales de unas huellas dactilares desconocidas aún en la comunidad bloguera. Un espejo multiperspectivo donde miré las reacciones simultáneas de ojos ávidos de información, desconocedores de una realidad personal compartida, de ámbitos alejados de su presencia física, de aciertos y de errores cometidos por carne y hueso con chips y bacterias tecnológicas como testigos.

Ahora les entiendo a ustedes, ya sé hacia dónde caminan los que se niegan a apoyar la clonación humana. Ayer sentí el rubor de ver en varios monitores lcd el espejo de mis vergüenzas, la cara Dolly de la excitación virtual en la red; la manifestación alucinógena de estar presente, a la vez, ante varios rostros en una sala de no más de 20 metros cuadrados. Pasada la novedad, no me queda más que decir gracias por una visita masiva que, aunque conmovedora de inicio, me ha hecho cobrar vida propia hasta el extremo de haber sido capaz de pedir permiso a mi dueño para navegar a mi antojo por el teclado de su ordenador. Hasta pronto.

Fdo.: el blog (sí, sí, el blog de Óscar Delgado Barrientos, no yo). Es un descarado y se ha apoderado, como dice, de mi intimidad. Necesitaba expresarse; el pobre, siempre callado... Es comprensible.
photo by marga ferrer

miércoles, 14 de mayo de 2008

Los otros, nosotros



Mónica, de Perú, estudió el doctorado en Matemáticas en la Universidad de Salamanca; Mila dejó Venezuela para ejercer de ingeniera en una empresa española implantada en otros cinco países europeos; Manu es el hijo de un empresario chileno con varias delegaciones en nuestro país; el norteamericano Gay estudió la licenciatura de Químicas en la Complutense de Madrid; Ana, originaria de Uruguay, es profesora de Redacción Periodística en Pamplona…Una foto fija de ellos en 1995 nos mostraría que eran valorados en España por lo que son: trabajadores cualificados, hijos de países exóticos, portadores de experiencias enriquecedoras, emisarios de otra cultura con la misma letra, soñadores, emprendedores, o no, como nosotros. Por aquel entonces, lo foráneo en nuestro país era tenido en consideración desde el valor diferencial que solemos aplicar a lo desconocido. Si entre un grupo de amigos, uno era venezolano, lo normal es que se convirtiera en foco de atención de conversaciones, comentarios y cuestionarios interminables sobre su vida al otro lado del charco. Recreaciones sin prejuicios de experiencias ajenas a nuestro entorno aprovechadas desde su sentido más didáctico.

La misma foto, amarilleada ya, ha quedado tan desfasada 13 años después que es difícil de asimilar. Hoy, la sociedad española tiende a desprestigiar al inmigrante de antemano, sin dejarle siquiera tiempo para decir hola o respirar. Somos tan crueles que, incluso, han sido etiquetados con términos despectivos que les engloban en una mayoría mostrenca sin corazón, sin alma y desde una perspectiva convertida en invasora. Los mismos que presumían de tener ese amigo venezolano cuando iban a tomar una copa o a la cafetería del campus son los que hoy procuran no coger el teléfono cuando les llama para quedar. Así de duro, así de real.
photo by marga ferrer

martes, 13 de mayo de 2008

Los caracoles de Alexia


Días de lluvia, éxodo de caracoles. Apreciados para su deleite gastronómico, los animalitos que trazan carreteras secundarias de babas, despiertan también la simpatía de quienes se preguntan, en tiempos de hipotecas impagadas y de embargos, cómo poder huir de los bancos con la casa a cuestas. Ninguno de los dos supuestos es el caso de nuestro personaje.

Alexia, una niña de 9 años amante de la naturaleza, no entendía cómo la gente podía ser tan cruel de devorar a los inquilinos de unas caracolas con vistas a las mejores plantas de jardines, bosques, acantilados de sal y prados con tejados micológicos. Durante una borrasca de un verano cualquiera, se levantó la primera para salir al jardín de la casa vacacional de los Pérez en la costa del Sol y recolectó una familia entera de caracoles que encontraron en la planta más alta de la parcela su rascacielos de vida. Fresco, con gotas de agua tan grandes como las cáscaras que arrastraban y con porciones de lechuga a su disposición repartidas estratégicamente por Alexia en cada hoja palmípeda de una variedad mediterránea del ficus, los inquilinos tenían ante sí una obra faraónica vegetal jamás soñada y con víveres para tres generaciones.

