miércoles, 31 de octubre de 2007

Los niños de ¿Chad?


Hoy me he levantado con un mar de dudas respecto a la situación por la que atraviesan en África los colaboradores de la ONG francesa El Arca de Zoé, quienes han sido detenidos en Chad por haber protagonizado presuntamente el rapto de más de cien niños huérfanos. La misión, a priori, consistía en trasladar a estos chavales sin techo y sin padres y entregárselos a familias acogedoras en Francia. Pero ahora parece ser que sí tienen padres y que los misioneros lo obviaron. Entre los colaboradores de esta ONG hay siete españoles que formaban parte de la tripulación del avión que iba a trasladarles hasta el país vecino y se exponen a penas que pueden llegar a los 20 años de trabajo forzados en el país africano.

De la lectura de los diarios sobre la cuestión se desprenden varias versiones: que el conflicto responde a que la antigua colonia francesa quiere demostrar a Francia que debe dejar de comportarse como el país poseedor de los derechos de Chad; que el presidente de Chad, antiguo enemigo de Sudán, prefiere cooperar con ese país para hacerse amigo de China; que los niños tienen padres en Chad; que los huérfanos son tales y sus nuevas familias esperan su llegada en Francia; que los españoles estaban de paso; y que los españoles conocían que era un rapto y, por lo tanto, son cómplices.

La sensación final es que los derechos humanos se están utilizando como moneda de cambio en un conflicto político entre un país que quiere desvincular su pasado de la gran potencia que lo colonizó. Pero, como siempre, los que pagan el pato son los más débiles: los niños. ¿Cómo es posible que se auspicie una defensa de los derechos humanos con tantas connotaciones negativas para un grupo de menores con cara de angelitos? Antes que centrar el debate en el destino de Chad, de Francia o de la ONG lo que cabría hacer es focalizarlo hacia esos niños que se avergonzarán en un futuro de la utilización tan rastrera que de ellos han hecho gobernantes con nombre y apellidos.

martes, 30 de octubre de 2007

Locos por la hora


Las normas internacionales respecto al cambio de hora sólo sirven para sumir a los ciudadanos en una confusión corporal similar a la sensación producida por una bofetada emocional o por un viaje intenso. Si encima, como leemos en los últimos días, el ahorro energético, pretexto principal por el que se modifica el horario, es igual a cero, ¿para qué tenemos que seguir expuestos a esta tortura cada seis meses? Dos domingos al año de excitación horaria con el que intentamos reconducir nuestras ya de por si rutinarias vidas hacia una hora más o una hora menos. En el último caso, el que nos ha tocado afrontar desde la madrugada del sábado al domingo, personalmente ha sido bastante traumático. Salida nocturna del sábado, visita de fin de semana en casa y una hora menos. Un cóctel perfecto para provocar la oportuna confusión, el dolor de cabeza y un hambre voraz a destiempo.

Porque a uno le entra la sed cuando no toca y el hambre a la hora del café. Si el café está adulterado de antemano porque se ha quemado por estar demasiado tiempo expuesto al fuego del hornillo, la cerveza del aperitivo ha perdido la presión y el desayuno sabe a resaca, ¿qué peor día existe en el año? Después uno se destempla como no le había ocurrido antes de cambiar la hora y se ve obligado a enchufar a todo trapo la calefacción, por lo del ahorro energético. Qué normas tan poco consensuadas con los hábitos sociales. Qué forma de perder un tiempo ganado de antemano. Devuélvanme mi hora, que llevo dos días sin rumbo. No me hagan esperar hasta marzo. Tic tac, tic tac, tic tac…

