miércoles, 31 de diciembre de 2008

Copos de despedida


Se acostó la penúltima noche del año con las pilas descargadas, sin cenar, roto a gintonics. 2008 no pasaría a su intrahistoria como el mejor de su vida. Tenía hemorroides, había vuelto a fumar, a reencontrarse con la versión crápula de la que huyó cuando formó una familia, fue nombrado directivo de una empresa de la sociedad de la información y adquirió una casa en Torremolinos, con muebles y perro incluidos.

Al abrir los ojos, a eso de las ocho y cuarenta y seis minutos de la mañana, su visión quedó cegada por una luz diamantina que rompía la habitación. No reparó en cerrar la persiana al acostarse y pudo conocer de cerca los efectos de la teoría de la refracción. Un sol brillante se coló como un intruso por la ventana, rebotó en el espejo del armario y se comió sus ojos entreabiertos, de aspecto vidrioso y de color rojo vampiresco. Entre la confusión y el aturdimiento, le cautivó un baile atípico, un compás entretenido para una mirada vaga, reacia, obstinada en reproducir el sueño incómodo y sediento que había sido desvelado por la luz. Cientos de motas de polvo removido, ácaros voladores, levitaban sobre su cuerpo inerte, engullido por las plumas del edredón y las sábanas de franela que le regaló su madre. Se movían como las partículas que imitan a la nieve en las bolas de recuerdo turístico, como copos de despedida, como fragmentos de Navidad tardía, como proyectos rotos en mil pedazos, como los días de un año aciago para su suerte.

Feliz 2009, pensó.
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domingo, 28 de diciembre de 2008

El vuelo gallináceo


Al terminar el recorrido virtual (en tanto que lo abordamos unas seis décadas después de haberse producido) que Josep Pla emprende en un medio de transporte social como el autobús de la posguerra, el que recorría los pueblos de las comarcas catalanas y de tantos otros rincones del país, queda la sensación de cansancio, de haber pasado frío en las fondas inhóspitas de entonces, de sentir el calorcillo de la estufa en el bar del pueblo, de masticar el polvo de la carretera, de quedarse con las ganas de preguntar los detalles de alguna de las circunstancias folklóricas que presenta el escritor de Palafrugell en su “Viaje en autobús”.

Una fotografía social de entonces reproducida con la mejor calidad de píxeles: la palabra, la oratoria escrita desde la campechanía que concede saber mirar las cosas apostado en la barrera, implicado en el baile cotidiano de la vida y parapetado en la más fina ironía. Relatos y anécdotas reproducidas con un delicioso sarcasmo y no menos ingeniosa forma de picar a la gente con la que el escritor coincide en el día a día de un trayecto en autobús incierto para extraer la información que requiere el contraste entre lo vivido y lo participado, entre lo prejuzgado y lo representado, entre la experiencia y la convivencia de caracteres rurales.

Tras el “vuelo gallináceo” (sic.) emprendido por Pla dan ganas de hablar con los que vivieron aquella época de viajes eternos en autobús, de rescatar la secuela de los que hoy lo utilizan y de conocer mejor el entorno en el que nos toca vivir, a veces tan cercano, otras tan lejano, la mayoría de las ocasiones hostil. El “Viaje en autobús” del escritor catalán permite acceder al retrato costumbrista de la Cataluña de posguerra con la nitidez del dvd, o del blueray, la misma que procede de la imaginación despertada en el lector por los estímulos de vida de un gran escritor.
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Pla, Josep: Viaje en autobús, Ediciones Destino, 5ªEd., Barcelona, 1991

viernes, 26 de diciembre de 2008

Madrid 30*


La discordia entre la soltería y el compromiso nace cuando dejamos de salir con los amigos. El punto de encuentro habitual ha dejado de esconder la magia de antaño; no hacía falta programar la ‘quedada’, un rumor preestablecido nos convocaba allí a todos. Desde hace un tiempo cada cual ha emprendido un viaje vital dispar, sin compromiso con la falta de compromiso. Si se da la casualidad de coincidir tres de los diez que no faltábamos a la cita es motivo sobrado para una borrachera recogida, sin más aspavientos, sin coger el metro, sin moverse. Ni transporte público ni ahora privado, ¿para qué? “No liguéis, es innecesario, cualquier persona con dos dedos de frente vería vuestra fecha de caducidad. La lleváis inscrita en vuestra alma de soñadores, en vuestro club privado de recuerdos, en vuestro corazón con olor a naftalina y a sudor de abuelo”. Eructos de grandeza, delirios de barrio, punto de partida.

La calle Barceló ha dejado de ser la calle del But; la calle San Marcos ya no es la del The Cult; en la plaza de Chueca se reivindican derechos con más fuerza que antaño, cuando bailábamos temas The Mission, The Smiths o The Cure en el Osario. Nadie tenía que mirar a nadie, todos formábamos parte de nosotros sin prejuzgarnos por ser borrachos, gays, lesbianas o vividores. El Túnel ha dejado de descuidar uno de sus dos grifos de cerveza, quizá porque la gente ahora es más descarada al ponerse tres minis de gorra; Depeche Mode servía para anestesiar el ánimo justiciero de un propietario sin clientela los jueves; Malasaña hierve con el ruido de un botellón despertado por el afán de la nueva restauración, bares parecidos a Ikea en la imagen y a un atracador en las formas.

Tendríamos que aparcar esta perspectiva del vértigo. Somos libres, claro, pero no utilicemos la libertad para homogeneizar nuestro pasado, que bien valioso es si se presenta con dos canónigos, en una fuente de cerámica de Sargadelos. ¡Qué rica sabe la fantasía de una amistad guardada en un frasco que soportaba garbanzos! Ya sabéis, la sociedad del reciclaje, esa costumbre de poner de moda lo que nunca ha dejado de serlo. Pasad, bienvenidos, podéis gritar.
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*Artículo publicado por Óscar Delgado en la revista duermevela en su número de diciembre de 2007

sábado, 20 de diciembre de 2008

Destellos


Si me preguntas por cuál fue el primer recuerdo que mi psique retuvo, no sabría especificar cuál, más bien creo que tendría forma de heces vacunas de los Picos de Europa. Todos hemos sido niños, pero es difícil delimitar el acontecimiento o circunstancia original, el que marcó el halo de experiencia que se quedó anclado en las instantáneas mentales con las que refrescamos la vida sin que el paso de los años las resten viveza. Destellos que se erigen en hitos de lógica, en hilo argumental de nuestra presencia entre los demás, en pautas de comportamiento modeladas en relación a la experiencia vivida.

Son fotografías mentales que se anclan sin querer en el cerebro para asaltar la consciencia en tiempo real, alejadas del ruido circunstancial del momento vivido, del intento por concretar in situ qué detalle de todos los que nos asaltan es el que saldrá al rescate cuando haya que renovar el recuerdo. ¿El primer gol? Ninguno en concreto, cualquiera de los que marcó Hugo Sánchez de chilena; ¿y del colegio?, el olor a ceras y las pizarras que levantábamos en clase al unísono para dar respuesta a las preguntas de la maestra; ¿y de la Navidad?, el olor a abeto y a musgo, la ansiedad por descubrir a Papá Noel.

Pero hay más, palabras que no tienen importancia el día que se emiten, acontecimientos que no adquieren el rango de históricos hasta que no se recuperan en perspectiva; consejos tragados con recelo en el momento de ser ofrecidos; frases lapidarias de origen acuoso que abanderan causas futuras; canciones desconocidas que marcan el tarareo de nuestra banda sonora original de por vida; segundos de producto audiovisual rescatados cuando volvemos a ser niños… Destellos, al fin y al cabo, que imprimen carácter y que nos hacen ser de una forma u otra en el escaparate cotidiano. Y tú, ¿qué destellos tienes?
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jueves, 18 de diciembre de 2008

No era un vampiro


Ha muerto Francisco Casavella, el escritor del Premio Nadal 2008, el mismo que cambió su apellido para que no le confundieran con otro, el autor de novelas cercanas cuyo registro alteró por la filosofía vampírica de ‘Lo que sé de los vampiros’, una obra extensa que leí con avidez la pasada primavera, con la que me sumergí en logias dieciochescas en un recorrido pícaro por la España de la expulsión de los jesuitas, la Roma de los artistas y los países del norte de Europa de reyes y príncipes destronados. Un continente y una época de vampiros que Francisco Casavella recreó en las páginas de una novela de la que ya se habló aquí. La oscuridad de un momento histórico marcado por quién sobrevivía, cómo y a qué precio. Vampiros diferentes a los de Stoker, chupasangres que habitaban las vidas de la gente de bien y de mal, los mismos que hoy se visten de farsantes.

Francisco Casavella se ha ido en el siglo XXI del frenesí a los 45 años. Un infarto ha detenido sus letras. Deja un cerco de palabras reconstruidas en sus novelas, aplaudidas por los titulares que hoy recogen la fatalidad y reflexionadas por espacios para el comentario como este blog. Un saludo, Francisco, será un placer seguir leyéndote.

martes, 16 de diciembre de 2008

Método google


Se reconstruyó una vida con retales googlelianos hasta forjarse otra identidad que compensara los defectos que habían acomplejado su comportamiento. Aprovechó que compartía nombre y apellidos con otros cientos de personas por el azar del destino, tan diferentes como los bufetes que dirigían, las panaderías que regentaban, las canastas que metían, las patadas que propinaban, los delitos que cometieron algún día; como los pederastas atrapados con las manos en la masa, los borrachos anónimos, los empresarios del año, los escritores con sillón en la Academia, los bailarines de postín o los energúmenos que nunca callan.