Llegó el día en que las tormentas amainaron, el sol renació con más vigorosidad y Alexia se despertó más tarde de lo habitual. Al salir al jardín, asistió a un espectáculo que marcó el resto de su infancia. Decenas de cadáveres de caracoles espachurrados contra el suelo por alguien sin alma se secaban al sol. La niña no pensó en los que sobrevivieron, sólo en volver a la gran urbe para masticar CO2, ver Barrio Sésamo, ir al cole y dibujar con ceras sonrisas imaginarias de sus amigos babosos.

Al verano siguiente no hubo tormentas, ni casa con parcela; sólo recuerdos de un jardín tapiado para construir una columna de apartamentos sin aire, sin vida, sin plantas, sin caracoles; nada.
photo by marga ferrer

lunes, 12 de mayo de 2008

Instantes


Vivo rodeado de fotos, cada día despierto con encuadres destripados la noche anterior, con el ojo crítico del visionario gráfico, del profesional sometido a un recorrido diario por el acontecer en formato digital. La versión analógica cada vez es menos usual, se queda reservada para el tiempo libre, eso es lo que me dice la persona artífice de tanto registro instantáneo, eso es lo que compruebo con ella cuando abordamos juntos ese momento de ocio, alejados de los encuadres cotidianos, en otras tierras, bajo otras sombras, testigos del mismo sol o la misma luna bajo perspectivas diferentes.

Lo malo de las fotografías es que carecen de la representación olfativa, de la auditiva, de la táctil, de la gustativa, pero evocan deseo, nostalgia, romance, realidad, sencillez, falsedad, manipulación, distorsión, pornografía, instantes. Instantes del momento vivido para ser revivido o expuesto ante los ojos de un tercero con recorrido vital diferente al del autor que es capaz de aportar matices nuevos o inesperados al momento captado.

Instantes de reflexión, de vida, de sueños (rotos quizá), de naturaleza viva, de rasgos muertos; instantes, al fin y al cabo, que testifican nuestra presencia bajo la esfera del todo vale si es susceptible de ser fotografiado. Nada cuesta menos que un recuerdo bien plasmado, nada satisface más que decorarlo con las vivencias propias o con las ajenas a través del manuscrito que lo adorna. Combinemos las texturas de la vida y obtendremos el placer de un plato servido al punto (crudo, irreal o maniqueo).
photo by somos

sábado, 10 de mayo de 2008

¿Crisis?


El paro aumenta, los trabajos se precarizan, la calidad de vida disminuye, los precios engordan, la crisis -o la coyuntura económica global desfavorable- se reafirma. Da igual cómo denominemos a la instantánea económico-social por la que atravesamos, lo importante es conocer su contenido para abordarlo con el mimo que requiere un enfermo en fase de locura transitoria cuyo bálsamo de fierabrás esconden celosamente los dirigentes del concierto internacional. El entorno globalizado del que depende el mercado de la oferta y de la demanda condena al fracaso a las políticas localistas dirigidas a paliar las consecuencias puntuales de la crisis. Los que vemos desde la barrera la suerte que nos tocará vivir durante los próximos meses no tenemos más remedio que buscar fórmulas de supervivencia domésticas impropias de cualquier manual de gestión que se precie. Aún así, si atendemos a que las monedas tienen dos caras y que hemos sufrido durante muchos meses el asedio de la cruz, no debe ubicarse muy lejos el anverso que nos dibuje la certidumbre financiera entre tanta sombra de pesimismo y de realismo feroz. La solución que ofrezco pasa por pensar más de forma individual y dejar de descargar el peso de nuestras decisiones en los que sabemos que no van a solucionarnos la papeleta.

Si el mercado laboral es inestable, habrá que hincarle el diente desde una perspectiva menos dependiente, más autónoma; si los precios de los productos básicos aumentan, pues qué mejor opción que comer en casa de los padres para no notar el sablazo de la cesta de la compra; que la gasolina alcanza un techo sólo superado por el precio del diésel, hagámonos amigos de los que siempre repostan la misma cantidad de dinero, independientemente del precio por litro, y subámonos en sus coches; que las hipotecas no se pueden pagar, llenemos las casas de inquilinos auspiciados por los mejores mecenas que podríamos imaginar y no dejarán de abonarnos mes a mes la cuantía fijada; que los restaurantes son para unos pocos elegidos que no sufren la crisis, montemos un colmadito ilegal en casa que ofrezca suculentos platos interplanetarios y pidamos la voluntad; que el Barça ha tenido que hacer el pasillo al Madrid, puf. Eso es más jodido, de ese tipo de crisis, mejor no hablar.
photo by somos