lunes, 29 de octubre de 2007

Un dvd perfecto


“Esta canción no la hemos tocado nunca en directo, ni siquiera en esta gira…”. La memoria no llega a tanto, pero el repertorio escogido por Héroes del Silencio el pasado sábado en Cheste para poner fin a su regreso efímero a los escenarios no defraudó a nadie. Siempre gusta escuchar en directo temas exclusivos, cómplices de ese roce de intimidad que cada persona confiere a las canciones de su vida. No hay un tema igual, la experiencia subjetiva del individuo guía las emociones que suscitan los acordes musicales de su existencia. Supongo que Bunbury no quiso invadir el lado íntimo de las 80.000 almas congregadas en Cheste y se guardó la emotividad para la gira del próximo milenio. Por el contrario, el concierto rozó la perfección en todas las vertientes evaluables que pueden ponerse sobre la mesa: el sonido, la iluminación, la escenografía, la coreografía, la intensidad, el ritmo y la durabilidad. Pero falló en lo que siempre han fallado los Héroes: la comunión con un público de antemano rendido y predispuesto a darlo todo por sus ídolos. Bunbury se mostró más preocupado por la estética de un cuadro audiovisual que se venderá en Navidad que por utilizar trazos sinceros que concedieran al lienzo su autenticidad. Una categoría que sólo podría haberse alcanzado si la formación maña no hubiera estado tan pendiente de las cámaras y de que todo quedara perfecto para ese dvd con el que arrasarán los reyes magos.

Por lo demás, y salvando el desastre organizacional de los accesos y de la salida del recinto, la cita recogió la esencia de lo que significa la devoción hacia los Héroes del Silencio en su versión más multitudinaria. El concierto supuso un repaso por los hitos más señalados de su carrera y por las rarezas más selectas para que los fans exquisitos durmieran tranquilos. Un escenario más propio de U2, Michael Jackson o Madonna acogió a unos Héroes en versión multimedia adaptados a los nuevos tiempos pero sin renunciar a los fundamentos que les catapultaron hacia el éxito. Esto es, naturalidad, sobriedad y pocas vías musicales para expresar su lado más gótico. Un anhelo representado por muchos de los asistentes por continuos gritos de “Héroes, Héroes” cuando Valdivia, Cardiel, Andreu y Bunbury dejaron atrás la parafernalia lumínica y audiovisual para ofrecer sus delirios de calidad añeja casi a capela, cada uno con su instrumento, justo en el quicio de una pasarela habilitada en un principio para el lucimiento personal del líder de la banda. Opio, La chispa adecuada, Avalancha, Héroe de leyenda, La carta y ramarazos rockeros para reventar de calidad el último tercio de un concierto milenario por su dimensión y por la efervescencia de una actuación sobresaliente de los maños. En lo personal, además del fructífero reencuentro con un amigo de los veranos de mi adolescencia, percibí al finalizar la actuación una sensación interna de querer estar más emocionado sin que mi cuerpo me concediera ese deseo. Quizá porque a Bunbury no le dio la gana de entrar al rescate… ¿por el dvd?

jueves, 25 de octubre de 2007

Héroes o la amistad


A finales del pasado milenio Héroes del Silencio se despidieron de sus fans hasta una nueva gira sine die. Una forma de separarse sin decir adiós conocedores de que el mercado musical es tan cruel que siempre obliga a reaparecer. Que se lo digan a Pink Floyd, The Police, Led Zeppelín, Queen, Take That… grupos que dijeron hasta siempre y que años después han vuelto a los escenarios para asombro de sus fieles seguidores. Se consigue así que las gradas de los recintos se pueblen de calvas, canas, barriguitas cerveceras y camisetas añejas de sus ídolos. Desaparecida también la obsesión por ubicarse justo delante de sus ídolos, con verles y escucharles bien basta, el seguidor tararea las letras que la memoria ha conservado en su cerebro y, tras quedarse afónico, regresa a su casa con material de conversación para una semana. Época en la que la familia, los amigos o la mujer procuran no exponerse a los efectos somníferos de una charla interminable sobre la excitación del reencuentro musical.