Era una persona nueva, configurada a base de horas frente a la pantalla, matizada por los numerosos perfiles aprehendidos en el buscador durante su estancia en la habitación de los deseos concedidos. Siete megas de conexión, cuarenta y tres sesiones de dieciocho horas cada una, ciento veintinueve litros de coca cola, tres lápices alpino, un sacapuntas, doscientos trece folios, una tarjeta de memoria de 512 mb, su cámara de 7.1 megapíxeles, una grabadora de voz con 150 horas de sonidos ininteligibles, 2 gillette desechables, veintiún paquetes de chicles en grageas, treinta y dos bolsas de patatas onduladas, un microondas, diez lasañas precocinadas, cincuenta y tres sobres de nescafé classic, gominolas a gogó y pan. Al amanecer del cuadragésimo cuarto día, salió a la calle y gritó: “¡Holaaaaaa!”. Como un mes y medio atrás, nadie le escuchó. La vida real no entiende de frikis.
photo by marga ferrer

domingo, 14 de diciembre de 2008

La matanza


Toco el barrote de la cocina vieja que mantiene en vilo dos trapos roídos por el uso y está frío, me deja en la mano un olor metálico, el mismo que desprenden algunos bastones de época, candelabros, cazuelas y morteros que fabrican ungüentos de sabor astringente, del que se contagia el caldo que calienta el estómago en los días que preludian el invierno en su versión más cruda.

Es tiempo de matanza, la del marrano, claro, de compadreo entre casas de pueblo, donde ayudar al prójimo es algo habitual sin que haya que colocar medallas al mérito en momentos de egoísmo generalizado. Por unos días aparcan el qué dirán, ahora hay que juntar las manos y matar al cochino, vaciarlo, colgarlo para que pase la noche bajo una helada mesetaria, entripar los chorizos y los salchichones, adobar la carne con la que alimentar la despensa, probar, charlar, beber vino cosechero recién sacado de la cuba, encender la lumbre que humeé las viandas recién encordadas, colgar los jamones y las paletas, hablar del tiempo, de lo poco que Pepe va al bar, jugar la partida de tute con la recompensa de la gratuidad del café para el ganador, esconder los pies bajo la mesa camilla, arrimarlos al brasero de la leña quebradiza recién extirpada de la cocina de bronce, la que ahora ya funciona a pleno rendimiento, sobre la que hierve el agua que sanará las tripas y las patatas que enmarcarán el plato de asadurilla.

Los mofletes arden, coloreados por el calor artificial que es cortado por los cuchillos del viene y va de la puerta, del ajetreo de quince personas que no cejan en su empeño por sincronizar el dictado de la tradición. Tiemblo al pensar que llegará el momento de irse a dormir, a la cama planchada por lenguas de frío castellano, alejada del calor del corazón de la casa, sola, húmeda, tiesa. Dentro de unos meses, cuando las primeras viandas lleguen a la mesa, ya en la ciudad, saborearé el éxito de haber contribuido a mantener viva la matanza, aunque sea desde estas líneas que la abordan en la distancia, agarradas al recuerdo de haber participado alguna vez en tan singular manifestación humana.
photo from www.focarei.net

viernes, 12 de diciembre de 2008

Una decisión importante


Cien manos lo empujan a levantarse de la cama, hoy no va ni a desayunar, tiene ocupaciones serias que atender, ha quedado con su amigo en la puerta del instituto cuarto de hora antes de lo habitual y no quiere llegar tarde. Se arregla como los gatos, coge la mochila clon a la del ochenta por ciento de sus colegas y sale escopetado sin dar explicaciones a su madre, que se queda con un ¿a dónde vas? sostenido en sus labios, apagado por el golpe de la puerta blindada bajo el dintel de la discordia entre los vecinos de descansillo. La cambiaron hace unos meses porque era una invitación para los ladrones y no se dieron cuenta de que las medidas de la nueva sobrepasaban los límites marcados por las del resto, algo que contraviene las normas de la comunidad y el aspecto visual y uniforme de la escalera de la finca número veinte de la calle Sotillos.

Pero no hablamos hoy de eso, sino de las prisas por intercambiar balbuceos púberes, de inventar películas adaptadas a cualquiera de los guiones del cine de aventuras de antes y del gore de ahora. Los dos amigos están nerviosos en su reencuentro en la puerta de un instituto hoy más diamantino que nunca; se pisotean las palabras, ansiosos por acometer la misión que planificaron ayer minuciosamente. El vaho que fluye de sus bocas hace evidente desde la otra acera que la comunicación entre ambos debe de ser difícil, hablan a la vez, se empujan, no se ponen de acuerdo. Ya está, lo han decidido, lo van a hacer, salen corriendo a la par, se distingue cada vez menos el sube y baja de sus mochilas en la espalda hasta convertirse en un punto y en una ‘i’.

Sus primeras pellas.
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jueves, 11 de diciembre de 2008

De plásticos y viandas


Plásticos guiados por agujas que dan vida a una fiesta, ingrediente fundamental de los guateques paternos, hoy asoman sus crujidos de sonido de vez en cuando, en fiestas privadas de cuatro amigos que fueron y que serán otra cosa, donde la nostalgia es la que preside la escena, o en discotecas que compiten por ver quién imita mejor a golpe de talonario a las inigualables producciones musicales del verano en Ibiza.

El otro día tuve la suerte de improvisar una cena en casa de unos colegas de profesión que, además de ayudarme a deleitar el paladar con gustosas viandas, pincharon numerosos vinilos procedentes de la estantería remember de su salón. Disfruté de lo lindo de temas sin resonancia de hojalata, con saltos de aguja incluidos, clásicos del rock de ayer y de hoy, y del goce de tener entre mis sentidos la sensación del paso del tiempo recreada con borbotones de graves, guitarreos, un poquito de vino y una pátina de conversación sincronizada que envolvió la noche de magia.
photo by somos

domingo, 7 de diciembre de 2008

Clean


Camino de cualquier obra, en el coche paterno, vigilante de las maniobras trazadas por los conductores que salpican la carretera, pendiente de la mercancía de los cientos de camiones que vamos olvidando, lavadora de sueños en la cabeza, intercambio parco de palabras, no hay móvil porque aún no existen, pero llegarán, escojo una casete de entre veinte, ninguna coincide con la carcasa que la guarda, rompo el silencio, pido permiso para introducirla en el loro y, a los ocho segundos, mis oídos ya escuchan los acordes de una canción que hoy rescato como banda sonora original.

Las nubes se despegan del cielo empujadas por la luz roja que deja el sol en su huida hacia otras latitudes, carreteras secundarias, baches eternos, huele a tomillo mezclado con monóxido de carbono, a nicotina recién extinguida en un cenicero sin vaciar, me entran ganas de echar una cabezada, ahora que estoy en la gloria, con los pies descalzos sobre la alfombrilla que pisaré hasta que la cinta dé tres vueltas, tres caras, tres veces de reconstrucción de un momento ‘clean’. Llegamos.

photo by somos

Clean se incluye en el LP de Depeche Mode, Violator (1990, Mute Records)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Un post indiscreto


Mirar a los demás con la curiosidad del antropólogo encierra riesgos. Por lo menos, el de que te acusen de convertir en categoría la percepción que de una persona tienes cuando ésta cree que sólo la conoces de sólo unos minutos y realmente llevas más tiempo analizando su comportamiento, sus gestos, sus risas, sus sentencias, sus manipulaciones, sus aseveraciones, sus devaneos, su forma de escuchar, de contar y de hablar. Se trata de ubicarse fuera de conversaciones y escucharlas, atender las voces que hablan mientras el retrovisor refleja las de otros, utilizar ganchos conversacionales para provocar la reacción esperada en el interlocutor, recurrir a placebos que delatan falsedades, esgrimir argumentos contrarios al pensamiento de uno para corroborar la ideología del que los refrenda o rechaza, provocar, al fin y al cabo, para confirmar la veracidad o la falsedad de las profecías proyectadas hacia el comportamiento de los otros.

Es el ojo crítico que todo lo destripa, la mirada desconfiada que no cree en las buenas palabras hasta que las contrasta, el sexto sentido que delata la presencia de impostores en la realidad más cotidiana, la del coto privado de caza, la de las verdades vestidas de verdad. Nadie mira donde no le toca sin perseguir convencer de aquello en lo que no cree.

Yo me aparto.
photo by marga ferrer

lunes, 1 de diciembre de 2008

Pasados de vueltas


La lista es muy larga, aunque les une una nota distintiva, la de la falta de prudencia, la tranquilidad de poder decir lo que les venga en gana por saberse tenedores de una experiencia venida a menos. Han dejado de ocupar las portadas de los medios de comunicación, aunque organizan bolos amañados, con asistentes de estómagos agradecidos y editoriales publicadoras de biografías que les doran la píldora para hacerles creer que mantienen el status que perdieron. Suelen ser políticos que gozaron de poder, lenguaraces jubilados dedicados a otros menesteres, a la profesión que nunca desempeñaron, a ser funcionarios de carrera, a conferenciar entre conferenciantes, a tertuliar entre contertulios, a fantasear entre fantasmas. Perdieron el sentido de la orientación dialéctica cuando dejaron el mando a otros, algo que se les quedó pequeño, por lo menos ahora, en la distancia, cuando observan a su homólogo actual en el cargo y fantasean sobre las vicisitudes a las que se enfrentan, lo noveles que son los que llegan y lo estúpidos que son los asesores que los rodean.

Son legión y aparentan ser menos. Llevan una vida sana, la del potentado que no descuida los quehaceres paranoicos que le ayudan a sentirse eternamente importante. Miran a los que pelean en el escenario donde bregaron hace tiempo como el niño que repite curso y se ríe de los nuevos, de las manías del profesor que ya conoce o de los suspensos por los que lloró una sola vez. Van sobrados, pasados de vueltas y sólo saben largar palabros con los que llamar la atención, como seniles de la verborrea, dinosaurios de la palabra utilizada con mal gusto, albaceas de su reputación, butrones de la actualidad, contrarios a la ideología que defendieron con vehemencia, rompedores de disciplinas mantenidas durante años, cínicos de la política, vividores del periodismo. Venga, que van los nombres: (eso os lo dejo a vosotros).
photo by marga ferrer

domingo, 30 de noviembre de 2008

La escena final


Servando cayó en la cuenta de que el recinto que lo vio nacer en el mundo del espectáculo no era tan grande como pensó aquel día de otoño. Se había hecho mayor y sus ojos ya no comían a destajo, su capacidad de sorpresa y enaltecimiento de lo contemplado se habían reducido a la mínima expresión. Para él ya estaba todo inventado, los borbotones de imaginación infantil hace tiempo que se fugaron y ni siquiera la nostalgia le ayudaba a recomponer la ilusión, todo lo contrario, se entristecía, impotente, por no ser capaz de recuperar vibraciones de inocencia.