viernes, 9 de mayo de 2008

Gotas de primavera


Cuando llueve, los personajes que rodean la acción de mi entorno más próximo cambian de semblante. Tienden a esconderse bajo falsas apariencias, la prisa les reconcome y la ausencia de ademanes cómplices enerva el ambiente hasta caldearlo sin saber si lo que se mastica es humedad o indiferencia. Un paraguas es el mejor aliado en situaciones como la descrita; bajo él se imitan comportamientos trémulos heredados de nuestros ancestros, recogimiento fósil ante la inercia de evitar ser mojado, ser observado, ser espiado por los que miran desde cobertizos secos, habitaciones curiosas, portales cotillos, vehículos que vienen y van.

Cuando llueve, también hay charcos. Espejos para unos, juguetes para otros, agua estancada para los que carecen de la chispa que ilumina a los soñadores, quienes encuentran lagos de oportunidades abiertos al público, chapoteados, ondulados resquicios de pensamientos efímeros, enamoradizos, risueños, rotos, escarchados. Quisiera mojarme los pies pero ahora miro la acción desde mi puesto de vigilancia, desde mi conjuntivitis alérgica primaveral, observadora, con olor a mina de lápiz sobre un papel áspero.

Cuando llueve, escribo con las escotillas abiertas, por si cualquier gota mensajera se posara sobre el papel del que fluyen las ideas mojadas. Después, cuando ya no llueve, si cae el atardecer, paseo y huelo aromas primaverales custodiados por el croar de las primeras ranas del año y el embelesador e intenso perfume del jazmín.
photo by somos

jueves, 8 de mayo de 2008

El pasillo


Llevo unos días dándole vueltas al concepto pasillo con el pretexto de la ofensa futbolística propinada por el Real Madrid al Barça tras haber ganado el campeonato nacional de Liga el primero y tener que rendirle tributo el segundo. La anécdota me ha servido para reflexionar sobre la pertinencia del concepto asignado a tal aspecto: el pasillo. Significado adquirido porque los jugadores que se someten a tamaña humillación se disponen a ambos lados de la boca de vestuarios y aplauden la salida del equipo ganador en señal de cortesía y de reconocimiento por haber ganado el título. Forman un pasillo, claro, pero al mostrar las connotaciones referidas he dudado si no nos tendríamos que referir a éste como paseíllo, concepto más propio, procedente de la jerga taurina, que expresa el recorrido y el reconocimiento previo de la cuadrilla ante el público asistente. De una forma u otra, el pasillo o paseíllo se hizo ayer noche como mandaban los cánones y, para desgracia del aficionado culé, a la hora señalada, en los instantes previos al comienzo del clásico de los clásicos del fútbol español que enfrentó a los dos clubes en el estadio Santiago Bernabéu.

Había que dar el rodeo emprendido para quitarle hierro a un asunto por el que me alegro pero que no quisiera utilizar como arma arrojadiza contra nadie.
photo by somos

miércoles, 7 de mayo de 2008

Retén de guardia


Los fines de semana hacían guardia hasta el regreso de sus padres. La hermana mayor y el pequeño de la familia se quedaban en vela, no les gustaba dormir sin el halo de tranquilidad paternal, sin el mimo materno. No podían quedarse a oscuras e irse a la cama porque la imaginación despertaba de su letargo más terrorífico y les dibujaba siluetas de pánico coincidentes con cada ruido que escuchaban o, en su defecto, imaginaban. Los otros dos hermanos, el mediano y la mediana de la estirpe de los Gómez, dormitaban ajenos a esa estrategia del miedo, uno ocupando la planta baja de la litera, otra la cama gemela más cercana a la ventana del cuarto de las niñas. Una de esas noches, los dos visionarios de la ficción familiar jugaban al hundir la flota en la cocina. ‘No hay marcha en Nueva York’, de Mecano, sonaba de fondo, muy de fondo; mejor no interponer música elevada entre el silencio de la noche y la posibilidad de escuchar cualquier ruido ajeno a la normalidad estipulada por unos criterios basados en la versión hitchcokniana de la realidad.