El proceso cíclico descrito conlleva, en ocasiones, historias personales entrañables que uno trata de asociar al contenido de alguna de esas letras incomprensibles. Pero la misión se entorpece. Qué mejor que el blog para describir la anécdota que me ocupa. Como he señalado, Héroes del Silencio vuelven. Están de gira y terminan su periplo en Valencia. Un hito que servirá para que se produzca un reencuentro con una persona con la que compartí una década atrás grandes momentos musicales y ociosos con la música del grupo maño como telón de fondo. Banda sonora de mis veraneos en Zamora que se quedó en ‘stop’ hasta que el próximo sábado pulse un oxidado ‘play’. Será entonces cuando vuelva a ver a ese amigo que se retiró del panorama personal coincidiendo con el adiós de Héroes del Silencio. Sólo por eso merece la pena sumergirse de nuevo en una propuesta musical despertadora de la añoranza, de la melancolía y de la confirmación de que el ser humano evoluciona.

(La foto está tomada en Valencia a finales de 2005. Bunbury me aseguró entonces que los Héroes estaban preparando su regreso…)
photo by susi

jueves, 18 de octubre de 2007

Soportes de hojalata


Actores, políticos, catedráticos, cantantes, deportistas, empresarios, médicos… profesionales dispares entre sí que de repente hablan un mismo idioma cuando se topan con los medios de comunicación. Unos lo hacen voluntariamente, otros por obligación y algunos por creer que si aparecen en el rotativo de su comarca van a ser mejor que su competidor. El resultado de esa obsesión por la prensa puede producir efectos secundarios beneficiosos o nocivos. En el último caso, de repente los medios de comunicación se convierten en el pañuelo de lágrimas al que agarrarse en situaciones desesperadas, en los culpables de los desmanes del perjudicado o en instrumento para sacar los colores a un tercero a través de una filtración interesada. Porque los medios de comunicación se prestan, siempre y cuando se respalde con las tan cacareadas ‘fuentes fidedignas’, a escenarios de guerra entre instancias de las que siempre se obtiene jugosos beneficios en aras a favorecer la vertebración social de la audiencia y satisfacer las necesidades opíparas de información, transparencia, veracidad y objetividad demandadas implícitamente por las ciudadanos.

No todos los medios son así, pero consiguen que dudemos. No se puede parecer de izquierdas y ser de derechas; no se puede maquillar un medio de izquierdas con informaciones que afectan a la izquierda para parecer que mantiene una línea editorial independiente; no se puede hacer periodismo de centro si se es sordo de un oído; no vale sacar pecho por una hipotética deontología de hierro si el resultado es un soporte de hojalata. Que nadie confunda principios con ideología. Si se tienen principios es porque el que los posee sabe aislarlos de sus decisiones personales, entre las que se encuentra su forma de pensar. Otro modelo es posible, aunque sea en este blog de utopías.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Los gatos son malos y arañan


En la tierna infancia de una persona es el momento en el que mejor definimos la información que perciben nuestros sentidos. El subconsciente la procesa en un cajón que, como caja de Pandora, abre y cierra su puerta a intermitencias para que nuestra vertiente consciente se haga eco de las situaciones asimiladas. Uno de los peligros archivados por mi persona en mis años mozos se refiere a los gatos. De niño, uno de los pilares de mi educación se centró en los factores que podían ser dolorosos para mi persona, entre los que se encontraban los felinos. “Los gatos son malos y arañan, no te acerques a ellos…”. Como la obediencia a esas edades es prioridad para mantener el status quo de tranquilidad dentro del seno familiar, acaté las órdenes sin pestañear, con las orejas gachas en señal de sumisión hacia la cúspide de la pirámide del hogar.

El arcón de los recuerdos ha llamado desde entonces en repetidas ocasiones a la puerta de mi lado consciente para advertirme de que la información procesada y asimilada en su tiempo podía presentar equivocaciones. Fue, precisamente, una de esas advertencias la que me empujó a dar el paso de conocer mejor a esos seres independientes, con unas costumbres extrañas. El acopio de información previo delató, para empezar, que no todos los gatos son iguales, ya que, como los perros, cada raza presenta unos rasgos identificativos propios de personalidad. Me hice con dos de ellos de la raza British Shorthair y comencé el trabajo antropológico desde el primer día. Pues bien, llevo más de 2 años con Trancos y Sam (ver foto de Marga Ferrer) y, por el momento, no he encontrado ni rastro de su peligrosidad, a no ser que ésta se ubique en lo cariñosos y pesados que son cuando me persiguen a diario para que les propine sus dosis prolongadas de cariño. Por lo demás, duermen y duermen, de vez en cuando rompen, involuntariamente –claro está- alguna figurita, comen y hacen sus necesidades en espacio arenoso habilitado para tal fin. Hasta se lavan solitos…