De mayor quiso ser artista, pero no así. No le faltaba de nada, su cuenta cada día abultaba más, cenaba en los mejores restaurantes de la ciudad, viajaba con la frecuencia del trotamundos, todo estaba a su alcance. Pero lucía gris, ojeroso, triste, como florero chino en el recibidor de la vida contemplada. Ni la cercanía de la Navidad, ni el volver a ver a los suyos, ni la visita de su amigo Daniel, ni su gato Sam, ni aquel libro de aventuras que le hizo llorar hace dieciocho años, 23 semanas y un día estimularon su corazón. Ya había vivido bastante, lo suficiente como para pescar las vivencias que cualquier ser humano tendría que tocar antes de ir a la fosa.

Servando sobrevoló la estancia despacio, con el sabor neutro del torpe que no supo guardar una esquirla de emoción para el último aliento.
photo by marga ferrer

viernes, 28 de noviembre de 2008

Vinateros


A las cinco hemos quedado en la boca de metro de Vinateros, en el Madrid vespertino del otoño de hoja genérica, la misma que inspira tiras de cómic y amarillea el paisaje asfáltico de la ciudad. Moqueo mientras contemplo el devenir profético de la gente que camina por delante de un colegio público que, como vicuña, espera el recorrido del tiempo para asaltar la suerte de almas nuevas con las que presumir de experiencia en el barrio.

Nada cambia tan rápido como el parecer de los que sueñan con regresar algún día a las estampas que dibujaron años atrás, cuando la vida se entrenaba a golpe de vibraciones primigenias, las del niño curioso, travieso, gamberro o delincuente, da igual si la inocencia es la que guiaba las fechorías. Me quedo mudo si pienso en las papeleras metálicas donde al salir del metro la gente tira los billetes sencillos manidos por dedos sudorosos que miran al cielo de la timidez, o los bono metro de textura menos dura que la de los amarillos de los noventa, aquellos que se convertían en postas con las que hacer picar las piernas a las viandantes, sistema masoquista de ligoteo exprés para quienes desconocían las artes amatorias.

Vinateros viene y va con frecuencia anunciada en paneles luminosos, viene y va con la alopecia del que dejó de pisar el andén, marcha y no volverá de las épocas lejanas, del destajo comprometido en una llegada a las once, de la verborrea de listillo sin experiencia busca a alguien que se la dé, imitador de noches que cabalgarán siempre, como dijo David Barreiro no hace más de 72 horas, “por encima del tiempo”.
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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Paulino o Fulano


Explorador de trayectos infinitos, personaje de recorrido invitado, plastilina por barnizar, propietario de un escarabajo curtido en mil batallas, hombrecito campechano que sabe disfrutar de los pequeños detalles, protagonista de un corto en duermevela, excitador de la noche anecdótica, animador de la improvisación, famoso de mirada cariñosa, paisano de su salón, estrella de conversaciones escuchadas, conductor de primera.

No sé si llama Paulino o Fulano, el nombre es lo de menos, sus padres nunca se pusieron de acuerdo. Estuvo en Navia antes que yo, municipio al que debo una visita desde el 22 de septiembre de 2007. El otro día me lo recriminó al cogerle entre mis dedos curiosos, pero no quitó la sonrisa de su reducida cara. Es un muñequito más pequeño de lo que aparentaba en la gran pantalla de las experiencias, en aquella invitación audiovisual que ciertos seres remitieron a mi buzón hace más de un año. En carne y hueso, aparcado junto a su escarabajo rojo, rodeado de saber escrito y dibujado.

Encantado Paulino, ¿o Fulano?
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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Suplantados



Carlos salió a la calle vestido de lo que no le tocaba, de algo que jamás pensó que iba a lucir para sentirse seguro de sí mismo, de alcornoque infiel a su persona. Prefirió cabalgar el día sin ser él, optó por ofrecer la imagen que pensaba que aplaudirían los de su entorno, la del necio escondido en un rol incómodo. Lo mismo le pasó a Cristina que, después de romper con Sergio, tras una relación de once años basada en métodos tradicionales de subsistencia en pareja, emprendió una nueva aventura con el macarra del barrio, comenzó a tomar pastillas y a esnifar cocaína porque así demostraría que había superado su relación anterior y que era chachi, una tía dabuten. A Esteban no le apetecía nunca salir pero pudo más la presión ejercida por sus ‘amigos’; era el ‘rajao’, el panoli, el tonto del grupo, el que nunca bebía más de la cuenta, el que no decía nada a las chicas, el que recibía la colleja en el metro cuando abría la boca, el que salió tantas veces que un día acabó con el corazón roto en la puerta de un pub de mala muerte, sin que ninguna de las polillas de barrio que lo rodeaban hubieran hecho algo por evitarlo. Suplantaron su personalidad para adaptarse a la de una superficialidad incómoda, la del día a día, la de las pruebas de fuego en épocas de vacas flacas, la del barrio apagado, la de la bruma carcomida en la ciudad contaminada, la de los días cortos que nunca acaban, la del fracaso escolar, la de la ostentación falaz, la de los nuevos ricos sin dinero, la de la apariencia fantasma, la del qué dirán urbano. Esperad.
photo by marga ferrer

viernes, 14 de noviembre de 2008

Huellas


Cuando miro hacia atrás y rescato los recuerdos que plasmo en líneas de reflexión tardía, aprovecho para llenarme los bolsillos de la chaqueta de consejos, aplausos, collejas y demás aperos vitales que me traen a la memoria cuestiones de ayer para aplicar hoy. Lo hago con la ansiedad del egiptólogo que acaba de descubrir el tesoro oculto de un faraón y quiere recoger el botín entero antes de que se le caiga una maldición encima.

Deambulamos bajo destellos de orientación efímera, la experiencia nos marca pautas de comportamiento que ayudan a orientar el peso del rol que desempeñamos y nos ponemos a flor de piel cuando identificamos reacciones en los otros parecidas a las que despertaron en nosotros. Funcionamos por identificación de sentimientos, cuanto más cercanos, mayor la empatía que despiertan; nos creemos exclusivos por nuestra forma de pensar, de interpretar la realidad, de reflexionar hacia dentro lo que nunca expulsamos hacia afuera. Nada nuevo bajo el sol, huellas de paso borradas por el tiempo.
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sábado, 8 de noviembre de 2008

Por cinco minutos


Le gustaba llegar a sus citas con cinco minutos de antelación, así podía ir al baño a orinar si la persona a la que esperaba era importante, algo que le ponía los nervios a flor de piel y la vejiga en estado de eclosión inminente. Esta era una de esas veces; había logrado quedar con ella, con el hada que había entronizado sus sueños infantiles, sus vacilaciones húmedas entre sábanas de púber, la reina del mambo, musa de escenas fingidas, de escritos perdidos en carpetas de desorden, de pensamientos ocultos en diálogos para sordos, en miradas vidriosas de trayecto incierto.

No sabía si el sitio era el adecuado, una cervecería de solera en el centro de Madrid, alimentada por voces eufóricas que reclamaban cientos de cañas un sábado por la tarde cualquiera del otoño capitalino. Encontró cobijo en una mesa parapetada al fondo del local, entre barriles disecados, serrín, cabezas de quisquillas, servilletas moqueadas y chapas de bitter. Un frío carnívoro, alimentado por la temperatura estéril del mármol sobre el que vacilaban sus manos, le impedía reconciliar la razón con sus gestos. Era la hora, se levantó apresuradamente, avanzaba entre risas y codazos de recesión dosmilochesca; ido, sonámbulo, estúpido. Cinco minutos son muy largos.

Cuando el hada llegó, en la mesa sólo quedaba el halo de cobardía de un soñador a la fuga.
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martes, 4 de noviembre de 2008

El benjamín


En el salón, los mayores hablaban de sus cosas, bajo la humareda de una sobremesa de domingo. Pastas, café, bebidas espirituosas, puros de la boda de la prima Ester, azúcar en el mantel mezclada con migas convertidas en pelotas negruzcas, pisotones conversacionales, el ronquido del abuelo de fondo –siempre se quedaba dormido en el sofá, frente a la tele, a un metro y medio escaso de la mesa presidencial- y el teléfono fijo que reclamaba cada cierto tiempo la atención de los miembros familiares, cuya avidez parlamentaria no abandonaban hasta que tenían bien caliente el auricular y su interlocutor se preguntaba: “¿hablas conmigo?”.

La confusión, la algarabía y la felicidad, consecuencia de la fermentación acelerada de la cerveza del aperitivo, el caldo de la comida y los licores del postre, propiciaban el escenario perfecto para cometer fechorías infantiles. No había vigilantes, era fácil escuchar la conversación telefónica desde la habitación contigua o estropearla con ruidos de película de serie b; tocar las cosas que en circunstancias normales estaba prohibido tocar; andar descalzo sin que nadie se diera cuenta; poner la música más alta de lo políticamente correcto; jugar con la pelota de tenis en el pasillo; comer chocolate sin reparar en las manchas de la ropa; revisar las cartas de amor adolescente de los hermanos mayores; utilizar la información recabada para chantajear al implicado y obtener pingües beneficios; pegar al fuerte y correr hasta las faldas de mamá para acusar al golpeado de lo contrario; hurgar, malmeter, rasgar, espiar, trastear.

Cuando la sobremesa tocaba a su fin, la normalidad regresaba al hogar. Como cosa de brujas, la cara de bueno retornaba a un rostro poco acostumbrado a desfigurarse, el del pequeño de la casa.
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lunes, 3 de noviembre de 2008

La corona de Isidoro


¿Se imaginan a Isidoro Álvarez opinando en declaraciones públicas sobre los matrimonios homosexuales o el aborto?, ¿qué harían los medios de comunicación?, ¿maquillarían las declaraciones hasta convertirlas en políticamente correctas?, ¿las obviarían al colocarlas en un breve?, ¿y los partidos políticos?, ¿se rasgarían las vestiduras si las apreciaciones del presidente de El Corte Inglés fueran contrarias a su ideario?, ¿hasta dónde llega la libertad de los que nunca hablan y qué papel deben jugar los medios de comunicación ante palabras inesperadas como las vertidas recientemente por la reina de España?