De repente, un estruendo de los de verdad, no de los dibujados, heló las conciencias de los dos, allí, en la cocina. Un arrebato de pánico invadió la versión consciente del pequeño que, como un resorte, desencajado, sin rumbo, loco, se levantó gritando con la persistencia involuntaria de quien sufre un asedio inesperado, una luxación de rótula o un ataque de terror, que era el caso. Corrió despavorido por el pasillo de la vivienda, batiendo el récord de los 20 metros lisos indoor. Como único obstáculo, la cama gemela vacía de la habitación de ellas, que saltó como si le fuera la vida en ello para caer con los dientes en el suelo. La mayor recorrió la misma distancia con dos segundos de retraso; la mediana se despertó, no daba crédito. Su hermano sangraba por la boca; su hermana parecía Casper de lo blanca que estaba y el desconcierto reinaba en una habitación sin palabras, cerrada con el pestillo de la seguridad, sin oxígeno.

Al poco, alguien estaba aporreando la puerta. ¿Quién es?; ¿cómo que quién es?, abridme, que soy yo, Javier. Claro, se habían olvidado del mediano, un adolescente grandullón, pachorro y ajeno a toda aquella seudorrealidad. Esperaron unos minutos para salir, tenían que acordar la estrategia. Irían en fila india, por orden de edad, agarrados, sin soltarse hasta llegar a la cocina, al origen del pavor, de todos los males engarzados. Las respiraciones, sobre todo la de la mayor y la del pequeño, se aceleraban a cada metro que les acercaba a la estancia del terror. Cuando llegaron a la puerta y se asomaron, encontraron una bandeja y dos racimos de uvas desparramados por el suelo. Nadie había entrado, ningún ladrón a la vista ni monstruo de película esperándoles para ser devorados. La vibración del congelador individual ubicado en un aparte de la cocina había empujado la bandeja que sostenía hasta arrojarla al suelo. Sólo eso.

Llamaron a los padres para ‘tranquilizarles’ la velada: “Hola papá, ¿qué tal?, nosotros bien, podría haber pasado algo pero no nos ha pasado nada, tranquilos”. A los diez minutos estaban en casa y todos rieron salvo el pequeño, cuyo golpe en la dentadura le producía la suficiente dentera como para ahorrarse movimientos labiales hasta no visitar al dentista.
photo by somos

martes, 6 de mayo de 2008

La canasta


Verano de 1986 en un pueblo cualquiera de la meseta, hoy mermado por la emigración urbana, ayer con voces infantiles sonando todo el año en sus calles sin adoquinar, algunas con planchas de hormigón, otras delimitadas por rieras de piedra natural, embarradas al ritmo del transitar ganadero. La población, que en invierno no alcanza siquiera los 200 habitantes, se incrementa un trescientos por cien en la época estival; hijos de los hijos de los antepasados de los que heredaron los apellidos que hoy convierten a todos en primos lejanos, cercanos y postizos. Uno de los que se fue y siempre regresa es Herminio, residente en Madrid desde finales de los 60, cabeza visible de una familia numerosa, con dos hijos y dos hijas. Estas vacaciones quería darle una sorpresa al mayor por su cumpleaños y encargó una canasta con las medidas reglamentarias, tablero incluido, al artesano herrero del pueblo, quien la tiene lista desde hace unos días.

El regalo es un éxito. Carlos, que así se llama el primogénito, lo recibe con la cara del que sabe valorar un acierto. Jugador de baloncesto en las categorías inferiores de su colegio, se pregunta, sin embargo, dónde colgará un balumbo similar. Su padre, que ha pensado en todo, llama a la puerta de la casa contigua a la de la abuela de la criatura y se abraza con la persona que abre al compás de dos “bien y tú” que no han venido precedidos de la pertinente pregunta de “¿qué tal estás”, se da por hecha. Ezequiel lo tiene todo preparado. En el otro lado de su vivienda, coincidiendo con la esquina de la manzana, se abre una pequeña plazoleta presidida por la fachada principal de la casa, de donde cuelgan dos tachuelas coincidentes con los ganchos incrustados en la trasera del tablón de la canasta.