Voy a pedir ahora mismo a mi lado consciente que deje de empujarme a escribir cursilerías, que pueden ser más peligrosas que un arañazo. Miau

lunes, 15 de octubre de 2007

Puntos con olor a azufre


El demonio debe de oler a azufre, y no porque lo haya dicho Hugo Chávez, sino porque las metáforas referidas al averno siempre han apuntado hacia ese aroma. Si lo pensamos, podría ser una pista para escapar de las escenas en las que algo nos advierte de la inminencia de un peligro. Pero el sentido práctico de la vida, el utilitarismo reinante y la necesidad de cumplir con lo marcado por las pautas institucionalizadas de la sociedad nos trasladan de forma permanente hacia el núcleo del olor. Cuando un angelito decide ponerse al volante de un vehículo marcado de antemano por la semilla de la tragedia el olor se hace más intenso. Los pecados del descuido, el exceso de velocidad, un estado de embriaguez, el cansancio, la inexperiencia, la falsa confianza o el sueño suelen llegar espolvoreados delicadamente por ese olor a azufre que elimina la pureza inicial del conductor.

Términos eclesiásticos a parte, para que nadie deje de leer bajo el prejuicio de la culpa o del encasillamiento ideológico del autor a riesgo de equivocarse, el botín de puntos con el que parte un ciudadano que tenga volante ya huele de partida a azufre, consecuencia de la epidemia que contagia de forma masiva a la población con licencia de conducción. Es insoportable contar de 20 en 20 los fallecidos en las carreteras cada fin de semana. Unos tendrían más puntos que otros, algunos esperaban acumular alguno extra por su expediente impoluto a lo largo de más de 30 años de servicio al volante, y los que a pesar de contar con el aviso de carecer ya de punto alguno cogieron sin pudor su flamante coche porque quedaron a las 12 horas con… la dama negra. El cambio de marchas es más importante que el cambio climático. Las empresas de automoción lo saben y desde sus factorías, donde el olor a azufre es aún más intenso si cabe por la contaminación que propinan, se esfuerzan ahora por ser los más ecológicos del planeta. Así, se empeñan en demostrar quiénes son los que menos emisiones contaminantes emiten para que el conductor pueda descansar en paz, sabiendo que a pesar de morir en la carretera, ha contribuido a la mejora del medio ambiente. Su legado, esos puntos con olor azufre testigos de que algo esconde un comportamiento social en la curva del materialismo. Frena.

domingo, 14 de octubre de 2007

La maldita selva blanca


El entorno por el que discurre nuestra vida no siempre queda definido en el sentido correcto. Conforme nuestros pasos avanzan por los recovecos de la existencia, la respiración se tambalea a un ritmo de sobrecogimiento que, en ocasiones, nos hace sentir miedo. Cuanto antes percibimos señales de alerta, cuanto más pequeños somos para advertir situaciones para las que nuestra psique no está preparada, ese pánico se ancla en el devenir de nuestra vida y genera preocupaciones futuras desde un prisma adulto. A pesar de todo, forjamos un carácter a partir de las vivencias acumuladas, tanto buenas como malas, que compartimos con el resto de individuos en un reciclaje y perfeccionamiento constante de nuestra personalidad. De ahí surgen los principios, los prejuicios y el alineamiento con una forma de pensar que podemos digerir mejor o peor en función de nuestro interés por comprobar si esa imposición social es cierta o falsa. Para ello disponemos de numerosos medios a nuestro alcance: los de comunicación, los libros, los viajes, la interacción con otras culturas, el debate, la conversación a dos, el diálogo interno con uno mismo o la mera visualización desde fuera del acontecer diario.