A nadie se le escapa que El Corte Inglés es el maná publicitario de los medios de comunicación españoles y, salvo los de aquellos que se sienten afrentados por el emporio de Isidoro Álvarez, el público nunca accede a contenidos contrarios a la empresa. El dinero manda y, como tal, silencia las conciencias objetivas de informadores cuyo sueldo depende de los ingresos publicitarios que percibe la cabecera para la que trabajan. Si no que se lo digan a los miles de periodistas amenazados durante estas fechas de crisis y de recesión por expedientes de regulación de empleo que les colocan en el punto de mira del futuro despido consecuencia del descenso de ingresos por ese concepto.

Rondan ecos de las palabras de la reina en la versión de su vida publicada por Pilar Urbano; rodeadas de tibias apariciones políticas y de numerosos conatos de rebelión a bordo de los movimientos defensores de las libertades individuales de cada persona a la hora de elegir con quién se casa, por qué y cuándo. Me pregunto qué habría ocurrido si las palabras de la reina las hubiera pronunciado Rajoy, Aznar, Felipe González o cualquier otro personaje público de la política. A buen seguro, el debate sobre la crisis habría quedado postergado hasta más ver, el ruido, el desgaste y el provecho electoral que obtendría el adversario político estaría muy por encima del sembrado con la generación de alarma social por el particular financiero.

La corona, como El Corte Inglés, son los intocables, al menos hasta que uno de los dos frentes ha decidido tocar aspectos sensibles que afectan a una sociedad carcomida por la crisis. Hemos comprobado que no todo se silencia, que la profesión periodística todavía encuentra un halo de libertad a las presiones de los grandes. Descorazona, por el contrario, la tibieza política mostrada hacia las palabras de la reina, una reacción antónima de la demagogia que gastan habitualmente los responsables de los partidos en titulares construidos para ganar votos. Cuidado, que llega una orden de El Corte Inglés para insertar una contraportada a todo color. ¿Qué habrá pasado esta vez?, ¿un incendio?, ¿un robo a mano armada?, ¿la reina habrá comprado una escoba? No lo sabremos.
photo by marga ferrer

sábado, 1 de noviembre de 2008

Ultratumba


Silencio. Los muertos no hablan, callan, dejan de usar la palabra, la misma que malgastaron en vida, la que ocasionó meteduras de pata, correcciones ejemplares, disgustos a discreción, insultos viles, transmisión de conocimiento, opiniones vacuas, intervenciones estelares, argumentos empolvados de sapiencia, coloquios estereotipados, frases hechas y otras fórmulas de qué dirán utilizadas a tiempo.

No he saludado pero ya me han respondido ‘bien y tú’, no he preguntado qué tal y ya me han contestado ‘pues aquí estamos’, no he hablado y me han recriminado el silencio. Nos damos codazos en vida por tener la razón, escuchamos poco, hablamos demasiado y reproducimos percepciones que asumimos como propias en señal de argumentación original arrojada en bloque sobre nuestros interlocutores. Quien no habla, no existe, calla, silencia. Quien está muerto ha dejado de existir porque ha dejado de hablar, de defender su presencia con el verbo o con la comunicación transformada en lenguaje de signos, según el caso.

Silencio. Es el fin de semana de los santos, de los difuntos, dos días oficiales para escuchar las voces de ultratumba, las de los que no están, las mismas que dejaron de hablar hace tiempo, unas más, otras menos. Si por algo se identifica la muerte, esa dimensión tan desconocida en vida para los mortales, es por la ausencia de expresión, la comunicación cero, el frío, la eterna espera por el resurgir de las palabras apagadas.
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viernes, 31 de octubre de 2008

Lenguas de frío


Conduzco con la mirada perdida, no lo suficiente como para comerme el coche que llevo delante, pero sí para leer entre nubes la morfología del frío. El cielo eriza los algodones, los afila, los rellena de humedad y los convierte en cuchillos difuminados en las alturas, sobre el añil de la distancia recorrida por el buen tiempo hacia cotas de placer sahariano, lejos, muy lejos, a un equinoccio de distancia, cinco mil conversaciones, cien ratos de insomnio, trescientos cincuenta y dos coitos interrumpidos y ocho mil frenazos, ruedas lamedoras de asfalto que, como las mías, rebuznan impulsadas por reflejos salvadores de circunstancias comprometidas.

Aparco, tiemblo, por el susto del accidente abortado, claro, y levanto el dedo índice hacia el lugar donde dejé anclado mi pensamiento. Ahora tengo que trabajar, lo dejo en ese punto para retornar después a la fantasía helada de las mañanas de nubes afiladas, de lenguas burlonas, de estalactitas naturalmente optimistas.
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miércoles, 29 de octubre de 2008

Fósiles



El tiempo resbala entre días, semanas y meses; se acumula mientras cambiamos de rostro y nos desfiguramos; evolucionamos y pensamos que todo pasa volando. Lo nuevo es viejo y después retro hasta convertirse en reliquia de coleccionista maniático de la acumulación reconocida de tiempo. Cuando queremos darnos cuenta, lo que aprehendimos como novedoso deja de serlo, es un trasto inútil que ha sido sustituido por otro más pequeño, menos ruidoso, infinito, con olor a electrónica japonesa, a salón de interiorista, a peonza digital, a cubierta de cromo Panini recién despegado.

Cómo pasa el tiempo. Sin darnos cuenta, dejamos la niñez, aparcamos los granos de la adolescencia, la rebeldía de la juventud y nos planteamos alcanzar metas de adultos. No miramos hacia atrás porque todo ha ocurrido a la velocidad de la luz, sin la intensidad de la cámara lenta, con gotas de lluvia disecadas en fósiles de existencia repetida. Los tics de los perdedores, la euforia de los ganadores, la neutralidad de la masa y el desquicie de los más desafortunados en la tómbola de la alegría.

Obvio, como la lógica; falaz, como la satisfacción del momento dado; tentador, como la vida de los que hablan sin darse cuenta de que todo lo que dicen ya ha sido recreado antes. Originales, hasta que el quicio del último paso engulla la goma pegada a nuestros calcetines y se escuche ‘plof’.
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domingo, 26 de octubre de 2008

Anginas


Alfiler chino en la cueva de la lujuria, saliva blanca resbala en el vacío, bichos enanos trabajan en la fábrica del malestar, sincronizados para que nadie se dé cuenta de su daño hasta sufrir el primer puyazo. Es tarde, la fiebre devora la risa y el sudor manifiesta erradicación tardía. La peste del virus se ha colado a quemarropa, toca desempolvar viejos remedios de la abuela y nuevos medicamentos contra la muerte. Miel con leche caliente, zumo de limón con azúcar, gárgaras con vinagre puro de vino; de comer, ni hablar, no se puede tragar con una pelota de golf en la garganta. Pastilla por aquí, sobrecito por allá.

Creo que hablo con seres, pero en realidad tirito de fiebre. Sueño despierto, lloriqueo sin sangre mientras reproduzco voces guardadas en la coraza abierta del cerebro. Me piden cosas, hablan de mí, me sugieren remedios, no me dejan descansar, deliro, deliro, deliro. Caigo en razón entre un charco de sufrimiento, recreo las palabras de la fiebre, que no me abandona, se queda conmigo hasta que el sol abre paso entre las rendijas del sarcófago, luz revitalizadora que llega tras 72 horas de navegación brusca por los rincones más pegajosos del lado gris.
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miércoles, 22 de octubre de 2008

Indolencia


El picudo rojo es un bichito que hace polvo las palmeras, las deja sin vida en pocos días. No se conforma con acabar con un ejemplar, despliega un comando exterminador compuesto por amigos, primos, hermanos y algún sobrino obeso, cuestión de genes. Son parásitos indolentes de un bien tan preciado en algunas zonas de España como Elche, Alicante o Valencia. Practican su actividad sin tapujos, desconocedores del mal que propinan a las generaciones cuidadoras de palmerales centenarios, insectos sin razón, gorgojos asquerosos que irrumpen en la calma humana, preestablecida y pensada para no sufrir sobresaltos más allá de los rumores que deslizan entre ellos, las reglas dictadas que quebrantan o el soniquete de las rejas, celdas donde terminan los desviados, los picudos sociales.

Alguien levanta el palillo verde sin tocar el amarillo ni el rojo, en silencio, sin que nadie se entere, a sus anchas, revestido de persona corriente, el normalito de su finca de vecinos, el tímido en las noches de estudias o trabajas, el discreto en clase, el formal y educado en su puesto de trabajo, mileurista o dosmileurista, como mucho, sin caché, solo o acompañado, el forofo de nadie, el modoso, escasas veces modesto y nunca prepotente ni despiadado. El mismo que afila el cuchillo de la indolencia cuando se le presenta la ocasión, el que coloca un pañuelo en la boca histérica del que es herido de muerte de un navajazo por la espalda. Indolencia, picudo rojo de la sociedad; indolencia, sentimiento cero.

martes, 21 de octubre de 2008

Igual, mejor, peor


Conocer en persona al ídolo de la infancia y desinflar el pálpito emocional guardado celosamente durante años al primer intercambio de palabras. No hace muchos días escuché en la radio a un oyente que narraba la decepción que sintió al toparse en vivo y en directo e intercambiar unas palabras con el cantante que tantas vibraciones había despertado en él desde su tierna adolescencia y por el que tanto dinero había gastado, hasta convertir la estantería de su habitación en un altar de devoción. Su dios no vocalizaba, divagaba en exceso, no escuchaba y sudaba tinta. Desmitificó de un plumazo el endiosamiento proferido hacia el desconocido cuando se dio cuenta de que era una persona, con todas las imperfecciones que eso conlleva.

En una escena de ‘El color del dinero’, el recientemente fallecido Paul Newman se calibraba la vista sometido a un especialista que le preguntaba con tono académico si veía igual, mejor o peor. Nadie puede saber si el encuentro con su ídolo significará una percepción igual, mejor o peor de la esperada, depende del grado de ceguera o del catalejo por el que el interesado haya estado mirando al afamado. Para algunos será una gozada comprobar que el personaje de sus pósters es de carne y hueso, que llora sin actuar, que ríe sin leer un guión o que enmudece ante la barbarie. A otros les dará igual, bien porque no entienden de estrellas ni saben leer las constelaciones, bien porque tienen los pies en el suelo como para saber distinguir entre un millonario y un hipotecado.