Miles de '21', 'Osos', '3 contra 3' y otros partidos inacabales consumen el mes de agosto más popular de un pueblo sin más infraestructuras y servicios hasta la fecha que un bar y un patatal con dos porterías oxidadas por el desuso cómplice de la mirada de las vacas y de los rebaños que pastan junto a los penaltis fallados hace una década. La canasta se convierte, pues, en el principal atractivo del barrio alto, al que llegan incluso las caras que siempre jugaban al escondite en las paredes del cementerio, al otro extremo del pueblo.

Al extinguirse el mes vacacional, la canasta se guarda bajo llave en la panera, las maletas en el maletero y la tristeza de los lugareños en la rutina de sus quehaceres agrarios los 335 días restantes.

lunes, 5 de mayo de 2008

Speakers


Los españoles somos muy dados a heredar costumbres foráneas con efusividad. Lo hacemos, además, sin complejos, hiperbolizando lo heredado por encima de su sentido original. De un tiempo a esta parte, uno de esos elementos importados del exterior es la figura del speaker. Como si se hubiera querido extender un lema similar a ‘ponga un speaker en su vida’, los organizadores de todo tipo de actos públicos cuentan con alguno de estos animadores o dj de la palabra como elemento indispensable para el éxito. Pero en lo que no caen, es que si interpones un ruido entre el espectador, el entendido, el aficionado o el exquisito de cualquiera de las disciplinas en las que se introduce la figura del speaker y el desarrollo lógico, recto e improvisado del evento, lo normal es que la realidad se distorsione hasta hacer insoportable lo que en un principio podía ser o siempre había sido un espectáculo.

Cuando un artista quiere compartir la letra de su canción con el público, ordena a los componentes del grupo que dejen de tocar los instrumentos para escuchar con la nitidez que merece el tarareo masivo del auditorio; es la culminación de un proceso que comienza con la publicación de un álbum, el aprendizaje de las letras de sus canciones, la asistencia al concierto y la reproducción de lo aprendido en compañía del resto de fans. Si introdujéramos el ruido del speaker en esta relación, el sentido del proceso musical se vería alterado hasta vaciar las gradas de los recintos.

Con todo, un partido de fútbol, un concierto de música, una feria agroalimentaria, etc. son blancos de su presencia, sin que la improvisación que caracteriza a la reacción de una masa satisfecha, insatisfecha, eufórica o expectante pueda reconocerse ya entre los alaridos de ánimo, las soflamas corporativistas, las reacciones ficticias y los aplausos de lata grabados en un cedé. Así, la euforia que desata el gol que decide un título queda enterrada por la canción de moda, por el grito insoportable de un aficionado a sueldo que intenta animar a las gradas desde su garita de dj de crecepelo como si no lo estuvieran y por los compases de notas musicales adaptadas a las circunstancias deportivas del momento. En definitiva, un nuevo lenguaje superpuesto al que marca la tradición o la jerga de cada disciplina que hace insoportable la exhibición de la alegría, la tristeza o la euforia del espectador.

sábado, 3 de mayo de 2008

Filosofía vampírica


Lo que contamos, lo que conocemos, lo que vivimos, los que sobrevivimos, atravesamos un tiempo histórico heredado de otros tiempos más lejanos, más cercanos, repetidos siempre, que dibujan nuestra trayectoria vital desde el prisma por el que queramos mirar. Somos supervivientes de generaciones expuestas a miedos distintos a los de hoy; epidemias, guerras, revoluciones, contrarrevoluciones, imperios, reinos, nobles, ricos y pobres colocados en un tapiz delator de las circunstancias puntuales que a cada uno nos toca vivir. Dibujada, memorizada o fotografiada, la memoria esconde los recovecos del sentido de nuestras vidas adheridos a la propia experiencia y a la experiencia narrada de los que nos antecedieron en el escenario del mundo. ¿Filosofía o historia? Ésa es, precisamente, la pregunta que se hace el lector que aborda el Premio Nadal 2008.

‘Lo que sé de los vampiros’ repasa las vivencias cíclicas de Martín de Viloalle, un personaje que atraviesa, perseguido por su propia desdicha y el azar, la Europa absolutista del siglo XVIII, desde España hasta Inglaterra pasando por Italia, Alemania, Dinamarca y la Francia de la Revolución. Época de visionarios, de supersticiosos, de vividores, de estafadores, de vampiros al servicio de la causa más noble del ser humano: el instinto de supervivencia. El reto es sobrevivir en un ambiente de conspiraciones, de alquimia, de francmasones disfrazados de monarcas y viceversa, de mercancías filiales, y de verdades filosóficas adaptadas al juicio de quien las interpreta.