La fortaleza o la debilidad adquirida, el conformismo o la ambición por adentrarse de lleno en la verosimilitud de nuestro entorno, marcan la predisposición a caer en las trampas que coloca estratégicamente la vida en nuestro trayecto hacia el descanso. Si obviamos los pasos de enriquecimiento personal y nos dejamos llevar, encontramos muchas posibilidades para que un tercero con una armadura más sólida se aventure a marcarnos la existencia con su invasora actitud. Si coincide, además, que procede del sexo opuesto la sumisión por falta de valentía para enfrentarse al ser superior se hace manifiesta. La peor noticia de todas no es, precisamente, esa sumisión, ya que puede ser elegida, incluso, a pesar de haber destripado la letra pequeña de la vida. Le peor noticia es que la posición preponderante castigue a la maleable con un paseo por la selva blanca. Un lugar donde unos gusanitos blancos se comen la existencia de aquellos que desconocen los efectos secundarios del viaje más peligroso de la vida: la raya. Sin ser elitistas, los que contamos con el antídoto, el poso del conocimiento, debemos erigirnos en guardias de seguridad y velar por que se conserve la selva amazónica y se queme hasta el último rincón de la maldita selva blanca. Será una nueva experiencia a sumar en nuestro camino vital y la mejor forma de querer, de cuidar a nuestro entorno. Desgraciadamente, nadie se libra de tener a alguien cerca que inconscientemente acceda al barranco de la selva blanca.

jueves, 11 de octubre de 2007

El comentario de un ignorante


Como oyente de la Cadena SER sufro en las últimas semanas una desazón muy pronunciada provocada por el conflicto televisivo al respecto de las retransmisiones deportivas. Puedo estar de acuerdo con que los derechos los gestione legalmente quien los posee y que, en consecuencia, los haga efectivos a través del pago por visión o como considere oportuno. Puedo estar de acuerdo con que otra productora no puede apoderarse de esos derechos amparándose en que los clubes tienen firmado un compromiso con ella. Puedo estar de acuerdo con que el juez intervenga en el conflicto y sentencie que la explotación de los partidos de fútbol se quede como hasta ahora, dando la razón a una de las dos partes, en este caso AVS. Puedo estar de acuerdo con que se haga justicia entre dos partes empresariales implicadas.

Pero me importa bien poco, me molesta y me descorazona seguir pensando que escucho un medio plural e independiente como la SER cuando desde su parrilla de programas se machaca hora tras hora desde hace semanas que “por el bien del oyente AVS debería…”; o que “el oyente saldrá ganando si...”; o “buena noticia para el oyente que ahora volverá a ver los partidos en PPV”...

Me niego a formar parte del pastel empresarial de su grupo. Por favor, sea bueno o sea malo para mí, no lo decidan ustedes por mí en función de las empresas que sean afines a su cartera empresarial. Deberían saber que la audiencia, aunque masiva y heterogénea, no es un bulto sospechoso de gente ignorante. Me insultan cuando deciden por mí lo que es bueno o lo que es malo sólo porque lo bueno sea para ustedes su empresa y lo malo la otra parte del conflicto. Detengan esta sinrazón y dejen pensar en paz a los oyentes, que decidan si es bueno para ellos ver el fútbol gratis, pagando y escuchando el sonido del carrusel a la vez, viéndolo en un bar, con sus amigos o con una amiga siempre fiel: la radio, que nunca había sido tan partidista desde las desconexiones del parte del régimen.

Viva el carrusel, el larguero, hoy por hoy, la ventana... y la radio si tiene competencia pero sin corporativismo machacón para convencer al oyente de que es un elemento más de algún entramado empresarial. Afortunadamente, la radio como medio de comunicación tradicional cuenta desde hace unos años con el soporte web para que los oyentes pueden alzar la voz con libertad, más allá de la selección interesada y del capricho del control de llamadas de antaño. Lo dije en una de mis anteriores reflexiones y lo vuelvo a repetir hoy: ¡Viva la radio! (manque les pese a unos pocos empresarios y correveidiles que prefieran pagar por ver).