Igual, mejor, peor… da igual, es mejor no pensarlo; desnaturalizar a los famosos, visibles e indubitables, puede tener consecuencias peores para la salud. Lo mismo que sumergir en veinte segundos de fama a alguien instalado en el más estricto de los anonimatos. Refresquen sus gustos, sáquenlos del cajón de los recuerdos y prepárense, nunca se sabe con quién se pueden encontrar en la puerta del servicio.
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sábado, 18 de octubre de 2008

Las motos y TVE


Desde hace unas temporadas, coincidiendo con el ascenso de popularidad del automovilismo gracias a Fernando Alonso, y a imitación de las retransmisiones deportivas ricas en previas impulsadas por las televisiones privadas, TVE ha situado el motociclismo en primera línea de sus informativos. Ya se dijo aquí hace un tiempo algo referente a la manipulación de gustos que la televisión de todos proyecta con el pretexto de informar. Cuando toca gran premio, desde el jueves despliega un dispositivo de conexiones en directo revestidas de importancia para dar cuenta de que las motos han llegado a su destino, de que fulanito ha afirmado que el otro es un tramposo, de banalidades varias que merman minutos de información a unos telediarios carentes, por el contrario, de las noticias de aquellos deportistas que de verdad ofrecen titulares de actualidad, con la salvedad de que los derechos de las competiciones en las que se desenvuelven los ostentan otras cadenas.

No tengo nada en contra del campeonato del mundo de motociclismo, pero tampoco hay que concederle la dimensión que el ente público le confiere por el simple hecho de haber pagado un dineral por los derechos. El telediario más visto de la parrilla informativa, el de la televisión pública, debería ser más sensible con los valores que se le presuponen a un servicio público, entre los que se encuentran la pluralidad, la veracidad y la ausencia de manipulación. Desconozco cuánto costará al erario público el nutrido equipo desplazado a cada gran premio, pero lo que me preocupa es comprobar cómo se dirige desde el ente los gustos de unos telespectadores que se sitúan fielmente cada día delante de su televisor para conocer qué ha pasado en el mundo.

El tenis es prioridad para TVE sólo cuando ostenta los derechos, el fútbol de la selección española ocupa más minutos si la retransmisión del partido de turno la ofrece TVE y no otra, Fernando Alonso es un testigo accidental de los contenidos de la información deportiva porque Telecinco ha pagado por los grandes premios de automovilismo… No deja de ser noticia algo por lo que no has pagado, TVE no tendría que tender esa trampa manipuladora a su audiencia, ¿no es más importante la victoria de Fernando Alonso en un gran premio que un segundo puesto de otro español en unos entrenamientos de motociclismo?, ¿por qué TVE dedica dos minutos a lo segundo y un breve al final del bloque de deportes a lo primero?

Dejaremos para otro día la utilización que TVE hace de los partidos de la selección española de fútbol para promocionar series de nuevo cuño o estrenos de películas desfasadas y mantener enganchada a la audiencia, a la que no dejan ni siquiera escuchar el pitido final del árbitro. Terrible.

lunes, 13 de octubre de 2008

Así somos



Llueve y los que llevan paraguas se pegan a la pared, como si estuvieran agujereados y no les cubrieran lo suficiente de la lluvia. Me planto y no me muevo, que adelanten por su izquierda. Aprovecho a duras penas los diez centímetros de marquesina ennegrecida por la humedad y roída hasta dejar caer gotas del tamaño de una ciruela. No terminaré de entender nunca el egoísmo que nos guía cuando nadie nos ve, ni nos oye, cuando utilizamos el anonimato de nuestra calidad de individuos para ser animales recubiertos de usos sociales.

En el supermercado queda una bolsa de ensalada preparada, calculo que mi mano llegará cinco segundos antes que la de una señora que atraviesa en perpendicular la sala de las frutas a una velocidad imprudente para su prótesis y con ojos de avidez consumista. Quiere la misma bolsa, seguro, me digo. La tomo con delicadeza y se la ofrezco antes de que tropiece con la cesta de plástico de última generación, de las que se pueden trasladar rodando. No da crédito, me mira como a un loco, me da tibiamente las gracias y la tira a la saca para seguir al acecho, a ver si encuentra una ganga en la pescadería.

Entro en la panadería, pido la vez. Me la da un señor de pelo cano, con chándal, mirada desconfiada, como de jugador de póquer comarcal, barba de dos días y palillo en una boca estrujada por la ausencia de dientes. Me toca pedir, pero no me da tiempo ni a decir buenos días, alguien se ha colado. No digo nada, espero y vuelvo a casa con la decepción de siempre. Somos unos ‘gumias’.
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viernes, 10 de octubre de 2008

Crisis, globalidades y bancos


Enciendo la radio a cualquier hora del día, incluso en las lentas madrugadas, y escucho ‘crisis’ en trece de cada doce de las palabras que fluyen del transistor. Invitados, expertos, periodistas y otros opinadores de guardar se dan codazos entre si por ver quién es el que finalmente eleva más el tono, anclados en la seudorrealidad que se han autoimpuesto al seguir al pie de la letra los titulares escupidos por marionetas que construyen pesimismo, optimismo, euforia o decepción, como golpes en los hilos que las guían, desde regueros de verborrea volcada sobre la normalidad alertada de la sociedad.

La banca española goza de buena salud, no vendemos coches, ni casas, ni caprichos, no hay dinero, no hay liquidez… Como los bancos ya no nos dejan endeudarnos y como las administraciones se endeudan por todos, qué mejor forma de extender el mal de todos consuelo de tontos a través de una inyección financiera de 50.000 millones de euros (¿alguien sabe cuánto dinero es eso?) a los que han demostrado ser los árbitros de todo, los bancos. Me gustaría leer la letra pequeña de la medida, quiero conocer si va a tener consecuencias prácticas, beneficios directos para el ciudadano más allá del titular de molde en portadas de izquierdas, de derechas y de centro.

Me preocupa que vuelvan a ser los bancos los encargados de administrar la dote en virtud de radiografías caprichosas de la intimidad, que sean ellos los que decidan a su antojo a quién dar y a quién quitar, me inquieta que de nuevo, como con el Plan Avanza, se les dé la potestad de decidir qué empresas pueden recibir dinero y cuáles no, me hace pensar mal que la inyección de liquidez la paguemos todos, me hace dudar sobre el destino de otros miles de millones de euros anunciados hace más de un mes para paliar la sed de liquidez de las empresas de nueva creación, dudo de las globalidades adaptadas a las realidades locales, no sé si España sabrá, sí sé que las personas sabremos decir: “hemos ganado a la crisis”.
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miércoles, 8 de octubre de 2008

A Chechu



Confidente, testigo, confesor, benefactor, receptor, asesor, consejero, amigo, cómplice, compañero, consultor, conciliador, generoso, hermano con mayúsculas. En los últimos días he recibido muestras de reproche bajo la forma de comentarios encubiertos en los que, a modo de convocatoria sindicalista, se llamaba a las armas a los ojos que ahora leen estas letras para apoyar las quejas de un hermano indignado por el trato tibio recibido al ser mentado entre estos post, enlaces y fotos.

Desde aquí aumento el volumen de las demandas y las asumo como propias, para que los comentarios que de este escrito se deriven sirvan para reconducir la confianza perdida. Por ello, erijo en post el abrazo que arrojo a mi queridísimo hermano, don José Luis Delgado Barrientos, Chechu, algo que no he sido capaz de hacer por nadie salvo por él, la siempre presente excepción, el halo de momentos vividos, fuente de inspiración de los pellizcos de experiencia que suelo proyectar en este foro. A tu salud.

domingo, 5 de octubre de 2008

Sin recreo


La sirena ha sonado hace dos minutos, 28 segundos y catorce milésimas, pero la profesora continúa su sermón. Me desespera, robar tiempo libre a un niño es como prohibirle ser directo. Lógicamente, no he prestado atención a ninguna de sus enseñanzas, a ver si piensa que el orgullo infantil es menos testarudo que el de un adulto, cuando tengo razón no me da la gana escuchar a quien me la roba con malas artes. Lo mejor es que hemos conseguido estar calladitos, algo que ha ayudado a que la multa final de tiempo ascienda sólo a cinco minutos, 1 segundo y cero milésimas.

Salgo con centellas, relámpagos, calaveras y cerdos ibañescos dibujados sobre mi cabeza; a esta edad somos lo que leemos: un cómic, más allá de lecturas obligatorias de libros para adultos que aprendes a obviar y a odiar el resto de tus días. A nadie le gusta hacer algo por obligación, y menos si te lo imponen a costa de tiempo de recreo. Del ‘Quijote’ me quedo con los dibujos del UHF, los cromos de Danone y los gigantes. No nos dejan beber nada más que agua o tang, por lo que, por muy revitalizador que sea, no conocemos las bondades del bálsamo de fierabrás.

En el patio jugamos al fútbol con un balón de gomaespuma que deja cercos de barro en las cristaleras de las aulas de párvulos, también jugamos a churro, media manga o manga entera, a las canicas, a las chapas, a cambiar cromos, a la comba, a mirar a las niñas, a hacernos los mayores, a comer el sándwich de mamá, a pedir a nuestro amigo un trozo de bocata, a matar hormigas, al escondite inglés, al ‘mi padre tiene diez coches’, al balón prisionero, al teléfono estropeado, a inventores de robots, a contadores de chistes sin rombos, a soñadores sin tapujos, a meones a escondidas, a construir leyendas urbanas, a de mayor quiero ser.

La sirena rompe la escena. De vuelta a clase, me angustio porque ayer no hice los deberes de matemáticas. Ya verás como justo hoy el profe me pregunta a mí. Hecho, mañana sin recreo. Siempre fui un cenizo.
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viernes, 3 de octubre de 2008

De noche


A la hora gata, el suelo rezuma trasiego de coches, alquitrán restregado sobre dientes de granito diamantino. De lejos llegan voces gangosas enmarcadas en vidrios de colores insonorizados. Me tapo los oídos y escucho mi caminar como onomatopeya de un cascanueces, saco de huesos en baile al son del martilleo de unos pies cada vez menos acostumbrados a pisar los reductos de la noche. Giro la esquina mientras pienso en mis cosas, las que no cuento a nadie, secretos de insomnio urbano, inquietudes jamás pintadas, hoy escritas.