Francisco Casavella emprende, pues, un recorrido fascinante por un siglo XVIII abordado desde el frenesí en una representación teatral permanente; una metahistoria inventada dentro de la historia que nos tocó protagonizar y que protagonizamos. A mí me ha convencido, no sé si al Óscar que sobreviva al paso del tiempo, a aquel del que se hable cuando me vaya le gustará tanto.
photo by somos

“Un vampiro significa lo que cada uno desea y, desde luego, cada persona sabe mucho sobre quien cree su ‘vampiro’” (‘Lo que sé de los vampiros’, Francisco Casavella. Ediciones Destino, Barcelona, 2008).

viernes, 2 de mayo de 2008

Aceites


Parece que, como otras crisis alimentarias, la del aceite de girasol ya ha pasado al olvido. El elemento nocivo que atemorizó a la sociedad española consumidora de ese tipo de líquido parece haberse esfumado, se ha quemado en su propia balsa mediática. Como siempre, las portadas de los rotativos lucieron tipografía al respecto del tema de moda durante esos dos o tres días que una noticia no deja de serlo o es lo suficientemente rentable como para darle esa entidad. A pesar de los ‘esfuerzos informativos’, ya ha pasado una semana y yo sigo sin saber qué botellas de marcas blancas eran las que contenían el aceite contaminado.

Los medios de comunicación informan a medias siempre que el afectado por el contenido de sus columnas es algún empresario o político de los intocables. No nos cuesta mucho pensar, pues, que los aceites de marras se vendieran en El Corte Inglés, en Carrefour o en algún centro comercial propiedad de un amigo del Gobierno o, indirectamente, del presidente de ése o de aquel grupo de comunicación. Nadie sabe dónde está el aceite maldito pero, a buen seguro, una amplia mayoría lo terminaríamos probando sin enterarnos. En casa yo sólo utilizo el de oliva pero cuando salgo a comer por ahí, desconozco si el aceite con el que cocinan los platos que pido es de una u otra tipología. No estaría de más que se aprobara una normativa por la cual el consumidor en locales públicos conociera el aceite utilizado para freír el filete o el pescado del día que demanda. En Grecia, donde siempre están un escaño por debajo de nosotros, ya lo hacen en la mayor parte de establecimientos de restauración.

La oscuridad informativa, el eclipse de contenidos sombreados por la mano que mece el dinero de los que ostentan el poder, es una merma histórica a los intereses verdaderamente lícitos de unos ciudadanos carentes de la verdad por sistema a los que se obliga a salir a la calle con el sesgo del parche en el ojo o de las mentiras contadas a medias.
photo by marga ferrer

jueves, 1 de mayo de 2008

Bocazas


“Persona que habla más de lo que aconseja la discreción”. Últimamente me enfrento en numerosas ocasiones a posturas ajenas a mi forma de pensar. No, no digo que sea extraño, es más bien lógico. Pero el matiz que incorporo es que esos criterios que me abordan lo hacen con el desprecio al mío o sin la oportunidad de emitir juicio de valor alguno. Determinados individuos, poco acostumbrados a documentar sus verborreas, aprovechan la ocasión que les concede tener voz ante un auditorio para exponer argumentos que, sin detenerse a preguntar, dan por hecho que coinciden con el de los allí presentes. Argumentarios heredados de sus mentores espirituales circulan por su cabeza con la necesidad de ser escupidos como un virus contagioso. Por suerte, algunos están inmunizados ante ese tipo de imposiciones chabacanas, maleducadas y despectivas. Nadie puede dar por supuesto que su interlocutor sea de una ideología u otra, que esté a favor o en contra del tema de actualidad, o que sea o no sea religioso, político o apolítico.

Lo difícil es plantarles cara, precisamente porque aprovechan momentos de indefensión o circunstancias en las que la educación del que sufre similar atentado contra su libertad de expresión, opinión o criterio actúa con el autocontrol del silencio para evitar sonrojar al osado en plaza pública. No me gusta que me parafraseen argumentos falaces que nunca he dicho o ni siquiera opinado; no me gusta que lo haga el desconocido con palabras de hojalata; no me gusta hablar por hablar, ni que hablen por hablar delante de mí con la licencia del demagogo que se apropia de mis ideas sin tenerlas ni siquiera en cuenta.
photo by somos