Una nueva calle, nuevas oportunidades para la experiencia. Sin querer, empujo a un yonqui que discute con una meretriz, o al revés, da igual, la vida se pudre por una papela. Cuando consigo zafarme de la riña elevada a grito de espanto vecinal me doy cuenta de que deambulo confundido, arrastrado por la inercia de los que anduvieron a esas horas días atrás, semanas, años. Entre escombros, colillas, cagadas de perro, marcajes de gato, condones y esquirlas de vidrio siento el pavor de miradas atentas que no se desvelan, celosías de placer voyeur sobre mi nuca, bombillas hitchcockianas apagadas a tiempo y risas desvanecidas al fondo, en la calle de la alegría, del tengo de todo pero ahora vengo y no vuelvo. En la ciudad, las agujas del reloj de la noche siempre giran en un sentido oblicuo, hacia donde caemos y nos torcernos para siempre.
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miércoles, 1 de octubre de 2008

Del tamaño de una galleta


“Quien no hace no se equivoca”. Esta frase, completada con el dibujo de una sonrisa tamaño galleta, la encontré ayer por sorpresa en un lugar al que miro tres o cuatro veces al día. Es una sentencia simple a primera vista pero a mí no me gusta quedarme con la primera impresión de las cosas, prefiero darles la vuelta y leer la etiqueta, o si no están ataviadas con su correspondiente marbete, tratar de analizar su mensaje ulterior, la verdad que encierran, el consejo que implican, la voz silenciada que emerge de la conjunción de conceptos obvios.

Hoy me he despertado optimista, convencido de quien emprende acciones puede equivocarse, acertar o, sencillamente, disfrutar de la sensación que produce sentirse realizado. Me quedo con el crujido de la frase y con el eco que ha dejado en la fibra que orientará los aciertos y los errores de mis decisiones. Gracias a su autor/autora.
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domingo, 28 de septiembre de 2008

Bocadillos de otoño



Me arropo, el cielo nublado cae con frío otoñal, huele a húmedo y ya no hay cucarachas. El calor, como el verano, quedó relegado a una playa imaginaria donde aún bucean los cangrejos y la vida se contempla en cinemascope turquesa. Los gatos encuentran acomodo en mi regazo, sobre la colcha que heredé de casa, en la que algún día dormí con dientes de leche. Quince grados centígrados como mucho, regueros de agua fina, charcos de chapoteo infantil, la música de 2001 y la melancolía permanente del discurrir granítico en urnas de cristal, diábolos que marcan la vejez, objetivo inesperado de todos. Meto los pies en el balde de la abuela, que ha calentado agua en la cocina antigua, con leña de encina y termostato hirviente. Le ha puesto sal gorda, el spa del pasado, el relax de pueblo, la vida ecológica que tanto etiquetamos hoy y vendemos a precio de armani. En una taza, nata de vaca, sacada de una cazuela de porcelana con una caries negra en la base, de algún golpe quizá. Apoyo las manos sobre un hule decorado con el mapa peninsular, ilustrado con gitanas, toros y castañuelas, un poco pringoso del uso, salpicado de cicatrices marrones de cigarros olvidados. Un tic tac de despertador prehistórico tararea los silencios entre canción y canción, apoyado sobre una nevera fagor de cuatro estrellas que resiste sin resaca la masiva incorporación del sistema no frost a la sociedad.

Cierro las tapas del tebeo y me sorprende encontrar la estampa relatada en su portada, roída por las esquinas, abierta hasta ver el cartón gris sobre el que se apoya el plástico dibujado. Mi sombra proyecta un apéndice tumoral elíptico, una nebulosa que rompe el terrazo rústico de la estancia. Nadie lo diría, son bocadillos de pensamiento otoñal que simplifican la inmersión en trozos de nostalgia, viñetas que reconstruyen momentos.
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sábado, 27 de septiembre de 2008

Enfado ciberespacial


“Ya no te ajunto”, se decía antes en los colegios y barrios a alguien cuando dejabas de ser su amigo. El motivo de la ruptura solía ser de calibre bajo, del que se mastica en silencio hasta reventar, del que uno calla porque le falta valentía para ser sincero y decir tres palabritas a la cara del durante muchas semanas mal denominado amigo. Los tiempos cambian, la tecnología evoluciona y las formas de trasladar ese “ya no te ajunto” se manifiestan en entornos ciberespaciales como el que ocupan las reflexiones que aquí muestro con la periodicidad que puedo.

Los blogs acumulan mensajes indirectos sin dirección que cada cual interpreta a su antojo. Uno de los gadgets más recurrentes de las bitácoras es, precisamente, el que contiene enlaces que conducen al visitante a otras direcciones amigas. Los importados links se erigen en muestras de lealtad amistosa, en una prueba educada del que coloca la dirección de otra persona hacia el que la protagoniza, el gesto de quien quiere convencer a un tercero de que la amistad se sella con un pacto de sangre bajo la forma de enlace. Si por cualquier motivo, escrito, mención, malentendido, palabra, acción u omisión el enlazado desaparece del blog amigo, llegamos a esa nueva forma de expresar un “no te ajunto”, pero sin el mal trago de tener que mirar a los ojos del adversario para decírselo sin tapujos.

Curiosa evolución de nuestro lado más cínico hacia el umbral de la apariencia con soporte ciberespacial. Cualquier parecido con la realidad, lógicamente, es pura coincidencia.
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viernes, 26 de septiembre de 2008

A lo lejos, humo


En enero cumpliremos en España tres años sin humos en los espacios públicos. Se hace raro recordar situaciones no muy lejanas relacionadas con nicotina, alquitrán y colillas esparcidas por suelos oficiales. Últimamente he visto películas españolas, no muy antiguas porque los protagonistas pagan en euros y no en pesetas, en las que fuman en oficinas, autobuses, trenes, restaurantes sin división de espacios, en aulas de instituto o de facultad. Sorprende la precocidad con la que el tiempo devora nuestras costumbres y la capacidad de adaptación del ser humano a la normativa. Suscitamos polémicas estériles que se apagan con el tiempo, acatamos con el morbo de ‘a cuanta más prohibición mejor’ la restricción de libertades, nos gusta vernos exprimidos, tanto a los quejicas como a los conformistas o a los pasotas.

Hablamos por hablar, escuchamos argumentos y los repetimos de forma imprecisa, convertimos comentarios en soflamas masivas, pero si nos dicen que no podemos comprar una cerveza a las diez de la noche, nos resignamos, si nos prohíben introducir en el avión nuestros utensilios de higiene, nos callamos, si nuestras meadas son grabadas por cámaras de seguridad, nos indignamos por lo bajini, si llamamos a cualquier empresa y nos graban, nos extrañamos, si a lo lejos vemos humo dentro de una hectárea de suelo público, nos chivamos. Perro no come perro, pero humano devora humano cuando se cree en posesión de la verdad y la puede revertir contra el vecino. Voy a cumplir tres años sin fumar y no lo dejé porque lo prohibieron, ¿se lo creen?

jueves, 25 de septiembre de 2008

Ropa


Guardemos la ropa porque vienen a quitárnosla. Dejemos la ropa tendida para que se seque. Viajemos a Lisboa para retratar ropa tendida sobre azulejos seculares. Esperemos la llegada de las rebajas para comprarnos la ropa que nos gusta sin despilfarrar. En el rastro venden ropa de imitación, como en China, y cuesta tres veces menos, o cuatro, que la original. La ropa caduca si se usa mucho. Ha llegado el otoño y aún tengo el armario repleto de camisetas, bañadores, bermudas, shorts, tirantes, y ropa de cama ligera. Como ya hace fresco, por las noches me arropo hasta encontrar la temperatura adecuada del sueño.

Preparo la ropa del día siguiente antes de acostarme y la llevo al baño por la mañana para tenerla a mano, sobre el inodoro, al salir de la ducha. No me gusta pasearme sin ropa porque paso frío, me incomoda pisar desnudo el suelo carnívoro de las ocho de la mañana. Quito la ropa del tendedero y la dejo sobre la cama para doblarla al regresar a casa. Salgo a la calle vestido con mi mejor ropa y llego al quiosco para comprar la prensa. Encuentro ropa donde no esperaba, andrajos en horizontal en la portada de ‘El Mundo’. Es la ropa de quienes ya no están y el periódico que hace unos días abanderaba la lucha por evitar filtraciones en aras de defender la privacidad de las familias del JK5022, es hoy el que luce la ropa interior de los que ya no pueden vestirse.

El periodismo, con esta ropa, luce mal aspecto. Flaco favor hace ‘El Mundo’ a la profesión. Sucia profesión.
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martes, 23 de septiembre de 2008

Chapas (y II)


En el quiosco venden a 30 pesetas pegatinas redondas, rostros de ciclistas que se pegan en las chapas. Laguía, Pino, Recio, Delgado, Lemond, Lejarreta, Cabestany, Bruynell, Roche, Millar, Nelly, Arroyo. Todos salen con la gorra que les da de comer, la que auspicia las letras del que paga. El favorito es el Reynolds, desencadenante de peleas previas a la competición, nadie quiere quedarse sin el jefe de filas de la marca de aluminio. Las etapas discurren bajo una calma tensa, nunca ganan los mismos, depende del tino que cada cual luzca al empujar la chapa con el dedo índice, de que no se caiga a la cuneta y tenga que retroceder hasta su posición original y de que no haya arena sobre el hormigón de los bordes de aquellos maceteros de unos diez centímetros de ancho, carreteras retorcidas en ángulos de 90 grados donde las chapas trazan curvas inverosímiles calculando la bisectriz sin escuadra ni cartabón, con la suerte de sortear los socavones del trazado y de llegar primero a una línea de meta pintada, como los nombres de los héroes en la calzada, a golpe de las tizas traídas de la clase de última hora donde el profesor sale antes de que los jugadores abandonen el aula y, distraídamente, se llenen los bolsillos de cal.

En el quiosco venden a 5 pesetas los sobres de cromos de la liga de fútbol. Butragueño, Míchel, Sanchís, Martín Vázquez, Buyo, Salguero, Valdano, Santillana, Pardeza, Mino, Tendillo, Maceda, Jankovic, Miguel Ángel, Cholo. Zubizarreta, Lineker, Archibald, Migueli, Calderé, Bakero, Beguiristain, Clos, Schuster, Julio Alberto, Alexanco, Alonso, Huges. Baltazar, Julio Prieto, Marina, Arteche, Hugo Sánchez, Tomás, Fenoll, Penev, Bustingorri, Manolo, Futre… Con ellos completan los álbumes, van al rastro a intercambiárselos, a conseguir el último fichaje del Cartagena o del Elche a cambio de 100 repetidos, juegan a palmearlos para ganar más, a elegir entre dos mazos y al que le salga el nombre con más letras gana el número de cromos pactado. Todo un trabajo de estrategia para, por fin, terminar la colección. Cuando los rotuladores se han gastado, las creaciones artísticas adaptadas a la circunferencia dentada de la chapa han pasado de moda y la fascinación por conservar el álbum de la temporada anterior se ha desvanecido, comienza la operación rescate de cromos. Despega cuidadosamente los de su equipo favorito, coloca la moneda de cinco duros sobre el jugador, recorta el círculo y lo pega en la chapa. Álbum destrozado y colección al traste, pero mañana, cuando llegue a casa de David, vacilará de las chapas tan realistas que luce su plantilla de campeones en la alfombra de los sueños.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Filtraciones


El periodista bebe del agua filtrada de sus fuentes. Al introducir el concepto en el blanco de la discusión política, los ‘chorros’ que acostumbran a suministrar bajo mesa informaciones de interés periodístico caen en discursos tautológicos. La ministra de Fomento sale a la palestra para negar que los documentos de la investigación del accidente del JK5022 publicados en algunos medios de comunicación procedan de su departamento, la oposición pide su comparecencia en el Congreso de los Diputados por este particular y las cabeceras de los diarios que no han accedido a tales informaciones condenan el uso fraudulento de documentación privada y bajo secreto sumarial, impotentes de no haber sido ellos los artífices de la exclusiva más que defensores de la oportunidad periodística ante el acceso a detalles relevantes del accidente aéreo.

¿Qué partido político no filtra?, ¿qué medio de comunicación desfavorece el juego de las filtraciones?, ¿por qué engañar a los ciudadanos valiéndose de argumentos éticos, deontológicos o políticos? El día a día del trabajo de la profesión periodística queda marcado por llamadas procedentes de ‘teléfonos rojos’ con intereses en la aparición de datos, estadísticas, informaciones, mentiras y verdades cuya importancia y peso se miden en función de cómo marcan la agenda-setting de la semana y la de sus adversarios. El periodista es el aguador, el intermediario en el cruce de recados que se lanzan los filtradores, los mismos que ahora se rasgan las vestiduras al trasladar al debate político las filtraciones del vuelo de Spanair.

Meter un gol al periódico rival es lo que, en la jerga periodística, significa publicar lo que la competencia no ha visto. Un ejercicio cotidiano basado en mirar siempre de reojo a la redacción de enfrente y en la obsesión por tener más contenidos exclusivos, ya sea en el ámbito de los medios nacionales, regionales o locales. Paradójicamente, los lectores pocas veces advierten las consecuencias de esta batalla cainita, dado que suelen ser fieles a sus cabeceras, cadenas o emisoras y rara vez, salvo que sean personas del mundo de la filtración o periodistas, contrastan su elección editorial con otras.

Esperemos que reine la cordura en la agenda temática que recogerán los medios de comunicación esta semana y que no asistamos, pues, al esperpento de apariciones públicas humedecidas por filtraciones rutinarias revestidas de escándalo.


sábado, 20 de septiembre de 2008

Chapas


¿Me puede dar chapas? Cógelas tú mismo, pasa, las ponemos todas aquí. Gracias, ¿tiene una bolsa? Qué diablos sois, siempre la misma guerra con las chapas. Venga, toma, y déjame atender a los clientes, que me vais a buscar la ruina. Equipado con medio centenar de nuevas chapas corre a casa para convertirlas en ciclistas campeones y en futbolistas habilidosos. Tiene la manía de olerlas antes de comenzar su transformación. Las de bitter son sus favoritas, quizá porque pesan más que las otras y ganan en estabilidad, aunque puede que el olor sea la clave. Le gusta imaginarse quién habrá pedido las bebidas, con quién iría acompañado, por qué pidió un Trina y no una Fanta. Dibuja siluetas de pensamientos infantiles con aspiraciones adultas, sueña con ser él el que, algún día, acumule las chapas de sus propias botellas, de las que compre con su sueldo o de las que reciba como regalo de empresa.

Imagina mientras sincroniza movimientos mecánicos trazados como un autómata en una cadena de producción. La moneda de cinco duros para delimitar el corte adaptado a la circunferencia dentada de la chapa, la regla para trazar dos líneas paralelas en la mitad del círculo resultante que dé cobijo al nombre del campeón, la parte superior para dibujar el dorsal del futbolista o el del patrocinador del ciclista; la inferior, para los colores del calzón o ciclistas de sus ídolos. Un trabajo manual al que preceden horas de visualización de partidos y etapas, la anotación de nombres y dorsales y la memorización de marcas, vestimentas y hazañas.

Los porteros necesitan un tapón de Coca Cola o de Casera para sostener los garbanzos (balones) que llegan a sus inmediaciones; los ciclistas dosis de dopaje en forma de plastilina camuflada bajo el dorsal para aguantar las largas etapas por las macetas de hormigón del barrio y los embarrados recorridos de montaña por el parque infantil. Alfombras como campos de fútbol, envases de margarina para las porterías, pinzas y redes de bolsas de patatas para amedrentar a los ultras. Has tirado tú antes, me toca a mí, no vuelvo a jugar contigo, qué mal perder tienes, se lo voy a decir a Carlos, has perdido, vaya paliza, queda la revancha, me voy a merendar, hasta luego, nos vemos en clase.
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jueves, 18 de septiembre de 2008

Fotoperiodistas de salón


Un buen contenido en un continente adecuado endulza el sabor del primero y lo convierte en un elemento más que presentable. Si, por el contrario, se elige un envoltorio desfasado para la presentación de un regalo excelente, la cualidad que lo embellece perderá su atractivo hasta, incluso, hacerlo pasar desapercibido. Formulaciones éstas que los fotoperiodistas de Valencia han sabido aplicar en la exposición que repasa la actualidad gráfica de lo acontecido en su ciudad durante 2007 para mostrar, desde ayer, su producción en el Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad (MuVIM).

Retratos secos, instantáneas crudas, testimonios de actualidad caduca, ojos periodísticos que desenmascaran la verdad, la estética del deporte, la miseria de la marginación, la fiesta nacional para unos, aquelarre para otros, el dinamismo de encuadres estáticos, reflejos de miradas vintage, marcos de sempiterno folklore, fallas, playa, escenas curiosas y repetidas pero con marcos novedosos, el fútbol de color verde, espejos de almas draculinas, masclets a reventar y oportunidades perdidas.

Los fotoperiodistas ya están de foto, el resumen de su producción anual ha desembarcado en un museo. A ver quién es el guapo que se pone delante de los focos el año que viene para privarles de tamaña instantánea. De fondo, las voces de los nuevos protagonistas de la producción una vez expuesta, los ojos bizcos de quienes siempre se esconden detrás de su empuñadura, como piratas que, en vez de parche en el ojo, lucen unos objetivos y unas cámaras cuyos diafragmas captaron ayer la mejor de las luces en el salón de la fama del MuVIM.
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"Fragments d'un any 2007" Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad (MuVIM), organizada por la Unió de Periodistes Valencians. Del 17 de septiembre al 09 de noviembre de 2008.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Efe-i-ene


Padecía el síndrome de la hoja en blanco, soñaba con el parpadeo del cursor sobre un documento Word abierto. Ahogaba las horas de insomnio con infusiones aromáticas que dejaba enfriar absorto, con la mirada perdida hacia el monitor que lo envolvía. Tenía muchas ideas, a cual más brillante, pero siempre le sobrevenían desarmado, carente de los medios necesarios para plasmarlas por escrito. Podría haberse olvidado de tamaña obsesión si para él no fuera tan importante recetar reflexiones. La rojez de sus ojos se avivaba cada noche. Las venas alteradas, las cerillas que los mantenían abiertos y la sequedad de sus lagrimales dibujaban una frustración obsesiva. Se encerró en su miseria y no supo escribir por qué. Dejó de afeitarse, comía lo justo para sobrevivir, descuidó su higiene, se aisló, como anacoreta miedoso. Mientras el tiempo pasaba, el cursor parpadeaba, parpadeaba, parpadeaba. Silencio. No quiso hablar más, quedó mudo. Sin palabras que contar, sin escritos, sin comunicarse, cayó en la locura. Sufrió episodios de ira hasta que rompió el marco que decoraba su vida, apagada después de escribir ‘fin’.

lunes, 15 de septiembre de 2008

El retrato del vaticinador


“En realidad no debería uno contar nunca nada”.

Es difícil encasillar a alguien cuando no conocemos nada sobre él, más todavía si de lo que se trata es de ofrecer un análisis certero de su comportamiento futuro, aquel que nadie prevé, la versión de cómo seremos o de cómo reaccionaremos ante estímulos externos. Muy pocos tuvieron ese don, algunos lo conservarán hoy y quizá vivan en el piso de arriba, duerman de día y vigilen de noche. Javier Marías accede al perfil de vaticinador de lujo, el mismo que de una conversación, de las palabras, destripa el modus vivendi de su interlocutor, el que traza esbozos de cómo respira sin reparar en su lugar de origen, a qué se dedica o hacia dónde camina. El primer volumen de la trilogía de ‘Tu rostro mañana’, subtitulado ‘Fiebre y lanza’, ahonda en la profesión de un grupo selecto de personas procedente del servicio de información británico creado en la segunda guerra mundial que enrola en sus filas a uno de los pocos capacitados para esa labor en el siglo XXI, un académico divorciado español residente en Londres cuyo trabajo en la BBC le aburre más que su estrenada condición de solitario, alejado de su ex mujer y de sus hijos.

El pretexto utilizado por Marías, el trabajo de espías, no esconde la magistral forma de plantear los tics de la sociedad moderna, los pensamientos que nadie comparte pero que todos tenemos y no nos atrevemos a describir, el sentido de nuestras conversaciones, la durabilidad de las palabras que regalamos cada vez que las pronunciamos, las equivocaciones en las que caemos cuando empleamos el verbo o la fugacidad de la vida, sus estereotipos y la acomplejada visión de muchos ante las tradiciones orales que heredamos. El libro despierta la resignación de acatar la poca originalidad que encierran las paranoias que la gente cree tener originalmente cuando se queda con la mirada perdida, cuando le llaman loco por plantear en público cuestiones abstractas, cuando pierde el sentido de la conversación al cebarse con temas triviales que dejan de serlo conforme pasan los años, cuando cree contar lo escuchado sin atender a la poca novedad de sus palabras mal reproducidas. El autor sostiene estos argumentos entre golpes históricos rescatados de episodios de la guerra civil española y de la otra campaña bélica citada hasta dejar un habilidoso punto y seguido que invita al lector a hacerse con el segundo libro de la trilogía.

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MARÍAS, J.: Tu rostro mañana. 1 Fiebre y lanza, Punto de Lectura, Madrid, 2002

sábado, 13 de septiembre de 2008

120 rpm


Tomo como referencia la línea de un horizonte de aluminio, el soporte de aquella ventana de climalit que decora el patio de luces que vislumbro a duras penas a través del ojo de pez por el que miro. Volteo el corazón a 120 revoluciones por minuto, las retinas escuecen y las sienes parecen estallar, pero quedo a salvo al retener la mirada en ese metal paralelo a mi tortura, distorsionado a golpe de energía centrífuga o centrípeta, nunca aprendí bien los conceptos de la física. Los pies, dormidos; las nalgas, prietas; los brazos, encogidos de asfixia, los 20 dedos, arrugados; los genitales, desaparecidos, no los noto, rotos quizá. Quiero alzar la voz pero, al intentarlo, trago centímetros cúbicos de impurezas, elementos químicos de cuyo nombre mejor no acordarme, aunque esta materia tampoco se me dio nunca especialmente bien. Pasan dos, cuatro, ocho minutos sin que pierda la consciencia hasta que percibo sobre mi espalda, raquíticamente escondida, una sustancia viscosa que devora mis entrañas. No, no estoy en un sarcófago relleno de escarabajos carnívoros, ni en la caja mágica de un ilusionista. Me quedé anclado en un sueño del que he conseguido salir hace poco, el tiempo que tardé en abrir la tapa de la lavadora y respirar hondo.
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viernes, 12 de septiembre de 2008

Comunica


Llamo y no me contestan, me llaman y no contesto. El teléfono móvil descansa en el último rincón donde lo dejé olvidado, despertado alguna vez por ese tono antiguo que le da un toque retro a la llamada, onomatopeya de ‘deja lo que estás haciendo porque tengo prioridad absoluta’. Es absurdo tratar de esquivar su esclavitud porque la explicación que se da por no haber respondido suele sonar a excusa, a mentira, a ‘no te lo he cogido porque no me ha dado la gana’. Aunque algunas veces puede que sea cierto, otras pasamos del móvil –o portátil para los puristas- porque obviamos su condición de fácilmente transportable, nos olvidamos de él, lo dejamos en el fondo de una bolsa, lo silenciamos en una reunión y se queda en ese estado hasta la siguiente, no nos da tiempo a descolgar, lo escuchamos pero no oímos su ubicación, nos decimos luego le llamo y nunca lo hacemos, nos quedamos pensando qué responder a la persona que nos llama y cuando queremos atender su llamada se ha cansado de esperar tono, se nos cae al agua, a la taza del váter, al cocido, encima de una caca de vaca, se desmonta al rebotar contra el suelo, decimos hola y nadie responde al otro lado, llamamos sin querer por contestar a otro pulsando el botón inadecuado, tenemos el móvil estropeado, no me quedan puntos, a ver si me regalan uno, por ese precio me voy a la competencia que me lo dejan gratis, ring, pi, dong, plas.

Llega el fin de semana. La familia, los amigos, llamar a pepito, no cuelgues que le quiero saludar, déjame un segundo, antes de irnos voy a ver si localizo a fulanito, ¿has cogido el móvil?
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jueves, 11 de septiembre de 2008

Aquel día...


Con el resabor del café anquilosado aún en mi esófago, las risas rebotadas de una última conversación laboral de sobremesa, reincorporado casi en duermevela a mi puesto de trabajo en la redacción de aquel periódico local de grato recuerdo, nadie respondió a la algarabía de los elefantes entrando en la estancia, ni me miraron, ni me saludaron, nada. En algún otro lugar más amplio, con presencia más numerosa de periodistas podría ser normal, pero en aquella redacción de dimensiones liliputienses aquello no respondía a una reacción ordinaria. Nadie estaba sentado, reinaba un silencio viciado, como el que se respira antes de caer una bomba o de comenzar una batalla en las películas bélicas, como el de la enajenación de un bosque en llamas segundos antes de ser regado por un avión cuba. Concentrados en una esquina de la redacción, amontonados frente al televisor de 14 pulgadas que servía para ver de refilón los eventos deportivos del fin de semana, los compañeros asistían atónitos a algo de lo que yo no me había enterado, por lo menos hasta que hice acto de presencia en aquel lugar distinto, donde la rutina también miraba cariacontecida hacia aquel monitor de cocina. Silencio mudo, rostros de talco, comisuras secas, pupilas dilatadas y varios ‘no puede ser’. Un compañero me cogió del brazo y me incorporó al auditorio improvisado, a la burbuja helada de un instante anclado en mis retinas sin remedio. Apago.

Alguien dijo con acierto de profeta que a nadie se le olvidaría lo que hizo aquel día. Y tú, ¿dónde estabas el 11-S?

De color marrón


Salgo a la calle con el disfraz de persona raramente reconocible al primer golpe de vista. Lo hago para ser el espía que siempre dibujé, o al menos el invisible cotilla que no es cotilla porque nadie cae en la cuenta de que lo es. Desde mi nueva posición, camino a un ritmo pausado, en actitud contemplativa, despacio, sin la prisa de las urgencias del peligro de ser visto, como un ente sin ropa de marca, vestido de cotidianidad improvisada. Como no llamo la atención da igual si me tropiezo con el peldaño de siempre, es intrascendente si cojeo a sabiendas, o si sólo piso las baldosas de color rojo para evitar cumplir supersticiones dibujadas en mi imaginación. Por un día soy libre de reírme de mí mismo, de hacer el payaso sin miedo a proyectar una sombra ridícula, de bailar como un alelado la música que llega desde el vecino del número 30, sexto piso, puerta C.

Salgo a la calle con el disfraz de persona normal. Por mucho que se quiera, nunca llueve al gusto de fantasías bronceadas por la libertad de no ser el cliché que esperan de uno. Adquiero una tonalidad marrón que me une a la masa, a la misma que pertenecemos los que queremos y los que no. Seguro que nadie eructa tras ser engullido gustosamente por todos los que la componemos, nadie.
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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Crisis dialéctica


Desde que entramos de lleno en la mal o bien denominada crisis, la nomenclatura es lo de menos, hemos asistido a la consiguiente pugna paralela de escaparates dialécticos entre los dos partidos mayoritarios que salpican la actualidad en España. Habrá recesión, no la habrá, vosotros hacéis lo que nosotros cambiaríamos, medidas de urgencia aprobadas a golpe de titular, consejo de ministros extraordinario y la comparecencia de Zapatero en el Congreso de los Diputados para informar sobre la situación de la economía española, las medidas adoptadas por el Gobierno y la creación de empleo. Una realidad idílica a los ojos de los correligionarios de cada una de las dos tendencias políticas mayoritarias, que encuentran en el escenario público actual un tatami propicio para resolver sus diferencias con la garantía de vestir sus argumentarios con las mejores galas, las que convencerán a jefes de gabinete, a militantes, a compañeros de partido y de sueldo, a propios pero no a extraños.

Las medidas son eficaces en cuanto que ayudan al que las anuncia a respirar después de que el titular insinuado salpica de hecho las portadas de los periódicos. Desde el momento en que uno de los dos adversarios principales consigue ganar la guerra mediática, la que les saca guapos o feos en los medios de comunicación, el contenido práctico de las aseveraciones, el que puede afectar al ciudadano, se embarca en un proceso lento, interminable, lleno de especificaciones, concreciones, salvedades y excepciones que hacen muy difícil que las medidas contra la crisis del Gobierno o las propuestas para paliar el difícil momento económico que atraviesa España llegadas desde la oposición puedan servir de algo o ponerse en práctica.

Asistimos, pues, a una crisis económica alentada por un peor momento dialéctico en política que mina la credibilidad del mensaje. No se trata, tampoco, de defender un intervencionismo del Estado en nuestra economía, con lo que ha costado dejar que el mercado actuara desde su concepto de libertad, pero si se adoptan medidas, éstas deberían ser pragmáticas más que teóricas. Ejemplo: Zapatero anuncia un aumento del presupuesto de 24.000 millones de euros hasta 2010 para que las pequeñas y medianas empresas incorporen las nuevas tecnologías, inviertan en producción o los emprendedores tengan liquidez para iniciar su actividad empresarial en época de crisis. Suena bien la música, pero la letra dicta que los bancos son los encargados de distribuir las ayudas estatales al albur de condiciones que benefician la piratería de productos financieros propios sujetos a condiciones que se alejan de la facilidad y de la rapidez con la que se prometen los beneficios para el pequeño empresario.

La tercera acepción de ‘dialéctica’ que recoge el Diccionario de la Lengua Española contempla que es “la capacidad de afrontar una oposición”. A buen seguro, ese parece ser el único fin del ruido político que percibimos para hacer frente a la crisis.
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